El Mundo

1 julio, 2021

Nicaragua: otro hierro caliente

De cara a las elecciones presidenciales de noviembre, el país sandinista quedó en el centro de la agenda internacional por la detención de dirigentes opositores. Nicaragua forma parte del conjunto de países regionales que se posicionan al otro extremo del imperialismo, del bloqueo y la injerencia yanqui, y por eso se lo emparenta a países como Venezuela o Cuba. ¿Cuál es la maniobra del gigante del Norte?

Daniela Errecarte

@DanoErrecarte

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En las últimas semanas, Nicaragua fue el centro de la escena de la política internacional ya que, en el marco de una campaña electoral en ciernes, el gobierno detuvo a dirigentes opositores entre los que incluso figuran precandidatos a presidente. Ante esta situación, la derecha alineó sus patitos para construir un nuevo modelo de “todo lo que está mal”. Sin embargo, este ensañamiento no es una novedad ni un hecho aislado, y forma parte de distintos debates que hacen a la complejidad del asunto. 

Por un lado está el camino del histórico Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) y sus actuales representantes con sus propios grises y, por el otro, el oportunismo de los aliados a Estados Unidos, que ponen el foco sobre el país en el que podría volver a triunfar la fuerza sandinista para invisibilizar las enormes crisis políticas e institucionales que suceden en la región (tales como las violaciones a los derechos humanos y los crímenes de lesa humanidad en Colombia, o la dilatación de la proclamación de Pedro Castillo en Perú).

Retrocedamos un poco. Allá por el año 1979, luego de más de 40 años de sumisión ante el gigante del Norte bajo la dictadura de los Somoza, en Nicaragua triunfó la revolución de la mano del FSLN. Una gesta que se desarrolló desde el asesinato del líder revolucionario antiimperialista Augusto César Sandino en 1934. 

Desde ese entonces, la Nicaragua sandinista mantuvo la resistencia contra la injerencia yanqui, llegando a perder las elecciones en el año 1990 ante la candidata de la Unión Nacional Opositora, Violeta Barrios de Chamorro. Respetando la voluntad democrática, el sandinismo entregó el poder a la fuerza política liberal que hizo estragos en la economía del país.

El entonces expresidente y actual mandatario Daniel Ortega quedó a cargo del FSLN, que volvió a triunfar en el año 2006 con el 38% de los votos. Luego fue reelecto en dos oportunidades: en 2011 obtuvo el 62% de los votos, y en 2016 el 72,5%. Entre medio se fueron profundizando las diferencias del sandinismo ya abiertas desde la derrota del proyecto revolucionario a través de las urnas en los 90’s. Mientras tanto, Estados Unidos perfeccionaba e insistía con políticas de desgaste al gobierno democrático nicaragüense (llegando a comandar un intento de Golpe de Estado en el año 2018). 

Durante la gestión de Ortega, Nicaragua volvió a posicionarse como uno de los países con los mejores índices de la región. Tal como lo describe Carlos Fonseca Terán, secretario de Relaciones Internacionales del FSLN, en un artículo de El Destape producido por Telma Luzzani, “es el país con el mayor nivel de acceso al ejercicio directo de la propiedad sobre los medios de producción para la clase trabajadora en el hemisferio occidental (más del 50% del PIB y cerca del 80% de las unidades económicas)”.

Con lo que respecta a la seguridad, Luzzani agrega que es “el país más seguro de Centroamérica y uno de los más seguros de América Latina, con un índice de 3.5 homicidios al año por cada 100,000 habitantes, siendo Costa Rica el más cercano con 11.2”. Otro logro destacable es cómo se redujo el analfabetismo desde el 2007 hasta la actualidad: del 35% al 3%.

Saltemos a los dilemas del presente. Daniel Ortega fue denunciado por haber detenido arbitrariamente a figuras públicas y referentes opositores (incluidos cinco precandidatos presidenciales). Además, se le acusa de no aplicar reformas electorales pertinentes a las normas internacionales. Según el mandatario, los detenidos son «criminales tratando de organizar otro golpe» lo que, conociendo el historial de Estados Unidos, no sería un hecho descabellado.

¿Quienes fueron los primeros en poner el grito en el cielo para pedir por la garantía de los derechos humanos en Nicaragua? Los países y referentes negacionistas de los daños irreparables que deja la avanzada neoliberal en nuestra región, apoyados por los medios de comunicación hegemónicos alineados a las políticas estadounidenses. 

Sin ir más lejos, el siempre polémico Luis Almagro, secretario general de la Organización de los Estados Americanos (OEA), se refirió a este tema: “Resulta absolutamente necesario el cese de las violaciones a los derechos humanos, el fin del hostigamiento, la liberación de los presos políticos y garantizar los mecanismos de verdad, justicia, reparación y no repetición”. 

Los mismos que apoyaron fehacientemente el gobierno de facto en Bolivia de Jeanine Áñez; que guardaron silencio sobre la persecución judicial y mediática a Rafael Correa en Ecuador por parte del gobierno de Lenin Moreno; que jamás se pronunciaron con respecto a la violencia policial en Chile y Colombia, o al desborde sanitario en Brasil en manos del negacionista Jair Bolsonaro, eligieron poner a Nicaragua como ojo de la tormenta. 

Sin embargo, nadie habla de Costa Rica -gobernada por Carlos Alvarado- que también atraviesa una situación muy similar, con una profunda crisis institucional que incluye denuncias de corrupción y lavado de dinero, involucrando tanto al poder político como al sistema financiero.

Sería un error reducir esta situación a una mera disputa lineal cuando la situación es verdaderamente compleja, pero lo cierto es que nadie habla de que “Argentina está en camino de ser Costa Rica”. Sí de ser Nicaragua, Venezuela o Cuba. Países desarrollados sobre la base de proyectos revolucionarios, emancipadores y antiimperialistas. Los discursos comandados por Estados Unidos nunca son inocentes o libres de intencionalidades. En el caso de que el “operativo desgaste” dé sus frutos, ¿quién tomaría entonces el poder en Nicaragua? La respuesta no les sorprenderá.

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