Batalla de Ideas

14 octubre, 2021

Helios Gómez: el artista de la corbata roja

Un militante, un guerrillero, un pintor, un artista de vanguardia. Un eterno disidente, hermoso como un dios griego. Un sindicalista, un rojo, un ateo, un desafecto al régimen, un padre, un hijo, un flamenco de cante y baile. Quizás apenas un cúmulo de historias de su tiempo y de su tierra.

Santiago Torrado

@SantiTorrado1

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Gitano y revolucionario

Helios Gómez Rodríguez nació en la primavera de 1905 en La Cava de los Gitanos, un poblado ubicado en el corazón del barrio sevillano de Triana. Creció a orillas del Río Guadalquivir, que brinda el agua y el cañizo con que los gitanos templaban sus fraguas de acero y aún hoy fabrican canastos de mimbre. Cursó sus primeros estudios en la Escuela de Artes y Oficios donde se formó como ceramista. A los 16 años sus dotes para el arte atravesaban todos los formatos: de la música a la pintura y del cante jondo al muralismo.

Durante los años de la Guerra del Rif, el grupo de militares llamados africanistas aún ni soñaban con la toma del poder que llegaría en 1939 y se dedicaban a cosechar derrotas contra las tribus bereberes en el desierto del Sáhara.

Por entonces, Gómez fue apadrinado por el periodista y escritor Felipe Alaiz, que lo acercó a un grupo de intelectuales vinculados a la Confederación Nacional de los Trabajadores, allí publicó sus primeras obras en el periódico Páginas Libres, e ilustró carteles políticos con motivos obreristas y anti clericales Su primera exposición en el Café Kursaal de Sevilla fue mal recibida por la crítica de arte local. Según el curador onubense Pedro G. Romero, “los ingredientes” que reunía Gómez eran mal vistos por la aristocracia sevillana que monopolizaba las galerías y centros culturales de los años 30.

Gabriel Gómez Plana es el único hijo que tuvo Helios. Tiene casi ochenta años y preside la fundación que lleva el nombre de su padre, a quien recuerda en sus últimos años en un constante entrar y salir de prisión hasta que no volvieron a verse.

“Una noche de principios de los años 50 vino a mi casa el jefe falangista José Antonio Girón de Velasco, que por entonces era gobernador militar de Barcelona. Le ofreció trabajar para el régimen y mi padre se rehusó. Nunca se lo perdonarían. Poco después lo vinieron a buscar. Me dijo ‘cuídate gitanillo, yo me voy de viaje’ y se lo llevaron dos agentes de la brigada político-social. Yo tenía 12 años”, relata el hombre.

Según Gabriel, “todos piensan que los únicos gitanos que triunfan deben ser toreros o músicos, pero no es así. Mi padre es un ejemplo de la altura intelectual y el compromiso del pueblo gitano con España. Su voz metálica llega en reverberaciones intermitentes a través del teléfono y transmiten una emoción honda”.

En palabras de su hijo, Helios “era gitano, anarquista y no contaba con una formación académica. Su presencia era muy incómoda para los señoritos. Comentó Romero rodeado de cuadros de Gómez en ocasión de una muestra de grabado y pintura dedicada al arte militante de los años 30”.

Tras la experiencia en el Kursaal, Gómez se mudó a Barcelona donde se dejó influir por el ambiente cosmopolita y abierto de las vanguardias que le imprimieron a su obra el gusto por los contrastes, las formas puntiagudas y angulosas del expresionismo y el cubismo, pero siempre con la lucha social y los obreros como leitmotiv. Rápidamente logró exponer en las Galerías Dalmau al tiempo que profundizó su compromiso político. Con menos de 20 años era un militante anarquista convencido, internacionalista y ateo que también hizo de su gitanismo una bandera.

“Contra el pueblo gitano siempre hubo prejuicios, incluso en la izquierda revolucionaria de la época”, continúa Gabriel. “Helios era una figura que rompía con las suspicacias y los convencionalismos. Era encantador y muy inteligente, y se reivindicaba públicamente ‘gitano y revolucionario’, en ese orden”.

Vía WhatsApp, el historiador Manuel Martínez Martínez asegura que se trataba de un tipo inquieto, casi eléctrico. Era un notable orador, dueño de un magnetismo especial con las mujeres. En un recorte del diario La Luz de la República publicado el 12 de mayo de 1932 puede leerse una solicitada en la que piden por “la libertad de Gómez y de la joven dirigente comunista, guapísima y elegante, Irene Weber” con quien estaba “en permanente relación”.

“Irene fue su gran amor. Se conocieron después de que Helios fuera expulsado de París por participar de una manifestación en repudio por las ejecuciones de Sacco y Vanzzetti, y a pesar de los exilios y la guerra estuvieron en contacto durante muchos años”, rememora Gómez Plana.

