América del Norte

3 marzo, 2016

Obama y el 24 de marzo

Por Leandro Morgenfeld. Barack Obama estará en la Argentina en una fecha emblemática, el 24 de marzo, cuando se cumplan 40 años del golpe militar de 1976. Para atacar al eje bolivariano, la Casa Blanca intenta fortalecer a Mauricio Macri como nuevo referente regional en materia de derechos humanos.

Por Leandro Morgenfeld*. Barack Obama estará en la Argentina en una fecha emblemática, el 24 de marzo, cuando se cumplan 40 años del golpe militar de 1976. Para atacar al eje bolivariano, la Casa Blanca intenta fortalecer a Mauricio Macri como nuevo referente regional en materia de derechos humanos. ¿Qué implica la visita de Obama un día tan emblemático para la historia y la lucha popular en las últimas décadas?

Desde el establishment se trató de minimizar el tema, destacando que el eje de la gira de Obama es su histórica visita a Cuba, y que por cuestiones de agenda debe venir a la Argentina el 23 y 24 de marzo. Pero esta mirada es ingenua, teniendo en cuenta que lo simbólico es fundamental en este tipo de encuentros diplomáticos.

Dado el rol que jugó el gobierno de Estados Unidos en el impulso y apoyo a las distintas dictaduras militares en las décadas de 1960 y 1970, a través del entrenamiento de militares en la Escuela de las Américas y el Plan Cóndor, la presencia de un presidente de Estados Unidos justo cuando se cumplen 40 años del golpe generará repudios y movilizaciones, tal como ocurrió cuando vinieron Richard Nixon (1958), Nelson Rockefeller (1969), Bill Clinton (1997) y George W. Bush (2005).

El golpe del 24 de marzo de 1976 marcó un punto de inflexión en la relación con Estados Unidos. Si bien no hubo intervención directa de la CIA, como en el caso del golpe de Augusto Pinochet contra Salvador Allende en Chile en 1973, sí existió un claro apoyo político, económico y militar a la dictadura.

El anuncio del plan neoliberal de Alfredo Martínez de Hoz llevó a la Administración Ford (1974-77) a otorgar ayuda financiera a la Junta Militar encabezada por Rafael Videla. En los meses siguientes, fluyó también la asistencia militar. El ministro de economía, según la Casa Blanca, era una garantía para los intereses estadounidenses en la región. Y el gobierno de facto, un reaseguro en el combate contra la subversión.

Las fuerzas armadas, después del auge de luchas populares inaugurado por el Cordobazo y del traumático retorno del peronismo, daban garantías al Secretario de Estado, Henry Kissinger, de mantener al país en el rumbo occidental, cristiano y anticomunista que requería la seguridad nacional de Estados Unidos.

Esto era música para los oídos de la administración republicana, a pesar de las voces en el Capitolio y en el propio Departamento de Estado que tempranamente cuestionaron la represión sistemática de los derechos humanos en la Argentina. El gobierno encabezado por Videla, por su parte, quería evitar esas críticas y era consciente de que, siendo un año de elecciones presidenciales en EEUU -los demócratas cuestionaban el apoyo a gobiernos dictatoriales en la región-, se tornaba difícil para la Casa Blanca apoyar públicamente y sin matices a una junta militar responsable de una cruenta represión interna.

En junio de 1976, la CIA tenía conocimiento de la existencia del Plan Cóndor, la coordinación represiva con las dictaduras de Argentina, Chile, Bolivia, Perú y Paraguay para el asesinato secreto de perseguidos políticos. Sin embargo, en el Departamento de Estado caracterizaban a Videla como la línea moderada dentro de la Junta Militar argentina y eran renuentes a atacarlo directamente, supuestamente para no fortalecer su desplazamiento por parte de la línea dura.

Más que una política de no intromisión -caracterización utilizada por algunos analistas para desligar a EEUU de su rol de sostén de la dictadura en 1976-, lo que hubo fue un doble discurso de Kissinger, planteando en público la preocupación por la violación de los derechos humanos, y en privado avalando el terrorismo de Estado, conocido por el Departamento de Estado apenas semanas después del golpe.

En dos entrevistas entre Kissinger y el canciller argentino César Augusto Guzzetti, en junio y septiembre de 1976, el primero respaldó el terrorismo de Estado y hasta sugirió que “hicieran lo que tuvieran que hacer” lo más rápidamente posible. Y esto perduró, más allá de las voces disidentes en el propio gobierno estadounidense y la opinión pública de ese país.

