Batalla de Ideas

13 septiembre, 2016

Burzaco, Bullrich y la guerra contra el terrorismo

Por Julián Aguirre. El secretario de Seguridad declaró el 11 de septiembre -sin evidencias- que en la Argentina había células terroristas del Estado Islámico. Una cadena de sucesos que tienen como protagonista al Ministerio a cargo de Patricia Bullrich y que intentan poner a la Argentina a tono con el orden internacional dictado desde Washington. Una era signada por la incertidumbre y el terror en una guerra global sin fin aparente.

Por Julián Aguirre. El domingo 11 de septiembre, una nueva polémica fue encendida por un funcionario del gobierno de Cambiemos: en una entrevista con el diario Primera Edición, de Misiones, el secretario de Seguridad, Eugenio Burzaco, afirmó que según reportes de inteligencia ciudadanos argentinos habrían viajado a Siria para formarse junto al grupo Estado Islámico (EI, o ISIS por sus siglas en inglés). Llegó a sostener la posibilidad de que células terroristas se hayan infiltrado en el Noreste argentino.

Rápidamente, algunos de los principales medios de comunicación se hicieron eco de la noticia tras lo que el funcionario macrista se retractó y dijo que las investigaciones realizadas no poseían pruebas consistentes, tratándose solamente de una hipótesis. Resulta peculiar la fecha elegida para el anuncio: el 15° aniversario del atentado contra las Torres Gemelas en EEUU; punto fundacional de una nueva era en el orden internacional, signada por la incertidumbre y el terror en una guerra global sin fin aparente.

Las palabras y las cosas

Es el segundo traspié que ofrecieron funcionarios del gobierno nacional en menos de una semana. El miércoles 7 trascendió la detención de un presunto terrorista libanés con documentación paraguaya en Ezeiza que supuestamente figuraba en listas negras internacionales. Pero parece ser que hubo una confusión en los nombres y después de darle al gobierno el titular que buscaba, la noticia pronto perdió la atención.

Vale señalar la cobertura del periodista de Clarín, Nicolás Wiñazki, que confunde continuamente si el detenido es libio o libanés. Detalle en apariencia menor pero señala un elemento casi subconsciente presente en buena parte de los “expertos” en la cuestión: todos los árabes son iguales e igualmente amenazantes.

El mismo 7 de septiembre coincidió con un simulacro de ataque terrorista en Dock Sud que involucró a diferentes fuerzas de seguridad. Aunque los exabruptos y fallidos de quienes forman parte del Ministerio de Seguridad encabezado por Patricia Bullrich, sean objeto de ironías y burlas, señalan una tendencia que debe ser seguida de cerca por sus consecuencias severas si se consolida a largo plazo.

Existe una tendencia hacia la militarización de problemáticas sociales; y el recurso cada vez más apelado de utilizar a la fuerza lisa y llana del Estado contra lo que se perciben como amenazas contra el orden y la estabilidad. Esto engloba cuestiones tan complejas y diversas como las drogas, la conflictividad social, la organización popular y el terrorismo. Puestas todas bajo la misma etiqueta de “amenazas a la seguridad”, en el marco de una guerra “irregular y compleja”, se descarta cualquier estrategia integral que aborde las causas económicas, institucionales y culturales para recurrir simplemente a la violencia del Estado.

Este ha sido uno de los ejes del gobierno que encabeza Mauricio Macri, y forma parte del mentado “regreso al mundo”, siendo que la colaboración en materia de seguridad e inteligencia ocupan un lugar privilegiado en su reaproximación a EEUU. La irresponsabilidad con la que sus funcionarios se apresuran a mostrar resultados y ganar titulares en la prensa se acerca más a una campaña para alimentar el miedo y la ansiedad ante problemas que se muestran (o son mostrados) inabarcables, y así ganar legitimidad para quienes proponen extender el control y la coerción sobre la sociedad.

El miedo es el Otro

Sería igualmente irresponsable subestimar o negar el reto presentado por el terrorismo internacional y la difusión de ideologías y discursos totalitarios y promotores del odio étnico y religioso. Pero poco hace el desfile cotidiano de los “expertos” y formadores de opinión por aclarar la naturaleza de estos fenómenos, menos aún por establecer puentes de entendimiento entre sociedades con más puntos en común que lo que se muestra. Y en esto el Islam se yergue ajeno, extraño, hostil, subdesarrollado, irracional como el “Gran Otro”. El bárbaro que golpea a las puertas de lo que se ha querido construir como “nuestra” civilización occidental, liberal, racional, blanca. O al menos esa ha sido la obsesión central para el discurso repetido por funcionarios y periodistas durante los últimos 15 años y por el cual se justifican guerras, se alimenta la xenofobia y se piensan campañas electorales.

La comunidad islámica argentina en todo esto es mantenida al margen de las coberturas, carente de voz propia. La componen personas de diferentes orígenes sociales y nacionales; desde nietos y nietas de migrantes de Oriente Medio a extranjeros recién llegados de África Occidental. La sólida integración de la comunidad musulmana en nuestra sociedad se aleja de la marginación y estigmatización de la que son objeto los musulmanes en Europa y EEUU.

La diversidad que la caracteriza al reunir a diferentes corrientes interpretativas del Islam, la vuelven terreno poco propicio para los discursos de odio comunes al ISIS y grupos similares. Porque es imposible y errado hablar de “un único Islam”. Se trata de una fe y una cultura que reúne a sociedades, naciones y grupos enormemente diferentes, con distintas corrientes de interpretación y pensamiento filosófico, jurídico y teológico.

Grupos como el ISIS odian el disenso, y ponen en su mira a aquellos musulmanes que no comparten su mirada sobre la fe y el mundo. Buscan eliminar la diversidad con la que las sociedades islámicas han enriquecido a la historia humana para imponer una visión estática, simplista y totalitaria; la misma que es doctrina oficial en algunos de los Estados aliados de Washington, como Arabia Saudita.

El 3 de julio de este año, un atentado suicida en el distrito de Karrada, en el centro de Bagdad, dejó más de 300 víctimas. Fue contra un shopping atestado de familias que realizaban las compras para celebrar el fin del Ramadán, uno de los ataques más sangrientos en los últimos años de Irak, y eso es decir mucho. Pero no hubo banderas iraquíes inundando las redes sociales ni coberturas semanales de cada detalle de los hechos. Parece que hay regiones enteras cuyos destinos han sido rendidos a la violencia.

Resulta materia para otro escrito, pero sin tener en cuenta las causas estructurales como la profunda desigualdad impuesta por el neoliberalismo, la violencia cotidiana aparejada a la guerra y la ocupación militar o la ausencia de expectativas reales de vida para miles de jóvenes difícilmente se podrá escapar al discurso único que traduce todo en una guerra eterna entre civilizaciones o credos. Al fin y al cabo, son las propias sociedades musulmanas las que enfrentan día tras día a estos grupos que les han dañado tanto como la ocupación militar, económica y cultural de las potencias occidentales.

@julianlomje

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