Batalla de Ideas

17 mayo, 2020

Hace un año, un video en redes sociales cimentaba la derrota del macrismo

Aquella mañana reinaba el desconcierto, pero varios periodistas consagrados se apuraron en vaticinar un fracaso peronista. Desde “títere” hasta “Cámpora”, los analistas se burlaban de una jugada que, con los meses, se demostraría exitosa.

Federico Dalponte

@fdalponte

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La vieja política, la tradicional, también tiene estas cosas. Las encuestas, seguramente, hubiesen recomendado no postular a Alberto Fernández. Por gris, por llano, por ambiguo, por infiel. Cerrar filas detrás suyo era el camino a una derrota segura. Significaría perder votos, debilitar la oferta, desdibujarse. Una suma de reflexiones típicas de encuestador ecuatoriano de apellido compuesto.

“¿Cuánto van a tardar –se preguntaba entonces Luis Majul– en agarrarse de los pelos y en pleno ejercicio del poder?”. Y citaba sin pudor a Jaime Durán Barba: “El consultor vaticinó que tardarían tres meses en chocar, y que uno se quedaría en la Rosada y el otro terminaría en prisión”.

Pero no fue el único. Ricardo Kirschbaum, editor de Clarín, también hablaba de meses para sembrar temor: “Una mirada superficial recuerda aquello de ‘Cámpora al gobierno, Perón al poder’, ficción que duró poco menos de dos meses y que terminó con un golpe de palacio”.

Se trataba, sin dudas, de una mirada superficial. Como la de muchos, como la de casi todos. Eran días convulsionados y complejos, es cierto. Pero la reacción de los principales columnistas políticos del país, entre ingenua y machista, no admitía mayores excusas. Fueron días de obcecaciones publicadas, de una incapacidad severa de ver más allá de lo que sucedía entre sus propios lectores y votantes.

“¿Le conviene a la administración de Macri que sea Alberto y no Cristina el principal competidor? Sin duda que sí”, escribía el mismo día del anuncio Joaquín Morales Solá en La Nación. Un razonamiento en sintonía con las primeras reacciones de la mesa chica de Cambiemos: “En el gobierno dicen que Cristina Kirchner les hizo un regalo”, narraba Santiago Fioriti para Clarín. “Macri recibió la noticia con sorpresa y cree que ahora Cristina perderá votos”, titulaba su crónica Nicolás Wiñazki.

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En 2015, Cristina Kirchner se decidió por las encuestas. La imagen positiva de Daniel Scioli lo hacía más competitivo que cualquiera: 50% según Poliarquía, 62% según Isonomía, 54% según Mora y Araujo.

En 2019, lo contrario. Alberto Fernández ni siquiera estaba en el radar de las encuestas. El ex jefe de gabinete no hacía pie ni en Ciudad de Buenos Aires, donde reiteradamente fallaba en sus intentos de erigirse como candidato a legislador nacional.

Desde allí, desde esa premisa verdadera, tantos y tantas concluyeron que Fernández apenas serviría de máscara electoral. Suponían que el candidato a presidente habría aceptado sin opción, por simple imposición, y que su destino no sería encabezar, sino escoltar, secundar.

“No parece Alberto Fernández –escribía aquella semana Eduardo van der Kooy, editor de Clarín– un hombre predispuesto a colocarse a la cabeza de las exigencias políticas y sobreactuaciones que demanda una campaña electoral”.

Dos meses más tarde, en plena campaña, se sorprendía: “Llama la atención un aspecto. La escasa participación de la ex presidenta. La dueña indiscutida del capital político y electoral. Hasta ahora compartió un solo acto con Alberto”.

Lo que llamaba la atención, en realidad, eran esos análisis. La pretensión de convencerse –y convencer a otros– de que Alberto Fernández no era un candidato a presidente, sino un testaferro. De allí la construcción paciente del epíteto famoso.

“El efecto ‘títere’”, titulaba por entonces el diario Clarín, un día después del anuncio. Una idea que sería abonada, regada y reiterada por varios y varias más, en consonancia con la estrategia electoral de Juntos por el Cambio: mantener la polarización con la expresidenta a cualquier precio, incluso con ella fuera de competencia.

Dos días después del anuncio, por ejemplo, Jonatan Viale se preguntaba en su editorial en Radio La Red: “¿Volvemos a los tiempos del títere, de la marioneta, del monigote?”.

Y como si faltaran adjetivos, una semana más tarde se sumaba también Jorge Lanata. La octava temporada de su programa dominical empezó, literalmente, con un sketch sobre Cristina Kirchner como titiritera de Alberto Fernández. Una pérdida absoluta de la elegancia, pero ciertamente útil en términos simbólicos.

“Ver a la imitadora de Cristina manejando los hilos del títere Alberto Fernández fue de alto impacto. Esa imagen vale más que mil palabras”, celebraba, al día siguiente, Alfredo Leuco desde Radio Mitre.

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Pasó un año desde entonces. Y entre tanto, proliferaron hipótesis diversas: que la confusión del electorado entre Alberto y Aníbal Fernández le haría perder votos, que existía un pacto escrito para cederle el cargo a Cristina Kirchner en caso de ganar, que cierto miedo al pasado le ganaría al miedo por cierto presente, que el profesionalismo publicitario del PRO se impondría finalmente, y tantas más.

Pero no pasó nada de eso. Alberto Fernández afianzó su perfil, diseñó una campaña electoral a su imagen y semejanza, ganó la presidencia en primera vuelta y conquistó el centro de la escena pública con autoridad. Lo que hacen, en definitiva, todos los candidatos a presidente en esta parte del mundo.

Lo que tantas y tantos describieron como imposible aquellos primeros días terminó siendo, en verdad, lo que resultaba más probable. Y sucedió, al final de cuentas, lo que sucede siempre en la política: el que gobernó pésimo y hundió a millones en la pobreza suele perder si se le opone un frente político amplio, anclado en la territorialidad y con un candidato asertivo.

Fuera de eso, el resto, si existe, describe más los anhelos de cada periodista que la propia realidad. Lo cual, a menudo, debería hacernos pensar quiénes son los que construyen el –llamémosle– análisis político en este país y con qué vara ponderan, desprestigian, estigmatizan, valoran, enaltecen y condenan.

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