Salud

7 abril, 2021

La «normalidad» poco tiene que ver con la salud

Desde el año 1948, en esta fecha se conmemora la fundación de la Organización Mundial de la Salud (OMS), organismo de las Naciones Unidas. Otra vez nos toca celebrar la salud en pandemia.

Laura Fischerman

@lpescadora

COMPARTIR AHORA

Al comienzo de la jornada, una breve selección de noticias nos enfrenta con el récord de casos diarios de Covid-19 en la República Argentina, superando los 20.000, además de la suspensión de una jornada de lucha de la Federación Sindical de Profesionales de la Salud de la República Argentina (FESPROSA) como consecuencia de la situación epidemiológica y la declaración emanada de la mesa nacional de Juntos por el Cambio que rechaza cualquier medida que apunte a la restricción de actividades que formen parte de la “normalidad”.

Sobre esto último, si algo nos ha enseñado el pasado año es que la “normalidad” poco tiene que ver con la salud. En una rápida revisión se volvió evidente que la forma en la que viajamos en las ciudades es nociva y favorece que nos enfermemos. Vimos que en la “vieja normalidad” la mayor parte de las veces comemos lo que podemos, en el tiempo que el trabajo nos deja y lo que nuestros bolsillos permiten afrontar, pero que si tenemos la libertad, preferimos elegir cuidadosamente los ingredientes que compramos y aprender nuevas recetas. Caímos en la cuenta de que nos sentimos mejor pasando tiempo al aire libre y aire fresco, y que es mejor para la mente rodearnos de personas queridas que estar a solas en un ambiente sin ventanas. Pero también se reveló el hecho de que grandes sectores de nuestro pueblo no pueden optar por ninguna de estas alternativas a la “nueva normalidad” que hicieron más transitable la pandemia.

Sin embargo, con toda la conciencia que colectiva e individualmente se tomó sobre la salud y todo lo que necesitamos no específicamente para adquirirla, sino tal vez para no dejar de tenerla, lo que llamamos “sistema de salud” sigue siendo algo que puede ser asociado, desde el sentido común, con hospitales y médicos. Si bien cualquiera que haya pasado por alguna carrera de las ciencias sanitarias recita la definición de la hoy conmemorada OMS, que reza que las salud es “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente como la ausencia de afecciones o enfermedades”, su legado tiene que ver con la perpetuación de estándares muchas veces desanclados de la historia y de la cultura. Un ejemplo es que la idea de que mantenerse vivo depende exclusivamente de la cantidad de respiradores accesibles, camas de internación, o médiques por cada 100.000 habitantes. 

Por supuesto que estos son indicadores de acceso a prestaciones de atención a la salud, y la diferencia entre que estén disponibles -y lo estén en forma equitativa para toda la población- o no, determina la brecha entre vivir y no hacerlo. Desde luego que la adquisición y ampliación en estos recursos que se ha conquistado en nuestro país por voluntad política y disposición presupuestaria han evitado horrores como los que vimos en el vecino Brasil. Pero no debería dejarse de lado que esa perspectiva tecnificante de la salud es la misma responsable de que, ante el escalofriante escenario que se avecina con el crecimiento exponencial de nuevos casos de COVID-19 durante la última semana, socialmente se haya instalado la idea de que nos acerca más a un goce pleno de la vida y la salud el tener un hisopado que el permanecer físicamente distanciades de otres si estuvimos en una situación de riesgo por posible exposición al SARS-CoV-2  .

Volviendo al principio, se ha aplaudido la labor y el compromiso del personal sanitario sin reconocer que la salud de los propios trabajadores del sector está necesariamente condicionada por las adecuadas condiciones laborales, incluyendo descansos, que casi nunca se garantizan y mucho menos cuando dependen de empresarios. Se han invertido millones, contados en divisa, para disponer de las vacunas sin invertir en una capacidad de producción que no condicione nuestro acceso a las pujas financieras y geopolíticas internacionales.

Pese a lo mucho que aprendimos sobre salud en el último año, la posibilidad de acceder a ella sigue monetizada, y más que nunca. Sin embargo, como sociedad hemos ganado en salud con la conquista de derechos, como el de la Interrupción Voluntaria del Embarazo, como lo que implicaría la institución de una Justicia con perspectiva feminista, que libre a las mujeres e identidades feminizadas de tantas violencias ejercidas en todos los ámbitos. 

La ejecución de estas políticas, su perdurabilidad y su llegada a la población dependen de la disponibilidad de presupuesto, pero aún así no cotizan en dólares ni son ofrecidas por empresas multinacionales. Defender estas políticas como vía de acceso a un buen vivir, dentro de lo que entendemos integralmente como salud, tiene que ser la orientación para que algún día podamos tener más herramientas para pensar en la salud que contar camas, muertos y factores de riesgo.

Si logramos que nuestros objetivos se centren en la construcción de ambientes saludables, una utilización razonable de los recursos naturales y formas de producción que no enfermen, tal vez nos acerquemos a dejar de pensar en guardapolvos blancos los próximos 7 de abril que se nos avecinan.

Si llegaste hasta acá es porque te interesa la información rigurosa, porque valorás tener otra mirada más allá del bombardeo cotidiano de la gran mayoría de los medios. NOTAS Periodismo Popular cuenta con vos para renovarlo cada día. Defendé la otra mirada.

Aportá a Notas

¿Querés uno de nuestros libros?

Podés conseguirlo a precio promocional haciendo click en la imagen. ¡Escribinos y te contactamos para hacértelo llegar!

Conseguilos