La guerra y el exilio

Con el aire agitado de la España roja, Helios Gómez regresó a Barcelona. En 1930 publicó el polémico manifiesto “Por qué me marcho del anarquismo” y se afilió al Partido Comunista tras un breve paso por el Bloque Obrero Campesino de tendencia trotskista. El triunfo del Frente Popular y la proclamación de la República Española lo encuentran en la URSS como invitado especial en el Congreso Internacional de Artistas Proletarios.

Martínez Martínez interpreta su eterno ir y venir entre organizaciones de todas las tendencias: “Su salida del anarquismo, su paso por organizaciones trotskistas para luego terminar en el PC, del que también se iría, se explica precisamente por su gitanismo entendido como categoría política. El gitano es un ser libre, alejado del dogmatismo que los partidos de izquierda exigían a sus militantes. Helios no concebía autoridades, fronteras ni banderas. Su revolución no cabía en ninguna sigla”.

A su regreso de Moscú, se instaló nuevamente en Barcelona y junto con el grupo de artistas “Els Sis” fundó el primer Sindicato de Dibujantes Profesionales, un agrupamiento de artistas gráficos que trabajaron sin descanso en la publicidad de la República. Pintaron murales, edificios y trenes, ilustraron revistas, carteles y propagandas que llamaban a alistarse a la milicia.

Con el levantamiento del 18 de julio estalló la guerra. Gómez tenía 29 años y decidió cambiar el pincel por el fusil. Interrumpió su producción artística y se incorporó a la Columna Ramón Casanellas para combatir en el frente de Aragón, Andalucía, Mallorca e Ibiza. Entonces un oscuro episodio lo empujaría a tomar el camino del exilio.

En medio de la vorágine de violencia del frente de Andújar ordenó fusilar un capitán de su propia brigada por traición. Sus compañeros le recriminaron el fusilamiento sumarísimo y Gómez se escondió en el campo para evitar ser linchado. Disfrazado de campesino huyó hacia Barcelona con el comienzo del fin de la guerra. El comisariado militar del PC ordenó su captura.

Perseguido por propios y ajenos, intentó exiliarse en Francia en 1939. Pasó a engrosar las filas tristes de los derrotados que cruzaban los Pirineos y permaneció dos años en campos de concentración en la Francia ocupada por los nazis, luego fue trasladado a la Argelia colonial. Regresó a Barcelona hacia 1945. Hambriento, torturado y perseguido. Del galán gitano que arrasaba todo a su paso quedaba apenas una carcasa triste. De la revolución que no fue, quedó solamente una chispa en los ojos que sonaba a fandangos amargos.

La capilla gitana

A finales de 1949, Gómez intentó recuperar sus raíces artísticas y se dedicó a escribir un poemario mientras regresaba de a poco la pintura, por entonces con una fuerte impronta surrealista, alejada del estruendo de la guerra y de la propaganda socialista.

“Con el tiempo recogiendo aquellos poemas a medida que me hice mayor y me enteré de quién había sido mi padre. Fui investigando y juntando los retazos de su memoria. Hoy tengo un volumen inédito con muchos escritos suyos junto a algunas de sus obras”.

De nuevo la emoción honda en la voz de Gabriel, una vibración metálica agitada, esta vez por Zoom, que proyecta su imagen en la pantalla de mi computadora. Un anciano flaco pero sorprendentemente jovial. Tiene la piel morena y lentes de marco metálico con mucho aumento, detrás de él, sobre una biblioteca llena a rebosar, descansa una bandera de la nación gitana. Fuma tabaco negro y cuenta que tras el último encarcelamiento de su padre él pasó a engrosar las filas de los más de 35 mil niños huérfanos que había solo en la ciudad de Barcelona en la posguerra.

En la Cárcel Modelo de Barcelona le dieron una última oportunidad. El encargo vino del capellán mercedario Bienvenido La Hoz, responsable de la “reinserción espiritual” de los presos políticos en los años de la posguerra. Conocido como “la araña negra”, aquel fraile deambulaba por la planta baja del pabellón IV°, donde los condenados a muerte esperaban su ejecución, ofreciendo sin éxito sus oraciones entre rojos ateos, con una sotana negra bajo la que escondía una pistola.

La propuesta era que Helios Gómez pintara un oratorio para que quien quisiera ponerse en paz con Dios antes de ser ametrallado, pudiera dedicarse a la oración. Contra todo pronóstico, Gómez aceptó el encargo. Su hijo no puede ocultar un dejo de orgullo al recordar La Capilla Gitana :”Fue su último acto revolucionario. Aquel oratorio tenía una virgen morena, gitana, con ángeles de rasgos calés, de piel aceitunada. Moros y gitanos de manos callosas y brazos tallados por el trabajo. Aquello fue un escándalo, la virgen podía ser cualquier cosa menos negra. Fue un escándalo”.

El pasado 19 de septiembre se cumplieron 65 años de la muerte de Helios Gómez. El oratorio de La Modelo sobrevivió hasta 1998, hasta que fue tapado por las autoridades penitenciarias.

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