Batalla de Ideas

18 diciembre, 2015

Cuestión de peso

Por Mariano D’Arrigo. Y al séptimo día, el gobierno devaluó. Después de la eliminación del llamado “cepo” cambiario, el dólar saltó de 9,84 a 13,95. Como toda medida económica, demarca ganadores y perdedores. Festejan grandes exportadores y tenedores de activos en moneda extranjera, mientras se deteriora un 40% el poder de compra de la mayoría de la población.

Por Mariano D’Arrigo. Y al séptimo día, el gobierno devaluó. Después de la eliminación del llamado “cepo” cambiario, el dólar saltó de 9,84 a 13,95. Como toda medida económica, demarca ganadores y perdedores. Festejan grandes exportadores y tenedores de activos en moneda extranjera, mientras se deteriora un 40% el poder de compra de la mayoría de la población, que tiene ingresos fijos y en pesos.

En contra de lo prometido en campaña, el gobierno encabezado por Mauricio Macri habilitó la mayor devaluación desde 2002, cuando pasó de 1 a 3 pesos. Ahora bordea los 14, y el precio futuro es incierto. Lo reconoció el ministro Alfonso Prat-Gay cuando se lo consultaron en conferencia de prensa: “Ojalá lo supiéramos”.

Es que las devaluaciones se sabe cuando empiezan pero no cuando terminan. Dejar al “mercado” -o sea bancos, financieras, etc.- la determinación del valor del dólar es sumamente riesgoso. Más aún si el equipo oficial no tiene suficiente gas en el extintor para apagar el incendio. Por eso el apuro de Prat-Gay y sus muchachos para conseguir en el próximo mes un colchón de entre 15 mil y 25 mil millones de dólares para arrojar al mercado si la devaluación supera un umbral tolerable. Un fenómeno que en la jerga se llama “overshooting”. En criollo, irse de mambo, zarparse.

Esos dólares vendrán de productores agropecuarios, bancos extranjeros y organismos financieros, el Banco Central de China. Como sucede en la vida cotidiana, mientras más jugada está una persona, más condiciones está dispuesta a aceptar. En esas ligas no hay caridad. Esos actores exigen compromisos. El menú es amplio: bajar o anular retenciones y regulaciones impositivas, tasas de interés más altas, supervisión y condicionamiento de la política económica, privatizaciones abiertas o encubiertas de recursos naturales y patrimonio público, amplio margen para la bicicleta financiera y fugar divisas.

El gobierno entrante necesitaba recuperar reservas de un Banco Central que perdió casi la mitad en cuatro años. En diciembre de 2011 tenía 46 mil millones, ahora 24 mil. Las causas de la sangría son diversas. Se mencionan algunas: pago de deuda, déficit energético, caída de los precios de las materias primas y menor liquidación de divisas, compra de insumos importados para la industria.

La devaluación es un gran triunfo de cerealeras, exportadores y tenedores de activos en dólares. La justificación de la búsqueda de la “competitividad perdida” es falsa. El escenario no es el de la década pasada, caracterizado por precios elevados de las materias primas y alta demanda de las potencias emergentes, con China a la cabeza. Ahora hay viento en contra: las commodities están en su valor más bajo desde 2002 y los principales socios comerciales de la Argentina dan malas señales: Brasil está en recesión y China bajó su crecimiento a la mitad, con el objetivo de constituir su mercado interno como principal motor de su economía.

Entonces, por más que bajen los precios, no va a haber más demanda.

Los límites del modelo

Detrás de esta puja subyacen cuestiones profundas, estructurales. Sobresale la capacidad de presión de los principales beneficiados de la devaluación, que lideran una economía dependiente de la exportación de materias primas o con escaso valor agregado, y cada vez más concentrada y extranjerizada.

Durante sus 12 años de gobierno el kirchnerismo confió en la continuidad del “superciclo de los commodities” y apostó a negociar con estos grandes actores, imponerles ciertas regulaciones y obtener recursos para mantener el empleo y la seguridad social.

No quiso ir más allá. O no supo, o no pudo, según se prefiera. Por ejemplo, con la creación de una institución similar al Instituto Argentino de Promoción del Intercambio (IAPI) -constituida en 1946 por el primer peronismo- o la Junta Nacional de Granos, para intervenir con más fuerza en la administración del comercio exterior y captar una porción mayor de esos recursos para satisfacer otras necesidades de la economía nacional.

Tampoco avanzó en la transformación de una estructura industrial altamente dependiente de insumos importados. Incluso un académico cercano al kirchnerismo como Enrique Martínez, ex director del Instituto Nacional de Tecnología Industrial (INTI), reconoció la situación y planteó que podría encararse un proceso de sustitución de importaciones en algunas industrias clave como la automotriz, la electrónica y la ferroviaria.

Con todo a-precio

Como es previsible, la devaluación impactará en los precios. Es cierto que desde hace varios años -al menos desde 2008- la inflación es muy alta, por distintos motivos: mercados concentrados, la llamada puja distributiva (que tiene que ver con la capacidad de resistencia y negociación de organizaciones sindicales y populares), el precio elevado de los alimentos en el mundo, la emisión monetaria, un crecimiento de la demanda por la recuperación económica, falta de inversión y aumento de la oferta, entre otras cuestiones.

Sin embargo, la inflación se aceleró en el último mes, a partir de las declaraciones de los nuevos funcionarios. Los economistas lo llaman “expectativas”: los actores se comportan en función de su mirada de futuro de corto y mediano plazo. Los poderosos aprovecharon para obtener ganancias extraordinarias y así se armó un efecto dominó en el cual del pez más gordo al más chico fueron remarcando precios para cubrirse.

Las primeras medidas del gobierno convalidaron esas expectativas. La eliminación de las retenciones y otros mecanismos de administración del comercio exterior incentivan la exportación y, por lo tanto, meten más presión para suban los precios de los alimentos.

¿Y por abajo qué?

Descartado el argumento de la competitividad, se evidencia que el objetivo es lisa y llanamente bajar los costos laborales, como venían reclamando los gerentes de las principales empresas del país. Sin embargo, el ajuste no será un trámite. El oficialismo no tiene mayoría en el Congreso, aunque sí muchas cámaras, radios y redacciones a su favor.

Habrá que ver qué tipo de respuestas se ensayan. Hugo Moyano busca presentarse como el principal interlocutor sindical ante el gobierno y el garante del orden en el mundo del trabajo. Pero el también presidente de Independiente no come vidrio, y advirtió que el inicio del ciclo macrista “tiene aroma a los 90”. Desde las otras CGT y ambas CTA también cuestionaron las medidas. Incluso varios sindicatos reclaman un bono de fin de año para compensar el poder adquisitivo perdido. Tampoco habría que descartar un adelantamiento de la ronda de paritarias en función de la dinámica inflacionaria.

Más allá del campo sindical, existe un denso y heterogéneo entramado de organizaciones sociales y políticas, con gimnasia de reclamo y movilización. Y ampliando más el zoom, se observa una sociedad a la que le prometieron no retroceder en derechos conquistados.

Las últimas ofensivas de los sectores dominantes estuvieron precedidas de una gran derrota de los sectores populares. A diferencia de 1976 y 1989, no existe ahora el terrorismo de Estado o el terror a la hiperinflación.

Si Macri no toma debida nota de esto, y pretende gobernar cuatro años a pura coerción y escasas dosis de consenso, el capital político que consiguió en el ballotage podría empezar a escurrirse, como arena entre los dedos.

@mdarrigo

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