Cultura

18 agosto, 2021

Federico García Lorca: escribir la pasión o la pasión por escribir

En un nuevo aniversario de la muerte de Federico García Lorca a manos del franquismo, recordamos algo de su obra y de su pasión por escribir. El cuerpo del poeta, al día de hoy, se encuentra desaparecido.

Mariel Martínez

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El Perlimplim es una pieza teatral con un argumento sencillo: un oficial del ejército de  grandes cuernos en su cabeza, es engañado por su mujer. Si bien la obra fue escrita en 1928 se representó recién cinco años después, en 1933, porque había sido prohibida. El que la prohibió se llamaba Primo de Rivera. El que la escribió, Federico García Lorca.

Puede que haya sido este el momento en el que Lorca intuyó una verdad que hoy  repetimos para que continúe masticándose como cierta: lo personal es político, siempre. ¿Por qué si no, podría estar prohibido hablar del desengaño? ¿Por qué intervenir sobre la literatura? ¿Por qué esconder el drama, la poesía, el amor?

La pasión, la política, el amor

La discusión entre la pluma y el fusil o entre el arte y la esfera de la política es tan vieja y ha atravesado tantos territorios que narrarla implicaría un recorte forzoso. Puede hacerse de todas formas. España es quizás uno de los lugares en donde este cruce dio de los ejemplos más famosos: Miguel Hernández, el poeta campesino, muerto en la cárcel franquista; Antonio Machado, que disparaba por la República desde las redacciones de varios diarios, muerto ya viejo en el exilio. Incluso poetas latinoamericanos como César Vallejo comprometieron allí su escritura y su militancia en la construcción del socialismo y la resistencia al fascismo que desde 1936 en España había declarado la guerra a todo lo humano. Estaba más que claro que la persecución de las hordas de Franco se ensañaría con los cuerpos puestos al servicio de la república, y con la literatura que explícitamente se colocaba del lado de la revolución.

¿Pero qué pasa con el amor y el desamor? ¿Con las ilusiones, los sueños y los mandatos? ¿Qué pasa con la alegría y la tristeza? ¿Qué sucede cuando se intenta una escritura-siempre lectura- política que simplemente relate el corazón?

Federico García Lorca nació un 5 de junio en 1898 en Granada, y amó y escribió teatro y poesía.  Tanta y tan buena literatura escribió, que sus textos no lograron escaparle al riesgo de los grandes: las lecturas que ofrece la escuela.

La casa de Bernarda Alba, pieza teatral, circuló y circula en nuestras escuelas como un texto de lectura obligatoria. El Romancero Gitano, como ejemplo español de las nuevas sucesiones de versos octosilábicos.

En estas lecturas se obvia, las más de las veces, que La casa de Bernarda Alba no retrata sólo a una familia comandada por una déspota, si no fundamentalmente el drama social que implica para estas cuatro hermanas y su cruel y desesperada madre no tener marido ni reproducirse en una sociedad rígida, cínica y patriarcal. Para lograr encajar en estos parámetros sociales, la familia Alba llega a estar dispuesta a efectuar un casamiento arreglado con un joven aprovechador que todas desean y a que a todas corresponde. La normativa social destruye la vida de esas mujeres, ellas lo saben. Y por supuesto, lo reproducen: en un conflicto menor de la obra, se suman a la turba que va a apedrear hasta la muerte a una vecina, “la hija de la Librada, la soltera”, que tuvo un hijo no se sabe de quién y que para ocultar su vergüenza lo mató y escondió debajo de una piedra. Después claro, la tragedia en tres actos, el ámbito rural y los caballos garañones. Pero después. Son “cositas” que agregó Federico.

Y ya que ha sido nombrado y para hacerle justicia al Romancero gitano, plagado de pulsiones, habría que dejar de contarle las sílabas y comparar las rimas. García Lorca se aleja en este romancero de la poesía elitista del modernismo pero sin sucumbir en el hermetismo de la vanguardia: es su libro más popular. No sólo quizás porque en un gesto decididamente político escribe a uno de los sectores sociales más populares de España -los gitanos- sino porque allí se encuentran, ordenadas en versos, nuevamente las disputas entre el deseo y lo que debe ser aderezadas por la marginalidad social y la persecución del Estado. Una monja que se debate entre su fidelidad a Dios y sus deseos, una “casada infiel”. La soledad, la vida trágica y la dignidad del pueblo gitano, constantemente acosados por la guardia civil.

Es claro: si se quiere escribir de amor, de pasión, de trágicas tristezas o incontenibles deseos, inevitablemente se tiene que hablar de política. De cómo se regla la manera de querer. De cómo se puede escapar de la violación o la muerte. Del estigma de la soltera, de la infecunda. De los que aman en los márgenes. Del deseo, de lo prohibido. De lo que late indomable en el cuerpo a pesar de las normativas sociales. De ser mujer. De ser hombre. De ser, sencillamente Federico García Lorca.

Después, los despueses. El camino sincero de la fidelidad al amor y la pasión lleva directamente al hueso de lo humano. Cultivó la amistad de otros apasionados como Rafael Alberti, viajó, Latinoamérica conoció su escritura y sus poetas se enamoraron de él. Recitó por toda España sus amores. Puso su talento al servicio de la República: con el grupo de teatro La Barraca, recorrió ciudades y pueblos dirigiendo obras de los grandes del siglo de oro español, que también le escribieron a las pasiones.

A pesar de las advertencias latinoamericanas, de los pedidos de exilio, Federico García Lorca se quedó en España. No existió nunca el tiempo de preguntarle las razones.

La misma guardia civil que en sus ficciones poéticas perseguía a los gitanos lo secuestró un 16 de agosto de 1936 de su refugio granadino. La fecha exacta de su muerte es al día de hoy objeto de discusión: en algún instante maldito entre la noche del 18 de agosto y  la madrugada del 19. Algunas cosas se saben: lo fusilaron junto a dos banderilleros anarquistas y un maestro de escuela. Uno de sus asesinos, un pariente directo. Otro, Juan Luis Trescastro, en un bar de señores bien machos y después del crimen aplaudía su propia valentía jactándose de haberle pegado “dos tiros en el culo, por maricón” al poeta, maniatado y en cautiverio.

Ochenta años después de esa noche o de esa madrugada, el cuerpo de Federico García Lorca no se ha encontrado. Algunos de sus estudiosos denuncian aún hoy la inacción o la negligencia del Estado. El de Federico es un cuerpo desaparecido. Las búsquedas se han realizado en el territorio en donde se presume podría hallárselo. Federico García Lorca fue fusilado debajo de un Olivar, en algún sitio del camino que va de Viznar a Alfacar. Su cuerpo, se conjetura, fue enterrado en una fosa común cerca de una gran fuente natural.

Desde antes de encontrarse con la muerte del poeta esta fuente se llama como su destino. A Federico lo buscan todavía en los alrededores de esa fuente que figura en los mapas, que existe desde siempre. Su nombre es inequívoco: se llama fuente de las Lágrimas.

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