Géneros

11 diciembre, 2020

Nos mueve el deseo de ser libres

La media sanción de la Interrupción Voluntaria del Embarazo es un hecho. Con 131 votos a favor y 117 en contra, el proyecto pasó a la Cámara de Senadores. Este viernes se hizo un pedacito de historia.

Crédito: Bárbara Leiva

Daniela Errecarte

@DanoErrecarte

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A la historia la escriben los pueblos. Durante la madrugada del viernes escribimos nuevas líneas con la tinta de los movimientos organizados, los encuentros sororos y la convicción del futuro que los feminismos queremos construir. El dolor profundo del abandono se convirtió, nuevamente, en un derecho conquistado en la calle, y casi contemplado por las instituciones -sólo queda un último tramo-. Las voces que se agitaron en los alrededores del Congreso bajo el sol infernal, la lluvia y el frío a través de los últimos dos años, penetraron los enormes paredones del parlamento. Hoy estamos un paso más cerca.

Las luces verdes encendidas en una pantalla poco significan en relación a lo conquistado a lo largo del tiempo, de la lucha perseverante que se dieron desde los movimientos, los debates de entremesa que marcan un denominador común: el aborto, una herencia de nuestras abuelas, y más lejos también. Hoy le demostramos a nuestros aquelarres ancestrales que estamos a la altura de las circunstancias, aunque nuestros abortos aún hoy sean iguales a los suyos. La clandestinidad no es lugar para nadie, nunca.

Con todo ese dolor cargado sobre nuestras espaldas, anduvimos este camino sinuoso que es la palabra: debatir, contar, narrar nuestras experiencias con nuestras compañeras y compañeres, y convertirlo en una llama que no se va a apagar hasta que sea ley. Como brujas y brujes danzamos alrededor del fuego, cantando e invocando a nuestros espíritus, sintiendo cada derrota y cada victoria en sus nombres. Un ritual que convocó a cientos de miles de personas en las avenidas de Buenos Aires.

Así como del otro lado de la valla discuten sin cansancio sobre los orígenes, nosotras también podemos debatir el nuestro. Pensemos en las que conocemos como las primeras batallas, aquellas mujeres que se cargaron al hombro enormes defensas territoriales como Juana Azurduy, las teóricas como Simone de Beauvoir o Alicia Moreau de Justo, las organizadas como las sufragistas, las imprescindibles como las madres y las abuelas, y tantas otras y otres que fueron borradas y borrades de las enciclopedias y libros escolares. Sus historias son nuestra identidad, la que militamos todos los días, la que construimos con valentía y perseverancia. Hoy algunas de ellas reencarnaron en parlamentarias que se vistieron de traje y participaron de uno de los debates más importantes de nuestra historia, que lograron hacerse escuchar en un escenario que desde su génesis fue habitado por hombres de saco y corbata. Conquistamos nuestros lugares, y vamos a defenderlos a puño y espada: ya no hay lugar para la ignorancia.

Cuando llegó la marea verde prometimos que jamás abandonaríamos las calles hasta que nuestra demanda sea un derecho, y así será. Entre abrazos pandémicos, nos reencontramos sobre el pavimento que ya nos conoce de memoria. Durante la madrugada del viernes ese fue nuestro hogar, al que habitamos con alegría y convicción.

Nuestras maternidades van a ser deseadas o no serán. Transitamos nuestros proyectos de vida desde el goce, bajo la convicción de que ninguna institución podrá decidir sobre nuestros cuerpos. Cuerpos que este viernes se sumergieron en la ternura que genera sentirse parte de un colectivo y el hermanarse entre desconocides, pero también la furia de saber que el Estado está en deuda con nosotres. 

Pero tranquiles, que esto no termina acá. Nos queda suficiente energía como para discutir todo lo que sea necesario, y dormir en las calles entre gritos y glitter. No nos vamos a ir con las manos vacías. Dentro de algunas semanas, cuando este debate vuelva al Congreso pero con un público diferente, les senadores nos van a encontrar allí, insistentes y con furia, con la sed que genera saber que cada día falta menos. 

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