Cultura

11 marzo, 2015

La excepción: Sin lugar para la risa

La película El patrón: radiografía de un crimen, primer largometraje de ficción de Sebastián Schindel, posiciona al espectador frente a la reflexión obligada sobre el peso del sistema judicial y los micro abusos cotidianos que sufren las personas que sólo poseen su cuerpo como valor explotable

La película El patrón: radiografía de un crimen es el primer largometraje de ficción de Sebastián Schindel. Más allá de su título, la historia (basada en hechos reales) posiciona al espectador frente a la reflexión obligada sobre el peso del sistema judicial y los micro abusos cotidianos que sufren las personas que sólo poseen su cuerpo como valor explotable, ya que a su voz no se le permite llegar ni a silbido.

Hermógenes Saldívar es oriundo de Santiago del Estero. Lleva en su rostro con notable transparencia los índices de la miseria: mirada sumisa que jamás se elevará al cielo y una dentadura ajena a cualquier consultorio odontológico. Durante todo el film, y aun después de asesinar a su “patrón”, asumirá su destino como acciones encomendadas por Dios y por esta razón no mostrará rebeldía, sino culpa y auto flagelación. Su trabajo se basa no tanto en atender una carnicería como en maquillar toda la mercadería podrida que el dueño del comercio le obliga a vender.

Con la acumulación de maltratos y la presión de sentirse un estafador a la salud del barrio donde debe vender carne en mal estado, un día mata a su patrón colmado por el último insulto que este le azotara. A pesar de tener una gran resistencia a una vida monopolizada por necesidades y carencias, no es miope: comprende que el maltrato del patrón buscaba entristecerlo para poder así ser feliz con su vida, o así lo interpreta cuando se refiere a él. Y uno se siente tentado de hacer una comparación con la manera en que la economía funciona: mientras unos se ven condenados a trabajar para otros, esos otros son felices gracias a poder condenar a los unos a trabajar para ellos.

Joaquín Furriel fue el encargado de encarnar a Hermógenes. Hay que mencionar la calidad que despliega para construir un papel que merece respeto y no caricaturización de una persona semi analfabeta, maltratada psicológicamente por su jefe mientras permanece en la carnicería enclaustrado junto a su mujer. La transformación es admirable por parte de un actor generalmente convocado para explotar su belleza física. En cada plano ha dejado claro que hubo un trabajo intenso y comprometido de interpretación.

Las imágenes del juzgado tienen un tratamiento opaco y oscuro que metaforizan lo que implica transitar esos espacios. El abogado que toma el caso del asesinato que comete Hermógenes, lo hace a cambio de que la causa que él lleva adelante, prospere rápidamente. Es decir, en un principio hacerse cargo será un truque pero luego se convertirá en interés personal ya que le quedan rastros de humanidad al acercarse a ese sujeto que llora por haber matado, a pesar de las vejaciones sufridas por el muerto.

Los procesos penales parecen depender, entonces, de las voluntades personales de los defensores y no de leyes pensadas para impartir verdadera justicia. El paradigma positivista sigue intacto: se trata de juzgar una acumulación de hechos aislados, dejando de lado la interpretación de acciones inmersas en una totalidad que las envuelve.

El expediente del trabajador santiagueño procesado pasa a formar parte de los casos excepcionales sobre los que se pone el ojo, no para aplicar morbo o exotismo sobre el crimen sino para confirmar la regla: la justicia no mide con la misma vara, hay ciudadanos clasificados y algunos muy alejados del ideal de igualdad que en los papeles constitucionales se declaran.

Se puede concluir esto porque, tétricamente, la película relata una historia real. Y aunque es vox populi la corrupción de los actores del derecho (que, paradójicamente, siempre se tuercen), tener casos que dan certeza genera impotencia y mayor urgencia de cambio.

Actualmente, César González (ex Camilo Blajaquis) o Víctor “el Frente” Vital de las crónicas de Cristian Alarcón, son quizás los exponentes mediáticos más claros de cómo se reproduce operativamente la exclusión social en el trato desigual del sistema judicial y de la podrida institución policial. “El Frente” murió acribillado, pero César González se salvó en su paso por la cárcel y se ha aferrado estoicamente a la producción cultural para demostrar que es necesario reproducir estas excepciones, y exponer a la marginalidad como dinámica intrínseca a la sociedad capitalista.

Respecto de algunos pasajes de la película, cabe la preocupación por la risa del público. No pareciera existir en el montaje ningún guiño que busque generar comicidad ni gracia sobre lo que está sucediendo. En varias oportunidades, cuando el patrón insulta a Hermógenes, lo trata de “negro de mierda”, se burla de su nombre o lo avergüenza frente a los clientes, gran parte de los espectadores ríen. El humor es un registro discursivo de análisis aparte, pero décadas de producciones audiovisuales televisivas y cinematográficas donde se mofan del débil o el considerado inferior, llevan a hacer lecturas erróneas sobre escenas que apuntan a evidenciar que la esclavitud laboral aún existe, y bajo formas de manipulación y perversión psicológica que actúan como cadenas tan fuertes como las de hierro.

 

Ana Clara Azcurra Mariani, licenciada en Ciencias de la Comunicación UBA – @serserendipia

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