Batalla de Ideas

1 julio, 2020

Nuestra América bajo el coronashock: Entre la crisis sanitaria y social y las disputas por las salidas

La pandemia potenció procesos en la región, tanto en el plano de la crisis económica y social como en relación con las reformas neoliberales, su forma autoritaria y la ofensiva del imperialismo estadounidense. Los últimos meses han confirmado estas tendencias con algunas particularidades que analizaremos en esta nota.

José Seoane, Fernando Vicente Prieto y Laura Capote

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El arribo del Covid-19 a Nuestra América a partir de fines de febrero pasado potenció —por momentos de forma dramática— una serie de procesos que ya venían desplegándose en la región con anterioridad, tanto en el plano de la crisis económica y social como en relación con las reformas neoliberales, su forma autoritaria y la ofensiva del imperialismo estadounidense. Examinamos ello en nuestras contribuciones en Notas de mayo: Nuestra América bajo el coronavirus y EE.UU. y la (ya vieja) excusa de la “guerra contra las drogas”.

Los últimos meses han confirmado estas tendencias. Pero lo sucedido en este lapso presenta también una serie de particularidades. Por una parte, la circulación local del virus implicó tanto la afectación de los sectores populares como la emergencia de una crisis sanitaria que en muchos países tiene rasgos de catástrofe. Así, la crítica situación vivida ya desde abril en Guayaquil (Ecuador) se expandió regionalmente. Por otra parte, con la profundización de la recesión económica se intensificaron las disputas sociales sobre la distribución de los costos que acarrea la pandemia. En particular, entre las expresiones más conservadoras de los poderes económicos y los movimientos populares, que impulsaron acciones frente al hambre y en reclamo de una salida popular a la crisis.

Sobre todo ello presentamos a continuación algunos señalamientos, pero una reflexión más amplia se puede consultar en nuestro último informe del OBSAL (Observatorio de la coyuntura de América Latina y el Caribe), de la oficina Buenos Aires del Instituto Tricontinental de Investigación Social.

De la crisis social a la catástrofe sanitaria

De una caída del PBI regional del 5,3% para 2020 planteada por la CEPAL en abril, a las previsiones de un derrumbe del 9,4% difundidas por el FMI a fines de junio, la profundidad del crack económico no deja de acentuarse a medida que avanza el año. Simultáneamente, los últimos meses han mostrado la creciente gravedad que asume la situación sanitaria, transformada ahora en catástrofe en muchos de los países de la región.

Ejemplo de ello es lo que sucede en Brasil, Chile, Perú, Panamá, República Dominicana, Ecuador y Bolivia, que se destacan a nivel regional porque el número de contagios superó a fines de junio —en algunos casos por varias veces– los 2000 casos por millón de habitantes. Sistemas de salud colapsados, cementerios de emergencia, filas de tumbas precarias son imágenes cada vez más repetidas en estos países. La foto del millar de cruces clavadas en Brasilia, en el marco de las jornadas nacionales y globales “Stop Bolsonaro”, denuncia esta situación en un país que ya casi supera los 60 000 fallecidos y ocupa el segundo lugar a nivel mundial en contagiados y muertos.

La dimensión de esta tragedia es ciertamente mayor a la que reconocen las cifras oficiales cuestionadas por numerosas y fundadas denuncias de manipulación gubernamental. Por esas manipulaciones, en junio tuvo que renunciar el Ministro de Salud de Chile y la justicia brasileña interpeló al gobierno de Bolsonaro, entre otros escándalos. La extensión del virus en las barriadas populares de los cordones urbanos de Lima, San Pablo o Buenos Aires, su diseminación en las cárceles y la afectación de los pueblos originarios — particularmente, de aquellos que pueblan la Amazonía— son realidades dolorosas que marcan cuánto golpea la pandemia a los sujetos subalternos.

La profundidad de esta crisis ha desnudado el grado de desmantelamiento y privatización de la salud pública, así como la precarización laboral y de las condiciones de vida que sufren los sectores populares, resultantes de décadas de neoliberalismo y agravadas particularmente bajo la ofensiva neoliberal desplegada en los últimos años. Asimismo, ha demostrado el fracaso de los gobiernos neoliberales y de sus políticas negacionistas y promercado para controlar y morigerar los efectos de la pandemia y sus consecuencias sociales y económicas. Solo allí donde se respetaron las recomendaciones de la OMS y se dispusieron el aislamiento social obligatorio y las políticas de salud necesarias, la situación resulta menos difícil. Solo allí donde la cuarentena fue acompañada por políticas sociales y económicas compensatorias y por la movilización de las organizaciones populares se pudo conjurar —en parte— su impacto sobre la vida de los sectores populares. En la articulación de ambas son ejemplos regionales Argentina, Cuba y Venezuela.

