El Mundo

15 enero, 2021

El dilema republicano: ¿qué hacer con Trump?

El presidente saliente será el primero en la historia en enfrentar un segundo impeachment. Una condena implicaría excluirlo del sistema político y, para el partido que lo llevó al poder, el desencanto de un amplio porcentaje de sus bases.

Nicolás Zyssholtz

@likasisol

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El miércoles 13 de enero, una semana después de los incidentes en el Capitolio durante la confirmación de la elección de Joe Biden y una semana antes del final de su mandato, Donald Trump pasó definitivamente a la historia. El 45º presidente estadounidense consiguió una marca que difícilmente sea igualada en el corto plazo: es el único primer mandatario en ir a juicio político en dos ocasiones distintas.

La decisión de la Cámara de Representantes, de mayoría demócrata, formalizó la acusación de “incitación a la insurrección” contra el presidente, por su discurso del 6 de enero en el que alentó a sus seguidores a marchar al Capitolio, lo que, según los cargos, “amenazó la integridad del sistema democrático, interfirió con la transición pacífica del poder y puso en riesgo a otra rama del gobierno”. Por todo esto, dejar que Trump termine su mandato representaría “una amenaza para la seguridad nacional, la democracia y la Constitución”.

Trump va a terminar su mandato. La decisión la tomó el líder republicano del Senado, Mitch McConnell, al no convocar a sesiones antes del 19 de enero. De esta manera, el juicio político se llevará adelante pero una vez que Joe Biden se haya mudado a la Casa Blanca y sea Kamala Harris quien presida las sesiones de la Cámara Alta. Será entonces a la vez una declaración de principios y una pretensión a futuro: evitar que Trump vuelva a ocupar un cargo público.

El doble juego de McConnell, el republicano más poderoso en el Congreso, que por un lado permite y hasta alienta el impeachment pero, por otro, no está dispuesto a destituir a un presidente de su mismo partido, es un símbolo del dilema en el que se encuentra el Grand Old Party.

Por un lado, el establishment partidario, en coincidencia con los demócratas, necesita formar un “cordón sanitario” que deje por fuera del sistema político a las expresiones más violentas de la ultraderecha que se referencian en Trump; por otro, al hacerlo, el partido perdería la ascendencia sobre una amplia base de votantes que se ubica en ese lugar del espectro ideológico.

Lindsey Graham, senador republicano por Carolina del Sur, fue uno de los principales aliados legislativos de Trump antes de soltarle la mano después de los hechos del 6 de enero. Sin embargo, antes de las elecciones de 2016 se oponía fuertemente a su candidatura. En ese contexto, Trevor Noah, conductor del programa The Daily Show, dio en el clavo cuando le preguntó: “¿Si usted dice que Donald Trump no es un republicano, por qué parece que la base republicana le calza como un guante?”.

Así, el partido que será oposición al ejecutivo y minoría en ambas cámaras del Congreso se apresta para un doble juego imposible: excluir a la figura del presidente saliente, limitar a las expresiones que juegan por fuera del sistema demócratico y, al mismo tiempo, mantener a la base de apoyo del trumpismo adentro.

Cuando, durante la crisis económica de 2008-2009 y en los primeros días del gobierno de Barack Obama, emergió el movimiento del Tea Party como primera expresión de la radicalización de la derecha estadounidense, el establishment republicano intentó hacer algo similar. No salió para nada bien: candidatos jóvenes, poco preparados y de extrema derecha derrotaron en las primarias de medio término a veteranos legisladores, dando inicio a un cambio generacional que -no de manera lineal-, terminó en la presidencia de Trump.

Además, no son pocos los nombres al interior del partido con intenciones de liderar a esa base si el magnate neoyorquino quedara fuera de juego: Mike Pence, el vicepresidente saliente, hoy sindicado como traidor por su actuación durante el proceso de confirmación de Biden; Ted Cruz, el senador de Florida que lideró los intentos por bloquear la elección; Josh Hawley, el joven senador por Missouri que fue una de las caras de la violencia política del 6 de enero; y la lista sigue. ¿Es posible un trumpismo sin Trump?

Para que el futuro expresidente sea condenado y, por consecuencia, inhabilitado para ejercer cargos públicos, se necesita una mayoría especial de dos tercios en la Cámara Alta. Eso implica que 17 republicanos deberían pronunciarse a favor. En la Cámara de Representantes, apenas 10 de 211 diputados votaron por acusar. Esos números no son lineales, pero lo cierto es que hoy las cuentas no dan.

¿Qué puede ocurrir si Trump sobrevive a su segundo juicio político? ¿Qué margen hay, en el sistema político estadounidense, para que alguien lidere un movimiento sin representación institucional? Ahí reside el mayor riesgo del posible cordón sanitario: que un movimiento que no es armado pero tiene armas, de relación al menos tirante con el sistema democrático, quede definitivamente excluido.

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