Géneros

1 julio, 2020

Stonewall: ¿y en Argentina, qué? (II)

A 51 años de las revueltas de Stonewall, se festeja otro Día del Orgullo LGBTINB+ mundialmente. Pero la represión policial y la lucha social no sucedían sólo en Estados Unidos: en Argentina se venían años muy duros y la resistencia se volvió urgente. En esta edición, hacemos un recorrido de los años 90’ hasta la actualidad.

El último domingo se cumplieron 51 años de las revueltas de Stonewall. Desde aquel día se conmemora el Día Mundial del Orgullo. En ese marco, la necesidad de transmitir las memorias de cada país en particular es fundamental.

En la Argentina de esos años la comunidad LGBTINB+ se organizaba poco a poco, pero la dictadura puso fin a todo proceso colectivo. Con la democracia, la esperanza de un mundo mejor impactó con la persecución que todavía se perpetuaba a diario; y al llegar los 90’ un actor fundamental irrumpió la escena, marcando necesidades urgentes. Así la primera marcha del Orgullo en Buenos Aires se hizo carne en el 92’. 

Libertad, igualdad, diversidad

El 2 de Julio de 1992 las calles de Buenos Aires sintieron el retumbar de un fenómeno que venía gestándose a nivel mundial. Individualidades o pequeños grupos sabían que era necesario alzar la voz, agruparse, hacerse visibles, resistir para existir y salieron a la calle. Las consignas tenían el objetivo de instalar en la sociedad debates que abrieran la posibilidad de dar una batalla jurídica e institucional, con el fin de llegar a mayores niveles de igualdad con el resto de la población. En criollo: igualdad de derechos. 

“Libertad, igualdad, diversidad” fueron las reivindicaciones que levantaron en las banderas de lo que fue la primera marcha del orgullo en la Argentina, convocada por las organizaciones Convocatoria Lesbiana, Cuadernos de Existencia Lesbiana, Transdevi, GaysDC, la CHA, Grupo Isis, SIGLA y la Iglesia de la Comunidad Metropolitana.

“Mi primera marcha fue en el 96, éramos poca gente, yo no sé si llegabamos a los mil o dos mil aunque soy un poco mala con las cuentas. Todavía en esos años, mucha con máscaras, había mucho prejuicio y acciones de muchas violencias físicas, materiales, económicas, simbólicas”, relató María Luisa Peralta, activista lesbiana dentro del movimiento LGBT, en diálogo con Notas.

“Mucha gente corrió el riesgo de que la echaran del trabajo, que la echaran de la casa donde vivía, o que sus familias les dejaran de hablar, o que les hostigaran en la facultad, por eso es que tanta gente iba con máscara. Igual, las marchas siempre fueron como un lugar de mucha liberación, incluso si ibas así”, agregó.

Ser lesbiana, gay, travesti, trans en lo 90 era sinónimo de prejuicio por todos lados: mucha invisibilidad en las familias de origen, falta de reconocimiento legal y social, vínculos en secreto, persecuciones policiales. Los derechos básicos y humanos vulnerados una y otra vez.

Quienes sí, quienes no

“Los edictos también caían sobre gays y lesbianas, no salíamos a la calle besándonos, abrazados, salíamos de un bar y si veías a un patrullero a tres cuadras, todos nos soltabamos porque sabíamos que nos podían detener”, recordó Maria Luisa. 

La vuelta a la democracia en América Latina, como decíamos, no supuso de inmediato el desmantelamiento de los aparatos represivos de las dictaduras respecto a ciertos colectivos sociales. El avance del neoconservadurismo convalidó el olvido, perdón o indulto a los genocidas y la globalización impuso feroces políticas de ajuste. Las técnicas policiales represivas estaban apoyadas en los edictos (para este entonces aún tenían vigencia) que prohibía la vestimenta del sexo opuesto, por ejemplo, y fueron excusa para actos de represión, tortura y detención, sobre todo de la comunidad travesti y transexual.

Lohana Berkins, activista trans, marca esta época como “el comienzo del travestismo organizado”. En 1993 se fundó la Asociación de Travestis Argentinas, luego renombrada Asociación de Travestis Argentinas, Transexuales y Transgéneros y en 1994 surgió la Asociación de Lucha por la Identidad Travesti y Transexual.

