Nacionales

31 diciembre, 2015

Tantos compañeritos derramados

En la madrugada del primero de enero de 2012, la trama narco-policial que inunda las barriadas rosarinas se llevó a Jeremías Gabriel Trasante, Claudio “Mono” Suarez y Adrian “Patóm” Rodríguez. Se cumplen cuatro años de la masacre de Moreno.

En la madrugada del primero de enero de 2012, la trama narco-policial que inunda las barriadas rosarinas se llevó a Jeremías Gabriel Trasante, Claudio “Mono” Suarez y Adrian “Patóm” Rodríguez. Se cumplen cuatro años de la masacre de Moreno. Cuatro años de tres ausencias, cada una con un nombre que vale por miles de nosotros y de nosotras.

Ese día primero de enero de 2012 no amaneció. Se mantuvo por un largo tiempo en una penumbra, atrincherado en sus sombras. Costó tiempo, costó duelos y costó muchos puños en alto volver a reclamar que la luz solar alumbre ese potrero de Dorrego y Presidente Quintana.

Primero hubo que luchar contra la confusión y el dolor, luego contra los enunciados mediáticos que pretendían clausurar cualquier pregunta con sus típicas etiquetas: que se trataba de un “ajuste de cuentas”, que era una disputa entre “barrabravas”, que “estaban en el lugar equivocado, en el momento equivocado”. Era más fácil estigmatizarlos que admitir la posibilidad de que eran jóvenes alegres, de que militaban en el Movimiento 26 de Junio, de que deseaban cambiar las cosas y transformar la realidad.

Pero eso no fue todo, hubo que soportar la respuesta del entonces gobernador de Santa Fe, Antonio Bonfatti, desmintiendo que las fuerzas policiales tuvieran algo que ver. Hubo que tolerar aprietes y amenazas a los familiares. Hubo que resistir vericuetos del poder político y judicial para encubrir, enmascarar y retrasar las explicaciones.

Rosario está sembrado de casos de pibes y pibas víctimas del narcotráfico y de la violencia institucional, y con cada caso renacen las preguntas: ¿Qué será la justicia? ¿Existirá alguna porción en el reparto que esté destinada a los desvalidos, a los más pobres, a los más excluidos? Y encontramos la gracia por un momento. Y de súbito, toda respuesta se nubla. Y escuchamos a un juez absolver a uno, reducir la pena del otro y condenar a un tercero con el mismo plumazo sobre la misma hoja. Y lo vemos ratificar a sellos y martillazos su legitimidad como encarnación de la ley y de los derechos.

Mientras, en la canchita de Dorrego y Presidente Quintana hay una enorme estructura de hierro donde se puede leer “no están solos”. ¿Pero a quiénes se refiere la frase? ¿De qué soledad nos cubrimos la espalda? ¿En cuáles compañías y rincones encontramos el refugio?

No son los tres pibes quienes ya no están solos, tampoco son sus familiares. Ya no queda soledad para nadie, porque no nos hermana ni la sangre, ni la muerte. Nos hermana la calle, la indignación y la necesidad de memoria. Nos sentimos acompañados en el fulgor de la lucha, nos sentimos protegidos en una columna que grita “yuta forra y asesina” frente a un patrullero o a un tribunal, porque en la unidad nos sabemos más fuertes que los uniformes y la pulcritud del mármol de los edificios públicos.

También nos hermana eso que a veces llamamos justicia popular, sin saber muy bien qué es. Descubriendo apenas, que la justicia popular no puede ser el tribunal por otros medios, un tribunal que no es otra cosa que una cofradía que detenta el título de “Justicia” para encubrir su vacío de alma, sus pasillos fríos, sus espacios rectangulares y sus estantes donde se apilan infinitos nombres olvidados y perdidos en los laberintos de una burocracia desencantada.

Finalmente, nos hermana el recuerdo de los pibes que vive en cada compañero y compañera. Jere nos enseñaba la risa, Mono nos enseñaba a trabajar de hijos y Patóm nos regalaba una reflexión para ungirnos en la lucha: “Cuando algo no sea justo no puedes guardar silencio, tu sabes que algo falta para llenar el vacío, debes seguir bien firme en línea recta ese camino, jamás debes hundirte. Lucha y sigue pero erguido”.

En estos tiempos de tanta gorra, de tanta vida mula, merecen renacer las palabras simples, las palabras que nos identifiquen, las palabras de una poesía para el pueblo de los humildes, o bien como decía Juan Gelman, una poesía para tantos compañeritos derramados, hijitos derramados. Y quizá crear una imagen en la que Jere baila con la risa de la dignidad, Patóm escribe en los muros del hambre y Mono desparrama su picardía empapada de bondad. Y quizá creer que no exigen nada para sí, que callan sus malapenas y que, a pesar de todo lo vivido y todo lo por vivir, esperan que empecemos otra vez.

Diego Rach, desde Rosario – @tre393

Foto: RosarioPlus

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