Cultura

25 noviembre, 2014

Interestelar, o cómo traficar espiritualidad por un agujero de gusano

La recientemente estrenada Interestelar, del director inglés Chritopher Nolan, es un gigantesco aparato cinematográfico que detrás de sus pretenciones cientificistas esconde la metafísica más berreta. Y, lo que es aún peor, al servicio de una historia aburrida y pretenciosa.

Así que continúa, sin ningún miedo, porque la existencia protege siempre a los que confían en ella.
Relájate, entrégate a la existencia y permite que la alegría te abrume.
Deja que se convierta en tus alas, de modo que puedas alcanzar las estrellas.
Un corazón alegre está muy cerca de las estrellas.

OSHO

 

Está claro que el minimalismo no es lo de Christopher Nolan. Ni la sutileza. La recientemente estrenada Interestelar, su noveno largometraje, es excesivo por dónde se lo mire. Y esto no necesariamente es algo positivo. Las grandes ambiciones del director inglés que le permitieron al encapotado más famoso de ciudad Gótica remontar vuelo nuevamente con Batman Inicia (2005), cuando la franquicia parecía definitivamente enterrada, son las mismas que hicieron que El origen (2010) se asemejara más un artefacto destinado a inducir el sueño que a abordarlo cinematográficamente y que el cierre de la trilogía del murciélago (El caballero de la noche asciende, 2012) sea poco menos que un bochorno.

Interestelar surge de una idea original del físico teórico Kip Thorne, responsable de numerosos aportes al campo de la física gravitacional y la astrofísica, así como amigote de Stephen Hawking y del maestro Carl Sagan. Precisamente, Thorne fue el responsable de recomendarle a Sagan que utilizara su novedosa idea de los agujeros de gusano en vez de los vetustos agujeros negros para su novela Cosmos. Luego de que Robert Zemeckis convirtiera en película la novela de Sagan, en 1997, Thorne propuso hacer un film donde se explotara más su artefacto físico hipotético de los famosos agujeros de gusano, que permitirían contactar instantáneamente dos lugares en el universo, por más años luz que haya en el medio.

Así nace la idea de Interestelar. El primer candidato a transformar las teorías de Thorne en una película fue Steven Spielberg, quien le encargó la elaboración del guión a Jonathan Nolan, casualmente el hermano de Christopher. Este se tomó cuatro años para presentar el proyecto, laburo que incluyó tomar varios cursos de física. Pero Spielberg ya estaba en otra.

Luego de pasar casi 7 años bajo la sombra del Caballero oscuro, Nolan quería cambiar de aires. Así que después de dejar la capa del murciélago en manos del nada confiable Zach Snyder, se puso a buscar un proyecto. Uno que fuera lo suficientemente grande. Y que le permitiera lavarse tantos años de oscuridad gótica, abandonar la ciudad, las ciudades, el planeta, el sistema solar y hasta la vía láctea. Sólo los espacios siderales le podían proveer el campo que su incontenible tendencia a la expansión creía necesitar. Así que el proyecto de su hermano que había quedado cajoneado le vino como caído de las estrellas.

Un gigante con pies de barro

Entonces, luego de sumar al propio Thorne como productor, Christopher empezó a meter mano al guión original, cambiando protagonistas, tramas y subtramas, hasta llegar al producto final coescrito con Jonathan. Que es, precisamente, el punto más flojo de todo el enorme monstruo cinematográfico de 165 millones de dólares que es Interestelar.

Para no spoilear demasiado, sólo diremos que la historia (como muchos/as ya deben saber gracias al inmenso aparato propagandístico montado por el estudio y los distribuidores antes del estreno) se centra en el personaje de Cooper (Mathew McCounaghey), un ingeniero y ex piloto de la NASA devenido en granjero en un planeta Tierra que parece estar enfrentando sus décadas finales. Por suerte, aquí Nolan pudo contener sus ganas de explicar tres o cuatro veces hasta los aspectos más estúpidos de la trama y no se cuenta demasiado sobre el origen de este cuasi apocalipsis. Sólo sabremos que hay escasez de alimentos y tormentas de polvo, que la población humana ha mermado notablemente, que las instituciones gubernamentales parecen haber casi desaparecido.

