Salud

26 septiembre, 2021

Todo concluye al fin, ¿y la pandemia?

Luego de 17 semanas consecutivas de descenso en los contagios de coronavirus, el gobierno nacional flexibilizó las restricciones a la circulación. Coyuntura política, vacunas, variante Delta y debates sobre la salud.

Laura Fischerman

@lpescadora

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Después de 17 semanas de descenso sostenido del número de casos diarios de COVID-19, sumado a una campaña de vacunación que inició la cobertura de casi toda la población adulta del país y que se acerca a tener la mitad con esquemas completos, desde el Ministerio de Salud de la Nación y en articulación con otras áreas de gobierno se lanzaron públicamente una serie de medidas que ponen fin (al menos mientras se sostenga la situación epidemiológica) a algunas de las restricciones vigentes a lo largo del último año y medio.

Sobresalen entre los anuncios el levantamiento de la obligatoriedad de uso de barbijo en espacios abiertos, la apertura de las fronteras al turismo eliminando cuarentenas para personas con esquema de vacunación completo, y la habilitación de locales bailables con hasta un 50% de su aforo.

Si bien estas medidas de retorno a lo antes conocido como normalidad son premeditadas y venían siendo estudiadas durante las últimas semanas, aparecen en una coyuntura política y social enrarecida a partir de los resultados de los comicios del domingo 12 de septiembre.

Es cierto que gran parte del paquete anunciado tiene que ver con lograr retomar a nivel nacional una dinámica económica que, a través de la recaudación fiscal, permita hacer frente al pago de la deuda externa y acompañar a los subsidios necesarios para paliar los efectos de las políticas macristas seguidas del parate pandémico. Sin embargo, a la luz no sólo del neto fracaso electoral en términos nacionales del frente de gobierno, sino también de su interna pública, levantada a propósito del reclamo del electorado acerca de situaciones que «no dan para más» y coronado por el anuncio del embarazo de la primera dama, el despliegue parece tener una incómoda oportunidad.

Si no fuera por los sucesos de las últimas dos semanas, probablemente el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no se habría atrevido a proponer que en su jurisdicción el no uso de barbijo en espacios abiertos libres de multitudes implicaba situaciones inabordables por su riesgo epidemiológico. Curioso, cuando sólo unos meses atrás, mientras la Argentina (y sus metrópolis) contaban con los peores índices de incidencia y mortalidad por COVID-19 a escala global, ese mismo gobierno impulsaba la forzosa escolarización presencial sin cobertura de vacunas y sin garantías del distanciamiento mínimo necesario para prevenir contagios.

Parece ser, entonces, un objetivo de de la principal fuerza de oposición al gobierno nacional, basarse en la insuficiencia para satisfacer a la población de lo que se pudo evitar durante la pandemia (saturación del sistema de salud, quiebra total de la economía y desahucio de los sectores más vulnerables) para poner en duda ya no sólo las medidas restrictivas para el control de la pandemia sino también aquellas que resultan permisivas, para rápidamente cambiar de cancha en la valoración de la libertad.

El terreno es fértil para instalar cierto margen de incertidumbre, ya que si bien las altas coberturas en la vacunación tienen un correlato con la marcada disminución de casos, nuestro país experimenta la paulatina introducción en la comunidad de la variante genómica Delta. De ella, como con todo en la pandemia, se sabe poco pero cada vez más. Ese conocimiento tiene el inconveniente de generarse inicialmente en los países del hemisferio norte, que experimentan por su ubicuidad nuevas olas de contagio, que demuestran una capacidad de evadir la respuesta inmune de parte de está versión del virus, pero que también muestran la efectividad de las vacunas para disminuir y casi anular la proporción de casos graves sobre el total y, por ende, también las muertes.

Entonces, para tratar de predecir los efectos que tendrá la plena circulación de esta variante en nuestro territorio, donde las formas más frecuente del virus son sus variantes Gamma y Lambda (ex Manos y andina), no queda más que hacer una experiencia propia y, en alguna medida, hacer una apuesta a la supremacía de las vacunas por sobre el patógeno. Un buen indicador puede ser el caso de Brasil, que partía de una frecuencia similar de casos atribuibles a Gamma, y ha mostrado un veloz incremento -al menos según lo que los resultados de sus secuenciaciones muestran- de la proporción de Delta, a la vez que muestra leves pero no determinantes aumentos en el número de casos.

Cabe destacar que la decisión tomada por el gobierno nacional de confiar en la evidencia de efectividad de las vacunas para dar por finalizada la etapa más cruenta de la pandemia, lo reafirma en el ya desdibujado y caricaturizado papel de un gobierno de cientifiques. Y aunque ese mote ya no goza de prestigio sí muestra tal vez el rol más coherente y responsable que ha tenido este gobierno en esta gestión que se encuentra casi promediando.

Esta seriedad en análisis de la evidencia científica disponible hace centrar los esfuerzos actuales en hacer avanzar la campaña de vacunación en la población aun susceptible, predominantemente, les menores de 18 años. La velocidad con la que logre alcanzar a esta población (direccionando las dosis de Pfizer y pronto de Sinopharm) permitirá evitar que los ahora permitidos viajes de egresados no se conviertan en una catástrofe que vuelva a elevar los niveles de circulación del virus hasta tornar riesgosas las actividades que sin demasiado esfuerzo de adaptación hemos ido recuperando.

En este sentido, la orientación de decidir en base a lo que tiene sustento empírico, parece ser otro acierto para evadir el desvío mercantilista de las terceras, cuartas e infinitas dosis que los laboratorios obedientes a corporaciones transnacionales pretenden instalar, sin respaldo en el decaimiento de la respuesta inmune con el tiempo, para no sólo recuperar, sino multiplicar la ganancia que han tenido por cruzar primeros la meta de llegar a una fórmula de la vacuna. Seguirá, una vez cubierta la totalidad de la población, la discusión por el desarrollo público de los insumos necesarios para tener autonomía en la gestión de las catástrofes, que tendrá que ser puesta sobre la mesa por quienes pretendamos cambios en el negocio global que hoy es la salud.

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