Batalla de Ideas

20 septiembre, 2021

El debate entre quienes piensan parecido que facilita el retorno de quienes piensan distinto

La salida a la crisis es con gasto público, coinciden en el Frente de Todxs, aunque sin acuerdo sobre la prisa impuesta en recuperar ingresos. Personajes, pulseadas y una carta que versan, a priori, sobre la velocidad y no sobre el rumbo económico.

Federico Dalponte

@fdalponte

COMPARTIR AHORA

Hay consenso en el oficialismo sobre la etapa actual de recuperación, sobre la necesidad de que el Estado juegue un rol contracíclico, sobre el financiamiento estatal de la expansión, sobre la limitación de importaciones, sobre la recuperación de reservas, sobre la importancia de mejorar el poder adquisitivo. Hay consensos.

Sucede, empero, que el peronismo digiere mal las derrotas políticas y olvida así que las cuitas internas merecen tratarse con discreción. A veces no se puede o no conviene, es cierto. Pero toda crisis interna deja marcas y deja heridos, y mejor evitar su exhibición.

Dicho eso, es innegable que a menudo es preferible la ruptura pública, a la vista de quien quiera y para dejar registro histórico. Recuerdos varios: la de Domingo Cavallo con el menemismo, la de Elisa Carrió con el radicalismo, la de Néstor Kirchner con el duhaldismo, la de Sergio Massa con el kirchnerismo.

Criticar, diferenciarse y hasta romper un vínculo político son hijos de las desavenencias profundas. Pocas y pocos dirigentes de fuste abandonan un gobierno por un cargo, por una banca, por poca cosa. Las más de las veces, romper es signo de divergencias sobre el rumbo elegido, no sobre la velocidad.

Ejemplo: enfrentados durante décadas pero aliados en 1999, los dirigentes radicales Fernando De la Rúa y Raúl Alfonsín rompieron de forma definitiva en 2001. El entonces presidente acusaba a Alfonsín de boicotearlo, y el entonces titular de la UCR, acusaba a De la Rúa de errar en el rumbo económico escogido.

No era la velocidad lo que estaba en juego, no era una diferencia sobre «shock» o «gradualismo»; era el rumbo. La velocidad también genera roces internos, intranquilidades, impaciencias. Pero lo que genera rupturas es el rumbo.

Entre recuperar dos o cuatro puntos el poder adquisitivo de los salarios hay una diferencia de velocidad; pero entre aumentar salarios o recortarlos hay una diferencia de rumbo. Entre incrementar el presupuesto en ciencia un 10% o un 20% hay una diferencia de velocidad; pero entre fortalecer el sistema o desfinanciarlo hay una diferencia de rumbo.

La carta al «fiscalismo»

La carta de Cristina Kirchner versa, ante todo, sobre la velocidad de la recuperación económica. Por eso hoy –al menos hoy– es difícil pensar en una ruptura de la alianza de gobierno. Las rencillas personales y hasta las pujas por cargos no afectan tanto –no deberían afectar tanto– como una eventual disputa por el rumbo.

En el centro de la cuestión está la cuestión fiscal. La vicepresidenta cree que el Ejecutivo lleva a cabo “una política de ajuste fiscal equivocada” que impacta negativamente en la actividad económica. Lo cual vale la pena discutirse.

Argentina cerró 2020 con 6,5% de déficit fiscal primario sobre el PIB y para este 2021, sin previsiones especiales por pandemia, se presupuestó un déficit de 4,5%. Hasta agosto, apunta la vicepresidenta, se registró un déficit de 2,1%. Y el año cerrará, según el ministerio de Economía, en el 4%.

debate
Alberto Fernández junto a ministros y dirigentes durante la presentación de la Ley de Hidrocarburos (15/09/2021)

Al margen de si eso hubiese torcido la suerte electoral, la discusión se centra en cuándo se ejecutarán los dos puntos que faltan y hasta por qué no se gastaron todavía. Parece un debate cardinal, de fondo, pero mejor relativizar. “No estoy proponiendo nada alocado ni radicalizado”, dice Cristina Kirchner y es cierto. Más allá de la disputa sobre el asunto, todos los sectores del frente gobernante creen que el déficit hoy es inevitable, pues la salida de la recesión estará dada a partir de un mayor gasto estatal –en particular en obra pública y en políticas de aliento al consumo–.

Pareciera una sutileza, pero no. En julio de 2001 y en noviembre de 2018, dos presidentes, Fernando De la Rúa y Mauricio Macri, lograron la aprobación de sendas leyes de déficit cero. En ambos casos la Argentina estaba en recesión, pero los mandatarios creyeron que la salida se alcanzaba a partir de una reducción drástica del gasto.

Pues falló. El recorte redundó en una mayor caída de la actividad, mayor caída del consumo, mayor caída de la recaudación y por ende en la necesidad de mayores recortes. Éste no parece ser el escenario hoy. El presupuesto para 2022 prevé incluso un déficit fiscal primario del 3,3% del PIB, con mayor inversión aún en obra pública. El rumbo no cambiará; la velocidad tal vez.

El plan de gobierno existe

El plan de gobierno indica que el déficit fiscal será compensado vía recaudación, una vez que la mejora de los salarios impulse la demanda y, con ello, se consolide el crecimiento. Por eso el aumento de la actividad se acompaña con una reducción del déficit primario.

Nadie en el Frente de Todxs duda de eso. De lo que dudan algunos es de la velocidad aplicada, dadas las actuales tasas de pobreza, desocupación y, por supuesto, luego de la derrota electoral. Sectores del oficialismo creen que, más allá del origen del financiamiento, un mayor gasto equivale a mayor actividad. Un nuevo ingreso familiar de emergencia (IFE), por caso, ayudaría a recomponer el poder de compra rápidamente e impulsaría la rueda del consumo. El elenco económico del gobierno, en cambio, cree que una mayor velocidad puede estropearlo todo, máxime si se traduce en inflación.

Ese debate es –debería ser– medular en el frente gobernante, con espacios de discusión que apuesten a encontrar una síntesis sin rupturas. Podría discutirse, tal vez, si lo que falló fue la distribución del gasto y no su volumen, o si no vale la pena pensar en nuevos impuestos especiales a la riqueza, o en incrementos salariales por decreto como se hizo a principios de 2020, o en mayores controles sobre los formadores de precios, o en formas, en definitiva, que permitan recomponer los ingresos sin descuidar el mediano plazo.

Es, en todo sentido, un debate de matices, de miradas cercanas, de velocidad, y esa debería ser la fortaleza del oficialismo. Hoy no lo es. Hoy el tono del debate amenaza con llevarse puesto todo y los cambios de nombres, en sí mismos, no indican demasiado.

En cualquier caso, resulta paradójico –por no abundar en epítetos– que dirigentes que piensan parecido, tras no ponerse de acuerdo en el revoque final de una estructura compartida, favorezcan el retorno de espacios políticos cuyas propuestas sí son antagónicas.

Si llegaste hasta acá es porque te interesa la información rigurosa, porque valorás tener otra mirada más allá del bombardeo cotidiano de la gran mayoría de los medios. NOTAS Periodismo Popular cuenta con vos para renovarse cada día. Defendé la otra mirada.

Aportá a Batalla de Ideas