Con el planeta en agonía, se suceden una serie de extraños fenómenos gravitacionales en la granja de Cooper (que en más de un momento se parece a la de la desafortunadda Señales, expedida en 2002 por M. Nigth “Vuelta de tuerca inesperada” Shyamalan) que acaban llevándolo a descubrir que una NASA casi clandestina ha mantenido vivo un proyecto para buscar un nuevo planeta habitable para la humanidad. El viaje será a través de un agujero de gusano que apareció cerca de Saturno. Y casualmente hace falta un piloto.

Luego el clásico equipo de abnegados astronautas que van a salvar al mundo (un elenco tan estelar como desaprovechado) finalmente despega al infinito y más allá, siguiendo los caprichos de Nolan. Pero en algunos casos parece que se hubiera pensado primero en qué enorme escena de acción se quería filmar (olas gigantes en un planeta acuático, pongámosle por caso, hipotéticamente) y luego se haya buscado la forma de meter el evento espectacular en el film a como dé lugar, haya excusa argumental, o incluso racional, que lo justifique o no. Y lo curioso es que las escenas destinadas a impresionar visualmente no lo consiguen y los efectos especiales tampoco resultan nada de otro mundo. Interestelar navega sin decidirse entre el film intimista y de relaciones que parece querer ser al principio y al final (sin lograrlo) y la superproducción espacial en la que se transforma a la hora de película (instancia en la que, más allá de los evidentes homenajes a 2001: Una odisea espacial o a otros tantos clásicos, hay muy poca originalidad visual).

Vengo a traerles paz

Lo mismo sucede con la acción, que un Nolan “maduro”, posiblemente cansado de tiroteos y persecuciones después de tres Batmans y un Origen, debe haber considerado como un lastre que podría llegar a distraer del verdadero objetivo de la película. No hay que confundir Interestelar con uno de esos filmes pasatistas del naves del espacio, no. Por eso tampoco nos permitiremos una gota de sentido del humor. Que quede claro que aquí hay un mensaje. Como en El árbol de la vida (2011), de Terrence Malick. Pero en realidad en Interestelar hay muchos mensajes. Para todos los gustos y siempre ultraexplicados. Científicos, ecológicos, humanistas, amorosos, familiares, filosóficos, metafísicos. Igual que en la vidriera irrespetuosa de los cambalaches.

Así un film que en su previa se promocionó por haber ayudado con su producción a imaginar la apariencia real de un agujero negro a partir de su representación matemática, acaba mostrando más afinidades con la new age que con la astrofísica, con las fábulas esotéricas de “viajes astrales” que con la hard science fiction, con Osho que con Stephen Hawking. Es que el amor es una fuerza universal tan poderosa como la gravedad, dirá una de las científicas del team salvador. Amor, amor, amor, diría Luis D´Elía.

Y todo, como corresponde al tema tan serio y espiritual que estamos tratando, adobado con citas al tono (Nolan logra el milagro de que de la conjunción a priori ganadora de Michael Caine y Dylan Thomas surja una escena ridícula) y una banda de sonido original grandilocuente de Hans Zimmer que incluso a veces llega a tapar los diálogos y que no-permitirá-que-te-distraigas de los momentos en los que corresponde emocionarse o preocuparse. Pompa y circunstancia.

Durante las casi tres horas de película abundarán las explicaciones acerca de la Teoría de la relatividad, los agujeros negros y los de gusano, llegando al colmo del ridículo de que el jefe científico de la expedición le explique a Cooper con un lápiz y un papel doblado, pedagógicamente, cómo funcionan los agujeros de gusano en la cabina de la nave cuando ya tienen uno a la vista. Se suponía que Cooper era ingeniero y astronauta, che. Y si resulta que no lo sabía hasta ese momento, ¿no es ya un poco tarde como para que el capo de la expedición se anoticie de lo que están a punto de hacer? Obviamente, se trata de una explicación para el público, al que Nolan, salvo en la honrosa Memento (2000), parece considerar invariablemente idiota. Si fuera necesario explicar, se puede hacer mejor. Y recurrir a esos parlamentos bochornosos habla de pocas ideas y de una imperdonable pereza respecto del guión.

Si quieren ver una buena película de astronautas salvando al planeta, busquen la infravaloradísima Sunshine (2007), de Danny Boyle; si quieren una que aborde filosóficamente los viajes al espacio y la evolución humana, siempre existirá 2001, del maestro Kubrick. Para berretadas millonarias con pretensiones metafísicas que preparan la llegada de la Era de Acuario ahí están Nolan y Malick.

Pedro Perucca – @PedroP71

 

 

 

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