Los movimientos populares y las disputas por las salidas

El bloqueo a los procesos de construcción colectiva que impuso la pandemia y las formas iniciales que asumió la protesta con cacerolazos y “panelazos” dio paso en los últimos meses a la reaparición de las manifestaciones callejeras —a veces con mascarillas y distanciamiento social— e incluso a huelgas y bloqueos de calles y carreteras. Así, frente a la “pandemia del hambre”, una larga serie de acciones atraviesan la región, desde las banderas blancas colgadas en Guatemala y El Salvador, los cortes de calle en Panamá, hasta las protestas en las barriadas populares de Santiago de Chile, Bogotá, El Alto y otros tantos conglomerados urbanos. En contrapartida, esta emergencia alimentaria ha motivado una heroica labor de las organizaciones populares, muchas veces en situaciones muy difíciles, con ollas y comedores, contribuyendo a la organización comunitaria y demandando a los gobiernos soluciones efectivas. La tarea de las organizaciones de la economía popular en Argentina y la entrega de más de 1200 toneladas de alimentos por el Movimiento Sin Tierra y otras organizaciones en Brasil son ejemplos de ello.

También los trabajadores y sus organizaciones han reaccionado frente al crecimiento de los despidos, la reducción de salarios, la precarización laboral o la “uberización” (la digitalización laboral), por ejemplo con los conflictos de los trabajadores de la salud o los paros de los trabajadores de delivery a nivel regional. Asimismo, el movimiento de mujeres se ha pronunciado y movilizado frente a la acentuación de la doble explotación y la violencia hacia las mujeres —con su creciente secuela de femicidios— y hacia las disidencias y diversidades de sexo-género.

Esta multiplicación de las protestas y acciones de los sectores subalternos también han tomado una dimensión política nacional, por ejemplo en el rechazo al paquetazo neoliberal en Ecuador, en la exigencia de elecciones en Bolivia y en la demanda de “Fora Bolsonaro” en Brasil. Asimismo, los movimientos populares y las articulaciones regionales y globales han postulado, bajo la bandera de que la vida vale más que el capital, propuestas para construir un camino de salida a la crisis que modifique también sus verdaderas causas.

En contraposición, los poderes económicos y sus expresiones políticas e institucionales —particularmente la fracción más conservadora del bloque de poder— han intensificado sus acciones en pos de salvaguardar sus ganancias e impedir o morigerar toda iniciativa que pueda restringir la libertad del capital para imponerse sobre la sociedad toda. En esta dirección, seis expresidentes de la región, entre otros “notables”, suscribieron en abril la declaración “Que la pandemia no sea un pretexto para el autoritarismo”, denunciando la amenaza a la libertad que supone el intervencionismo estatal sea de la mano del populismo o del socialismo. Y a fines de junio, una declaración similar que expresaba la preocupación sobre “el futuro de la democracia liberal” fue impulsada junto a otros actores de mayor relevancia global contando con la firma de legendarias figuras de la derecha más cruda, como por ejemplo Madeleine Albright, Marco Rubio o Francis Fukuyama. Repitiendo la receta neoliberal de Hayek y Friedman, se trata de identificar la libertad con el libre mercado cuestionando incluso a los gobiernos democráticos que pretendan regularlo. Una política que ha tomado incluso la forma de interpelación social, movilización y acciones callejeras.

Entre los firmantes de ambas declaraciones se encuentran el expresidente Mauricio Macri y quien fuera su ministra de Seguridad, Patricia Bullrich. Resulta llamativo que ambos suscriban una declaración que plantea la necesidad de “proteger las libertades individuales de la intrusión y las restricciones impuestas por el Estado”, mientras la escena política argentina se sacude con el escándalo del espionaje ilegal que —de acuerdo a numerosas revelaciones— fue moneda corriente durante su gestión al frente del Estado.

