Fútbol

22 mayo, 2014

El ruso ese que clavó cinco goles

Por Edson João Zumbi Lima, desde Brasil. A Oleg Salenko le bastó un partido para ser el goleador de un Mundial y quedar en la historia. En Estados Unidos ’94 le hizo cinco goles a Camerún. Hace algunos años tuvo que vender la Bota de Oro para pagar deudas.

Por Edson João Zumbi Lima, desde Brasil. A Oleg Salenko le bastó un partido para ser el goleador de un Mundial y quedar en la historia. En Estados Unidos ’94 le hizo cinco goles a Camerún. Hace algunos años tuvo que vender la Bota de Oro para pagar deudas.

El tipo quedó en la historia. Bastante fácil la verdad. Jugó apenas tres partidos en mundiales, todos en el mismo, y se quedó afuera en primera ronda. Se trata de Oleg Salenko, delantero ruso que en Estados Unidos 1994 le clavó cinco goles a Camerún, que sumados a uno que le hizo Suecia, le alcanzaron para compartir el premio de máximo goleador con Hristo Stoichkov, de Bulgaria, que jugó los siete partidos.

La verdad, que de este lado del mundo no lo conocía nadie. Claro, hacía tres años que se había desintegrado la Unión Soviética y antes de eso, jugar allá era lo mismo que no existir para nosotros, occidentales y cristianos. Pero gracias a ese maravilloso invento capitalista que es Internet podemos saber que debutó en 1986, jugando para el Zenit de… Leningrado, que es el mismo Zenit que ahora es de San Petersburgo. Tras tres años pasó al Dinamo Kiev, convirtiéndose en el primer jugador ruso en integrar un equipo ucraniano.

El primer dato raro lo aporta que es uno de los pocos tipos en la era contemporánea del fútbol en haber jugado con dos selecciones mayores. Claro, en el medio del quilombo de la desintegración de la URSS nadie andaba mirando esos detalles. Cuestión que primero jugó un partido con Ucrania, pero se arrepintió y empezó a ponerse la casaca de Rusia. Llegó en ese trance a jugar en Estados Unidos. ¿O se les ocurre un mejor lugar para el primer Mundial post-comunista?

Por el mismo despelote que traían en el bolso, nadie esperaba demasiado de los rusos. Y de hecho, no hicieron demasiado. El grupo que les tocó, con el diario del lunes, era muy jodido. Primero perdieron con el campeón, Brasil, 2-0. Después cayeron con el tercero, Suecia, 3-1 y con gol del honor de Salenko. Ya eliminados, llegó Camerún, que como había empatado con los escandinavos todavía tenía una chance de pasar.

Pero no, Eto’o todavía era muy joven y Roger Milla era demasiado viejo. El negrito de Camerún, ese simpático estereotipo racista que inventaron ustedes, argentinos, para el Mundial ’90, supongo que se habrá quedado en Italia, junto con las manos de Pumpido. Salenko se ocupó de los muchachos africanos bastante rápido. A los 15 le clavó el primero a otro mito, el arquero Jacques Songo’o, y a los 41 y 44 liquidó el partido. Todavía le quedaba en el tanque para meter el cuarto y el quinto, a los 72 y 75. Dmitri Radchenko, su compañero de delantera, redondearía el set a los 81. En el medio, el amigo Milla se convirtió en el jugador más viejo en meter un gol en mundiales, a sus jóvenes 42 años. 6-1 fue entonces.

Como decíamos, con este partido y la otra pepa a Suecia, Oleg armó el bolso de vuelta para la madre Rusia sabiendo que difícilmente dejaría de ser el goleador del Mundial. Al final, Stoichkov, otro ex comunista, lo alcanzó para cooperar con el cuarto puesto de su Bulgaria. No fue el único que saltó la cortina de hierro para romperla en la Meca del capitalismo. También -¡acuérdense, argentinos!- Gheorges Hagi, el 10 de Rumania, la dejó chiquita con su equipo que eliminó a los muchachos de Basile y llegó a cuartos, donde los suecos los dejaron afuera por penales.

A esa altura Salenko ya se había ido de Kiev a jugar a España, al Logroñés. Le ofrecieron 36 mil pesetas por mes. ¿Parece mucho? Son unos 216 euros, 653 reales, 2381 pesos. Al pobre de Oleg le tiraron el libre mercado por la cabeza. A los dos meses –en esa primera temporada hizo 7 goles en 16 partidos- apareció con las valijas en la oficina del presidente. Le dijo que se iba porque no tenía para comer. Le multiplicaron el sueldo por 100.

Después pasó por el Valencia y el Rangers de Escocia, pero ya no anduvo bien. Se fue a Turquía, al Istanbulspor, y se rompió la rodilla en mil pedazos. Penó tres años allá, volvió a España y se retiró en Polonia. El capitalismo es complejo y las cuentas, parece, nunca le cerraron. En 2010 vendió la Bota de Oro, que se le otorga al goleador del Mundial, a un jeque árabe por medio millón de dólares. “Es una oferta difícil de rechazar, no estoy arruinado ni nada parecido”, dijo. No, claro.

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