La situación comenzó a cambiar en enero del año siguiente, cuando los demócratas volvieron a la Casa Blanca. Durante la presidencia de James Carter (1977-81), uno de los ejes de su política exterior fue denunciar las violaciones de los derechos humanos en determinados países. Las campañas que impulsaron algunos funcionarios como Patricia Derian y Franklin A. “Tex” Harris debieron enfrentar una enorme oposición por parte de la burocracia en Washington, la cúpula empresarial, funcionarios de alta jerarquía de la Administración Carter, el Departamento de Defensa y los medios de comunicación conservadores, que terminaron imponiéndose, con lo cual se diluyó el rol de los derechos humanos en la política exterior estadounidense.

Los antecedentes injerencistas de Estados Unidos, y en particular su rol en la última dictadura, provocaron el rechazo unánime de los organismos de derechos humanos a la presencia de Obama en el país el 24 de marzo. Nora Cortiñas recordó que “fueron los gestores de las dictaduras en el Cono Sur, en América latina. Además, es un país que vive entrometiéndose en otros países, provocando el horror”. Hebe de Bonafini rechazó enfáticamente la posibilidad de que Obama visitara la ex ESMA. Pérez Esquivel señaló que le pediría a Obama que no estuviera en el país el 24 de marzo. Carlos Pisoni, de HIJOS, precisó que “no se trata de Obama, sino que representa a los Estados Unidos, un país que participó del golpe de Estado, del Plan Cóndor. Veremos qué dice, si pide perdón, pero sentimos que su presencia el 24 de marzo es una provocación”.

Si la presencia de Obama el día del aniversario del golpe puede obedecer a un capricho de su compleja agenda, no se puede decir lo mismo de las declaraciones de la Casa Blanca. Cuando confirmó la visita, Ben Rhodes, el asesor de Obama en temas de seguridad nacional, declaró: “Con respecto a Argentina, vamos a tener una asociación más estrecha en diferentes temas. De hecho, el presidente Macri ha sido un fuerte activista por la democracia y los derechos humanos en América Latina”.

Macri, en línea con el Departamento de Estado, entiende a los derechos humanos como una excusa para intervenir contra los gobiernos no alineados, como lo demostró atacando a Venezuela en la Cumbre del Mercosur de diciembre. Estados Unidos pretende erigirlo en el nuevo líder regional que consolide el giro neoconservador que se está produciendo en Nuestra América.

En las últimas semanas, Macri está sobreactuando un compromiso con los derechos humanos que jamás tuvo. Visitó la ex ESMA, recibió a Estela de Carlotto y representantes de los organismos por primera vez y hasta se vio obligado a mencionar el tema en su discurso de apertura de las sesiones legislativas: “Este año se cumplen 40 años del golpe militar, cuando se consolidó la época más oscura de nuestra historia. Aprovechemos este año para gritar todos juntos nunca más a la violencia”.

Este giro poco creíble tiene que ver con su imagen externa y con el frente interno. Sería difícil de explicar que Obama se reuniera con Carlotto -como hizo Hillary Clinton cuando vino como primera dama en 1997- y él nunca hubiera encontrado tiempo en su agenda, como se excusó hasta hace pocos días.

Se espera una gran movilización el próximo 24 de marzo. Esa gran demostración popular va a seguir reclamando Memoria, Verdad y Justicia, que no cesen los juicios y que se juzgue a los responsables civiles de la dictadura. Rechazará los intentos de Macri de criminalizar la protesta social -con el protocolo antipiquete o la detención de sindicalistas y militantes-. Y, ahora también, por la presencia de Obama, denunciará el accionar imperial de Estados Unidos: los apoyos a las dictaduras, hace cuatro décadas, pero también las formas actuales de injerencia y los intentos de reflotar viejos proyectos de dominación económica como el ALCA y de penetración militar, con la excusa de la lucha contra el narcotráfico.

Mientras Macri utilizará la visita de Obama para aparentar un compromiso con los derechos humanos que nunca tuvo e intentará apropiarse de una fecha tan sensible de nuestra historia, el sentido popular del próximo 24 de marzo, como siempre, se expresará en las calles.

@leandromorgen

* Docente UBA. Investigador Adjunto del CONICET. Autor de Vecinos en conflicto. Argentina y Estados Unidos en las conferencias panamericanas, de Relaciones peligrosas. Argentina y Estados Unidos y del blog www.vecinosenconflicto.blogspot.com

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