Batalla de Ideas

5 junio, 2020

Las vidas negras importan: el racismo autóctono a partir del asesinato de George Floyd

Estas líneas están movidas por la intención de contribuir a la lucha contra el racismo tomando los episodios de Minneapolis como un espejo de nuestra propia realidad. Para afirmar, desde nuestra tierra, que todas las vidas importan, es necesario preguntarnos por el racismo en Argentina.

Fernando Toyos

@fertoyos

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      “En Sudamérica todos somos descendientes de europeos”
Mauricio Macri

Como la chispa que enciende un motor a explosión, el asesinato de George Floyd a manos de la policía de la ciudad de Minneapolis catalizó una indignación que se volcó a las calles de manera rápida y masiva. Resonando por todas partes, la consigna “Black lives matter” (las vidas negras importan) revive el eco de los asesinatos de jóvenes afroestadounidenses como Michael Brown y Eric Garner, que coincidieron con la fundación del movimiento que lleva por nombre la consigna citada.

Una vez más queda de manifiesto el carácter estructural del racismo en los Estados Unidos, país en el que la esclavitud sobrevivió hasta la segunda mitad del siglo XIX hasta su abolición guerra mediante. La población afroestadounidense, que protagonizó importantes luchas por la conquista de sus derechos a lo largo de los años, sigue padeciendo una desigualdad profunda y multidimensional. La población afroestadounidense percibe, en promedio, un ingreso casi 10 veces menor, tiene el doble de probabilidades de vivir en la pobreza, es seis veces más probable de ser encarcelada y posee más que el doble de riesgo de ser asesinada por la policía que la población blanca.

Sin embargo, estas líneas están movidas por la intención de contribuir a la lucha contra el racismo de la manera que –considero– mejor nos cabe a quienes vivimos en la Argentina: tomar los episodios de Minneapolis como un espejo de nuestra propia realidad. Por supuesto, se trata de un ejercicio mucho más incómodo, menos gratificante para con nosotres mismes, y más demandante que simplemente postear “Black Lives Matter” en nuestras redes sociales. Para afirmar, desde nuestra tierra, que todas las vidas importan, es necesario preguntarnos por el racismo en Argentina.

En este sentido, nuestra hipótesis es que, mientras el racismo en los Estados Unidos adquiere formas muy explícitas –reforzadas por la distancia desde la que miramos–, en Argentina el racismo es de un carácter mucho más sutil, entreverado de una forma muy particular con la clase social y la oposición secular que enfrentó y enfrenta a Buenos Aires con el resto de la nación.

Contrario a la idea que describe a nuestro país como un “crisol de razas”, en el que el mestizaje eliminó o suavizó las identidades étnicas preexistentes, el historiador Enrique Garguin señala: “Ya sea por la mezcla de razas o por absorción de una “sustancia” nacional-criolla, la búsqueda de definición nacional de la primera mitad del siglo XX partía del hecho –que se presentaba como evidente– de que la base étnica de la población era europea”.

La resistencia de esta narrativa al paso del tiempo se demuestra cada vez que escuchamos decir que “los argentinos descendemos de los barcos”, expresión en la que se entrelazan origen europeo e identidad nacional. Como lo demuestra la brutal violencia policial contra el pueblo qom, esta imagen se monta sobre la invisibilización de los pueblos originarios, ubicados en el lugar de un otro que es preciso vigilar. El sociólogo e investigador del CONICET Pablo Dalle, en su Movilidad social desde las clases populares, utiliza una metodología cuantitativa para señalar los efectos que el origen étnico tiene en las probabilidades de ascenso social, concluyendo que “la población de ascendencia europea compone mayormente las clases medias y la población mestiza, de origen criollo e inmigrantes limítrofes conforman principalmente las clases populares”. “Esta característica es algo más marcada en el principal conglomerado urbano del país, epicentro, junto con la región pampeana, del aluvión inmigratorio europeo”, agrega.

Esta Argentina imaginariamente blanca y europea –concentrada en la Ciudad de Buenos Aires- se enfrentará, durante los dos primeros gobiernos peronistas, a la constatación traumática de aquelotro país”que, desde las provincias del interior fue poblando los barrios del conurbano bonaerense, para marchar hacia la ciudad blanca y europea en aquel día de octubre.

En este elemento irreverente y subversivo de las masas obreras y plebeyas radica el “carácter herético” que el historiador Daniel James le adjudica al peronismo, aquel “subsuelo de la patria sublevado” –como diría Scalabrini Ortiz- que profanó la ciudad blanca y europea con sus patas en la fuente.

Como en la Casa Tomada de Julio Cortázar, los sectores medios y altos de la urbe vivieron este proceso como una invasión de lo que, hasta entonces, había sido sucasa. Sin pretender reducirla a este elemento, el antagonismo -en el que clase y raza aparecen entreveradas- es fundamental para comprender la reacción antiperonista que comenzó a gestarse, alimentando el golpe de Estado de 1955.

Luego vendría el duelode aquella Argentina blanca-europea que ya no podría volver a ser, esa imagen que una parte de la nación tenía respecto de la nación toda, que había sido herida de muerte por la irrupción del “cabecita negra”. Allí, siguiendo a Garguin, sería la identidad de “clase media”la encargada de suturar esta ruptura, reteniendo “buena parte de lo que antaño se había pensado para la nación toda”.

Más cerca de nuestro tiempo, el empobrecimiento general de buena parte de la población -fruto de las políticas neoliberales– agudizaron los sentidos conservadores que apuntan a los migrantes latinoamericanos como quienes “vienen a robarnos nuestros trabajos”, estigmatizando también a los “negros villeros” que, sistemáticamente, son arrojados a los márgenes de nuestra sociedad.

¿Serán las protestas en EE.UU. una suerte de 17 de octubre yanqui, con la potencia de darle a la población afroestadounidense los derechos que continúan siendo negados? Una población que, siendo el 13% del total, representa el 24% de los más de 100.000 estadounidenses que fallecieron a causa de la Covid-19, pero que también padecen de la pandemia mucho más selectiva del asesinato policial.

Acaso la mejor forma de decir que las vidas negras importan, desde nuestras latitudes, consista en tomar la justa indignación que nos despierta violencia racista en EE.UU., y dirigirla hacia nuestras formas autóctonas de racismo. Entender, además, el carácter interseccional que entrelaza a la opresión de raza con las de clase, identidad sexo-genérica, y tantas otras que se expresaron y expresan en el gatillo fácil, pero también en los femicidios y travesticidios. Solo así podremos ser coherentes cuando decimos “Black Lives Matter”.

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