El Mundo

20 agosto, 2021

Afganistán: ¿dónde están las feministas?

La pregunta que se instaló desde el momento de la derrota norteamericana en Afganistán y el regreso al poder de los talibán, nos vuelve a enfrentar con la dicotomía entre civilización y barbarie.

Florencia Trentini

@flortentini

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En los últimos días los medios de comunicación se llenaron de imágenes de mujeres afganas y de opiniones sobre cómo sus vidas iban a verse arruinadas ahora que la civilización y la libertad se retiraban para dejar lugar a la violencia, la barbarie y el salvajismo talibán. La derrota del gobierno norteamericano fue construida como la derrota de las mujeres. Hace días nos encontramos discutiendo sobre esto y no sobre los 20 años de invasión, guerra y muerte perpetrados por Estados Unidos y sus aliados. Porque los violentos son solo los talibán y no los países que asumen tener el poder para definir las vidas de otros pueblos. 

Fotos de mujeres en pollera corta y con el burka fueron comparadas dando a entender que la primera es libertad y la segunda opresión, renovando la vieja dicotomía de civilización y barbarie ahora a través de la ropa que usan las mujeres. Así, esa civilización capitalista y patriarcal contra la que peleamos cada día en otros lugares del mundo, de repente parece ser la solución para las mujeres afganas. Y la modernidad, esa misma que está -literalmente- incendiando nuestro mundo, sería la promesa de un futuro prometedor y desarrollado que se está perdiendo con las retiradas de las tropas estadounidenses. 

Mientras tanto en las redes se repite la pregunta: ¿dónde están las feministas? Asumiendo, de paso, que no existen feministas en Afganistán y que otras mujeres, también pertenecientes a “la civilización”, tienen que ir a defenderlas.

En el proceso este planteo olvida que el feminismo no es un solo, y que no todas las mujeres que se organizan para pelear por sus derechos se definen necesariamente como parte del movimiento feminista. Como sostienen las feministas comunitarias latinoamericanas, las luchas son distintas y no se pueden aplicar las mismas formas en el norte que en el sur, y tampoco en Oriente y Occidente. Si algo han demostrado los feminismos es que las mujeres crean y organizan sus propias luchas y eligen sus campos y métodos de batalla.

Caer en el planteo de los derechos humanos “universales” y pensar que éstos vienen garantizados por la presencia de la “civilización” norteamericana en suelo afgano implica seguir confundiendo lo universal con lo europeo y lo blanco, y seguir pensando que eso debe salvar al mundo. Se llama colonialismo y colonialidad, y no ha logrado más que nuevas violencias sobre cuerpos y territorios que no responden a la forma supuestamente correcta de habitar el mundo. 

Del otro lado se corre el riesgo de pensar que no pertenecer a la cultura afgana no nos permite decir nada, y que aquello que pensaríamos como violencia y violación sobre nuestros cuerpos y vidas dejaría de serlo porque le sucede a mujeres que pertenecen a “otra” cultura. Confundiendo “la tradición” con la desigualdad, la violencia, la discriminación y la opresión.

La cultura -cuando es entendida como tradición inmodificable- nunca debería ser la explicación a algo que suceda sobre los cuerpos de las mujeres, así como la ropa que usamos no debería ser sinónimo de libertad y de opresión, y definitivamente el imperialismo y la colonización no deberían ser las fórmulas mágicas de garantizar derechos sobre las mujeres. Principalmente porque ese mundo occidental que se supone sería la respuesta para las afganas, perpetua violencias, distintas, situadas, pero violencias al fin. Ponerlas en una escala valorativa vuelve a caer en una mirada evolucionista que nos lleva a creer que los talibán son peores, más salvajes y atrasados que los femicidas occidentales.

Así, cualquier tipo de discusión sobre esto encuentra respuestas tales como “¿y por qué no te vas a vivir vos a Afganistán?”. Estos mantras comunes olvidan que esos lugares del mundo en los que efectivamente se vive de formas más violentas son resultados de procesos históricos particulares, de formas de dominación y de conquista, de un sistema-mundo que construye centros de poder y periferias de hambre y muerte. Afganistán es lo que es hoy por años y años de imperialismos y de “civilización”, y no por la falta de estos. 

Afganistán es lo que es hoy por años y años de imperialismos y de “civilización”, y no por la falta de estos. 

Como sostiene Carolina Bracco, politóloga, magister y doctora en Culturas Árabe y Hebrea, en una nota en Revista Anfibia: “Promover una narrativa salvacionista sin escuchar las voces de las afganas ni demandar un proceso de justicia transicional en el que se juzguen las violencias cometidas contra ellas por todos los actores del conflicto es ser cómplice de esta narrativa y de sus usos políticos”. Por eso “es necesario historizar la violencia de género por fuera del análisis coyuntural -apurado, dicotómico- y a las miradas sesgadas que absuelven a una amplia gama de perpetradores, así como las complicidades y silencios históricos evidenciados en las representaciones contemporáneas de la violencia de género en Afganistán”.

La respuesta, en Afganistán y en cualquier país, está en las mujeres, en nuestra organización, en las redes locales y globales que construyamos para romper con los diversos mandatos patriarcales alrededor del mundo. Está en la mirada interseccional y situada que algunos feminismos nos han enseñado. Una mirada que no debe borrar las creencias y la religión de nuestros análisis, después de todo, si aprendimos que no es lo mismo ser mujer blanca, negra, indígena, pobre o rica, tampoco es lo mismo ser mujer musulmana.  

A mediados de los ´90, Heba Rauf Izzat, activa en el movimiento islamista, docente de la Universidad de El Cairo y conocida por su investigación sobre el papel político de la mujer desde la perspectiva del islam político y su teoría, sostuvo en una entrevista recientemente republicada por El Intérprete Digital que “los islamistas siempre consideraron la liberación de la mujer como una idea occidental. Esto les impidió hacer sus propias interpretaciones sobre los problemas de la mujer. Es hora de poner en marcha un nuevo movimiento de liberación de la mujer -uno islámico, no sólo para el beneficio de las mujeres musulmanas y las sociedades musulmanas, sino para todas las mujeres en todo el mundo”. Aseguraba que ese movimiento de liberación “debería ir de la mano de la lucha por la liberación económica y política del colonialismo del nuevo orden mundial capitalista”.

Hoy existen muchas mujeres que se definen como feministas islámicas y vienen enfrentando las múltiples opresiones y estigmatizaciones, dentro y fuera del Islam, utilizando el Corán para reivindicar los derechos que les han sido arrebatados. Sin duda la vuelta al poder de los talibán, el recuerdo de su anterior gobierno abiertamente patriarcal y violento, levanta una alerta sobre el futuro de los derechos ganados hasta el momento. 

Pero a lo largo de la historia los derechos y libertades no se ganaron mediante ocupaciones imperialistas, ni se perdieron sin ellas. Las conquistas duraderas siempre son resultado de la lucha y la organización colectivas, una que las mujeres afganas vienen llevando adelante. No necesitan salvación sino redes de apoyo, esas que los feminismos nos enseñaron a construir.

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