Ambiente y Hábitat

15 diciembre, 2021

El modelo extractivo es la causa del desastre ambiental en Río Negro

Por falta de mantenimiento, la ruptura de un ducto de una empresa cuyo principal accionista es YPF provocó el mayor derrame de petróleo de la última década. Las consecuencias de un modelo de desarrollo que apunta a profundizar sus pasivos socioambientales y ecosistémicos para pagar una deuda fraudulenta.

Una cantidad equivalente a 20mil barriles de petróleo se derramaron el viernes pasado a 30 kilómetros de la ciudad de Catriel en la provincia de Río Negro. La responsable del accidente es la empresa Oldelval (Oleoductos del Valle), que está a cargo del mantenimiento y operación del ducto que conecta Vaca Muerta con Puerto Rosales (Buenos Aires).

Según correos internos de la firma desde junio último estaba pendiente hacer pruebas para comprobar el estado de corrosión de los caños que causaron el derrame. Como reveló Sofía Diamante para La Nación el proceso de pruebas «recién se aprobó el último viernes a la noche, después de consumado el accidente».

De acuerdo a información de la Secretaría de Ambiente y Cambio Climático de Río Negro el desastre implicó el derrame de unos 1500 metros cúbicos de crudo que invadieron 20.000 metros cuadrados de superficie. 

“Se intimará a la empresa Oldelval a que presente la póliza del seguro ambiental obligatorio que la ley exige para llevar a cabo la prestación de sus servicios” detalla un comunicado del Ministerio de Ambiente nacional, explicando además que “se inició un expediente administrativo con un sumario para establecer las responsabilidades que eventualmente puedan ser motivo de querella penal contra la empresa, para garantizar que se ejecuten todas las tareas correspondientes de remediación del daño ambiental”.

Un problema estructural 

En todos estos proyectos extractivos, tanto en el Gobierno Nacional como en la mayoría de los grandes medios de comunicación, se habla y se celebra las inversiones millonarias, la entrada de dólares y los puestos de trabajo que se crearán, pero se omiten y no se discuten las consecuencias sociales, ambientales y ecosistémicas que este modelo de desarrollo extractivo exportador ya viene causando hace décadas en Argentina y en gran parte del continente: contaminación del suelo, aire y agua, deforestación, control de los ríos, destrucción de comunidades, desalojos, violencia y acaparamiento de tierras. 

Un modelo que además destruye el trabajo y los medios de vida de miles de trabajadores campesinos e indígenas. En definitiva, se trata de una serie de pasivos ambientales y sociales que provocan a la larga más desigualdad social, injusticia ambiental e innumerables conflictos territoriales. Pero que, sin embargo, estás consecuencias serían resueltas bajo la mágica fórmula del «desarrollo sustentable» de acuerdo al paradigma productivista que el gobierno nacional suscribe acríticamente.

Con la crisis socio ecológica y civilizatoria que estamos padeciendo es más que necesario poner en discusión el paradigma de desarrollo vigente y hegemónico, y confrontar con la salida financiera y de mercado que los países ricos del norte proponen en la llamada «economía verde» para mitigar la crisis climática. 

Pero la urgencia de aumentar la reservas en dólares para cumplir con el FMI parece no dar lugar a debatir otras alternativas que prioricen la emergencia social y ambiental por sobre los condicionamientos del pago a una deuda que se destinó a financiar la fuga de capitales de empresarios y bancos a sabiendas del propio organismo.

Este modelo extractivo remite a un paradigma de desarrollo hegemónico hace décadas en América Latina y que Maristella Svampa y Enrique Viale conceptualizan retomando la categoría de «maldesarrollo». 

Un concepto que hace referencia al actual modelo antropocéntrico de desarrollo que desde una visión productivista toma a la naturaleza como un objeto que se puede dominar y controlar bajo la lógica de un crecimiento infinito basado en la sobreexplotación de los recursos naturales finitos del planeta. 

Un modelo que generó el colapso socio ecológico que hoy el mismo sistema pretende combatir con la llamada «economía verde» para transformar las bases energéticas sin poner en cuestión las bases de sustentación del desarrollo capitalista. 

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