En la región, la mayor condensación de las contradicciones en este período se da en Brasil, manifestada incluso como conflicto político institucional entre el Poder Ejecutivo, por una parte, y algunos gobernadores, el parlamento y el Poder Judicial por la otra. La confrontación entre la alianza del ala fascista de Bolsonaro con los militares, los sectores dominantes liberales y el campo popular y democrático viene desplegándose y agudizándose hoy con los avances de la causa judicial que amenaza al clan presidencial. Ante esta situación, las organizaciones políticas y los movimientos populares han planteado una “Plataforma de Emergencia” en defensa de la vida, la salud, los ingresos y el empleo y una “Política de Solidaridad” en las principales periferias de Brasil.

El uso neoliberal de la crisis: ajuste, autoritarismo e intervención imperialista

Las crisis agudizadas por el coronashock también están siendo aprovechadas para profundizar la ofensiva neoliberal e imperial promovida en la región desde el 2015. Ello no es una novedad. Hemos señalado en otras oportunidades cómo el neoliberalismo, cuyo despliegue supone la precarización y destrucción de las condiciones de vida de amplias mayorías sociales, ha hecho de las crisis que él mismo provoca una oportunidad para profundizar sus transformaciones.

En esta dirección, la pandemia ha facilitado el reforzamiento del carácter autoritario y antidemocrático de los gobiernos neoliberales. Ejemplo de ello es lo sucedido en Centroamérica, donde la ausencia de políticas sociales y sanitarias se acompañó con toques de queda y estados de excepción; en Colombia, con el incremento de los asesinatos de líderes y lideresas sociales y ex guerrilleros; en Chile, con la continuada represión de la protesta y la postergación del plebiscito; y en Ecuador, donde el uso del lawfare prosigue hoy con los intentos de proscribir no solo a Rafael Correa sino también a todo su agrupamiento político. Pero tal vez el ejemplo más dramático resulta la situación en Bolivia, donde en medio de escándalos de corrupción y cuestionamientos sociales, el gobierno de facto de Añez penaliza a periodistas y medios críticos, reprime y persigue a las organizaciones populares y refuerza la acción de los militares incluso intentando conjurar las elecciones previstas para septiembre.

Simultáneamente, muchos de estos gobiernos neoliberales impulsan las mismas reformas socioeconómicas que formaban parte de ese recetario propuesto antes del Covid-19. Días atrás, el Senado en Brasil aprobó la privatización de las empresas públicas de agua y saneamiento. En igual dirección, el gobierno paraguayo avanza con el proyecto de “Reforma Estructural del Estado” que promueve el ajuste del sector público y las privatizaciones. En Colombia, la “Ley de Emergencia Económica” otorgó superpoderes para avanzar en las reformas laboral y previsional. En Bolivia, la dictadura gesta un nuevo ciclo de endeudamiento externo y aprueba la agricultura transgénica. Pero tal vez el mayor ejemplo resulta el paquetazo impuesto en junio en Ecuador. Con la aprobación de dos leyes —llamadas “de Ordenamiento de las Finanzas Públicas” y “de Ayuda Humanitaria”—, el gobierno de Lenin Moreno avanza no solo con el cierre y privatización de empresas y oficinas públicas sino también con la baja salarial y la precarización laboral.

También el gobierno de Trump intentó aprovechar los efectos de la pandemia para llevar adelante sus planes de derrocamiento del gobierno bolivariano y de asfixia de la revolución cubana. Pero el endurecimiento del bloqueo económico y los intentos de acciones paramilitares en Venezuela naufragaron con la detención de los mercenarios y la llegada de los buques petroleros iraníes. Y la presión sobre Cuba no pudo doblegar su compromiso internacionalista con las brigadas médicas recorriendo solidariamente el mundo, un ejemplo agigantado frente a la agresión estadounidense y su ataque a la OMS. La crisis en los EE. UU. ha puesto en jaque la reelección de Trump en la contienda de noviembre y no es claro que un intento de reforzar su intervención imperial pueda cambiar el resultado. Su derrota tendría una indudable significación política, pero es cierto también que la política imperial no depende de un gobierno y que la transición de la hegemonía global de Occidente a Oriente —que parece acelerar la pandemia— aumenta la importancia que tiene para sus élites el control de lo que consideran históricamente como su patio trasero.

En perspectiva

En Nuestra América, la expansión del coronavirus ha dinamizado un espiral de crisis y contradicciones, un verdadero huracán social que, por un lado, profundiza las desigualdades y, por otro lado, pone en tensión la estructura social de una normalidad capitalista alterada drásticamente. El futuro de nuestros pueblos se entreteje en este presente de conflictos y luchas, entre la afirmación catastrófica del imperio neoliberal y la construcción vital de alternativas.

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