En este contexto la construcción del movimiento LGTBINB+ en Argentina, tal como lo conocemos y vivimos ahora, fue bisagra. No porque no hubiera grupos antes, sino porque fue un momento de hacer un esfuerzo sostenido desde varias organizaciones por articular de manera permanente, ya que que la mercantilización acelerada no sólo fue en la manera de producir capitalismo, sino, en la manera de producir cuerpos que pudieran pertenecer. Cuerpos que pudieran ser (re)productivos ante el cánon de la década: hegemonía, individualismo y meritocracia.

Los derechos civiles y los derechos humanos

“Nosotros en los 90 prácticamente no teníamos aliados a nivel local. Nadie quería sacarse una foto con un cartel lgtb así como hoy todo el mundo se saca la foto con nosotros y queda re lindo tener un ministerio de diversidad, en esos años éramos una plaga contaminante y lo digo literal porque estábamos lidiando con el pico de VIH Sida con muy poca medicación. Apelar al discurso de derechos humanos nos permitía entrar por arriba a cierta falta de legislación local y alianzas locales”, contó María Luisa.

Con la instalación de nuevas concepciones filosóficas con la crítica al biologicismo y la apuesta a los postulados construccionistas del género, nuevas alianzas fueron posibles. Se transformaron por completo las prácticas sociales, y con ello, los modos de militancia por la liberación de género y sexual. Si bien predominaba una mirada separatista y binaria de hombres/mujeres y nada más, la alianza entre algunas lesbianas y travestis hizo posible una tangente en el movimiento feminista, que permitió profundizar problemáticas estructurales y tejió el comienzo de la red interseccional por la que tanto se lucha hoy. 

Con respecto a esto, Maria Luisa graficó: “La alianza con las travestis nos sirvió para escuchar las historias de las otras, ver los puntos en común, cómo la misoginia y el machismo les afectaba a ellas y a nosotras. Tomamos conocimiento de la situación muy dramática en la que estaban con los edictos policiales y nos parecía que tenían que ser necesariamente un tema principal de agenda”. 

Además, destacó: “No habían pasado tantos años desde la dictadura y esto era una situación fuertemente irregular: tener la legislación de edictos policiales que daba arbitrariedad a la policía no podía sostenerse en un régimen democrático”.

Fueron años muy difíciles, las políticas neoliberales hacían pie en la construcción de un modelo social y económico individualista, “necesario” para el funcionamiento del mercado y contrapuesto a cualquier tipo de acción comunitaria. Estas políticas, acompañadas de los medios de comunicación hicieron mella en el sentido común, al punto de afectar en el  desarrollo de las alianzas que se venían construyendo. 

“Una cosa que vimos sobre finales de los 90 es que mucha más gente se posicionaba en un lugar de consumidores de servicios. Luego todo un sector del movimiento nos involucramos fuertemente en el proceso entorno al 2000-2001, el movimiento piquetero, las asambleas barriales, del 98 al 2004/5 que para mí es un momento clave de construcción de alianzas para lo que vino después”, explicó Maria Luisa.

Con la llegada del Kirchnerismo, la activista sostuvo que existe una mirada que supone a ese momento como de gran apertura hacia los temas del movimiento LGBT. “Me importa mucho decir que no sale de la nada eso, me importa mucho decir que es un gobierno que le dió lugar a las demandas de un movimiento que ya estaba muy articulado, con muchas organizaciones, con muchos años de experiencia y que además, habíamos hecho un trabajo muy grande de construcción de alianzas sociales y de validación del movimiento LGBT como actor social en los años previos sentamos las bases de alianzas sociales para todo lo que vino después”, destacó.

Es evidente que hoy la realidad es diferente, por lo menos en términos de derechos y visibilidad, pero el día a día sigue siendo muy difícil para la comunidad LGBTINB+. Para la cual la democracia no fue sinónimo de comida, salud y educación; y los 90 fueron absolutamente defraudantes. 

El derecho al matrimonio igualitario, a la identidad de género, el cupo laboral travesti trans en Buenos Aires fueron producto de la constante resistencia del colectivo desde hace más de 50 años. Esta semana se recuerda el día en que algunes dijeron “no se aguanta más” y lanzaron la primer piedra. Desde aquel momento, el orgullo siempre estará presente.

Por Barbi Goldschtein Casariego, Agos Concilio y Agustina Lanzillotta. Integrantes de BARDO – Colectivo Contracultural.

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