Cultura

22 enero, 2021

El asado está de duelo

Este jueves 21 de enero se murió Juan Caschetto. Un laburante del conurbano, que hace más de 20 años se animó a abrir una parrilla que se convirtió en un lugar de culto. Sin embargo, él siguió siendo el mismo, con la misma sonrisa, el mismo delantal y el mismo objetivo: buscar que la gente que se acercara a su parrilla se fuera contenta. Murió el Tano de Avellaneda y el asado está de duelo.

Hernán Aisenberg

@Cherno07

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La nueva normalidad apesta. Cuantas necrológicas más vamos a tener que escribir en este presente tan doloroso, cuantas despedidas, cuanto llanto más tenemos que atravesar. Ya está bien. Suficiente. Todavía no terminamos de cerrar un duelo, y ya tenemos que empezar uno nuevo.

La noticia dice que ayer a la madrugada falleció Juan Caschetto luego de estar varios días internado luchando contra el maldito coronavirus. Sin embargo, probablemente su nombre no diga mucho. No estamos hablando de un jugador de fútbol, ni un artista famoso. No era un político ni una persona pública. Juan fue un tipo común del conurbano bonaerense, que en 2001, mientras el país se caía a pedazos, se animó a dar rienda suelta a un sueño transformado en un emprendimiento gastronómico familiar donde la condición principal era irse satisfecho y con una sonrisa.

Tan simple era este tipo que todo el mundo lo conocía y lo identificaba por su apodo, que era mucho menos original que su nombre de pila. A todos los descendientes de italianos los llaman de la misma manera, pero él era especial, era único, era el Tano de Avellaneda.

Ahora sí probablemente mucha gente esté empezando a reconocer de quién se trata y seguramente la mayoría ya se dio cuenta que su emprendimiento gastronómico familiar es una parrilla libre.

El salón es un típico bodegón argentino, chico, caluroso, con ladrillos a la vista y decorado con fotos de famosos que habían pasado por ahí y camisetas de fútbol firmadas de todo tipo y color. Si bien Juan y todos los Caschetto son hinchas de Independiente, ahí no había grieta, ni futbolera, ni política ni de ningún tipo que nos impidiera disfrutar. Cada tanto un cumpleaños en alguna mesa larga o un brindis por un nuevo trabajo. La visita de algún familiar que vive lejos o incluso despedidas o cierres de ciclos. Toda excusa era válida para hacer una reserva.

Una vez adentro las bandejas de ensaladas, papas fritas y provoletas te daban la bienvenida. Detrás estaba la cara sonriente del Tano que sabía que iniciaba un nuevo reto: cuánta comida tengo que traer a esta mesa hasta que me digan “no, gracias. No queremos más”. Chorizos, morcillas, mollejas y otras achuras completaban la entrada y para los más golosos una rápida segunda ronda de provoletas. 

Rápidamente una segunda ronda de vino de la casa con soda inauguraba los primeros cortes de carne: vacío, tira, entraña al verdeo y bondiolita iban desfilando de a uno sin dar tiempo a masticar. Así hasta llegar a los cortes deluxe, las joyitas de la casa. El lomo con provoleta y el matambrito tiernizado con salsa de tomate, jamón y huevo frito.

“¿Todo tranquilo? ¿Qué te traigo, gordo?”, te decía Juan con una sonrisa. O Damián, su hijo, que corría a la par de los otros mozos y mozas para que a nadie le faltara carne en su plato. Cual barman en casamiento con barra libre, todas las personas que trabajan en esa parrilla dirigida por el Sr. Caschetto se ocupaban de que nunca hubiera un comensal con plato vacío.

Después de repetir otra ronda de cada corte llegaba el costillar para el cierre, el café, el lemon champs y un postre a elección. Tres o cuatro horas después de haber entrado se iniciaba la tarea más complicada, irse. Pagar, agradecer, sacar las últimas fotos con los parrilleros y prometer el regreso pronto mientras el Tano te despedía con una sonrisa de un señor común orgulloso de lo que había logrado.

Cualquiera podría decir que esto más que un homenaje o un último adiós, en realidad es una publicidad para que vayan a probar el matambrito. Pero hay que decir dos cosas. La primera es que nadie ha pagado esta “publinota”, porque a la parrilla le alcanza y le sobra con el boca a boca. Así se difundió durante veinte años, y mal no le fue. Lo segundo es que podrán llegar hasta la parrilla, probar cada corte de carne hasta llegar al matambrito y descubrir por ustedes mismos que la nota no miente, pero que con la partida del Tano no será lo mismo.

La parrilla ha perdido su director de orquesta, su esencia, su alma. Un asador que se ponía al hombro su emprendimiento, que trabajaba a la par de cada uno y cada una de sus empleadas, que cada noche te recibía con su mejor sonrisa. Nunca una cara mala. Nunca un problema familiar, nunca una bronca con algún cliente que se pasara de vivo. No recuerdo siquiera una mala reacción. Porque no había que conocerlo tanto para darse cuenta que el Tano era uno de esos que se sentía exitoso.

Pero no hablamos de un meritócrata, de un emprendedor como los que proponía Esteban Bullrich. No hablamos de alguien que creía que las cosas se hacen de manera individual, sin ayuda de nadie. No hablamos de una persona que pensara en el éxito en forma de riqueza, fama o poder. Juan Caschetto cada noche se mostraba agradecido, generoso, compañero. Como si disfrutara que su trabajo fuera servirle a los demás, que la gente les pagara para recibir felicidad. Un tipo que cocinaba para generar alegrías y que siempre trabajaba en equipo, incluso con sus clientes.

Hace menos de dos meses les futboleres perdimos un símbolo, un estandarte una identidad del fútbol argentino, del potrero y la gambeta. Cuando lo recordamos decimos que no lo amamos por lo que hizo con su vida, sino por lo que hizo con la nuestra. Para las personas que disfrutamos el ritual de la parrilla, con Juan nos pasaba algo parecido. Por eso si aquel 25 de noviembre una parte del fútbol argentino se murió con Diego, una parte del asado argentino se murió con El Tano de Avellaneda. 

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