Batalla de Ideas

8 mayo, 2020

¿Por quién marchan los barbijos?

Mientras un coro irresponsable de periodistas y dirigentes de derecha se esmera en sobreactuar una preocupación recién descubierta respecto de los índices de pobreza e indigencia, los “jóvenes libertarios” convocaron el jueves una movilización que no ocurrió y ciertos economistas mediáticos declararon que darán la cuarentena por terminada el próximo lunes.

Fernando Toyos

@fertoyos

COMPARTIR AHORA

En vísperas del día número 50 de cuarentena, las presiones del sector empresario, más preocupado por proteger sus ganancias que por cuidar de la vida, se intensifican. En los distintos medios de comunicación hegemónicos, se esbozan argumentos que – detrás de una presunta heterogeneidad – apuntan hacia una misma conclusión: el Gobierno nacional debe levantar o, al menos, flexibilizar considerablemente el aislamiento social preventivo y obligatorio.

Mientras este coro irresponsable se esmera en sobreactuar una preocupación recién descubierta respecto de los índices de pobreza e indigencia, los “jóvenes libertarios” convocaron para el día de ayer una movilización que no ocurrió, y ciertos economistas mediáticos declaran que darán la cuarentena por terminada el próximo lunes. ¿Qué ideas sostienen a estos personajes, mortalmente ofendidos en su “libertad individual” por unas medidas que buscan cuidar la salud pública?

Cuando se habla, genéricamente, del liberalismo, se puede estar refiriendo al liberalismo económico, cuyos referentes más importantes son los ingleses Adam Smith y David Ricardo, o al liberalismo político, cuya fuente filosófica es el contractualismo, cuyos exponentes más célebres son los ingleses Thomas Hobbes y John Locke, y el francés Jean-Jacques Rousseau.

La idea de que la sociedad emerge de un contrato celebrado entre personas que, previamente, existían como individuos libres en un “estado de naturaleza”, tiene profundas consecuencias a la hora de moldear la imagen de lo que una sociedad debería ser. Estas personas son naturalmente desiguales, más o menos fuertes, más o menos inteligentes, etc.; pero se encuentran ante un hecho que las iguala: ninguna de ellas puede sobrevivir en un mundo sin acuerdos, sin consenso, sin compromisos.

Así, convienen en pactar, nada menos, que la fundación de la sociedad a partir de un contrato, con importantes diferencias según el autor: Hobbes argumentaba en favor de una monarquía absoluta y Locke de una monarquía parlamentaria. El planteo de Rousseau, por su parte, tiene no pocos puntos de contacto con los planteos de la vasta tradición socialista, como señaló el propio Marx. Sin embargo, los tres modelos de sociedad coinciden en un punto fundamental, resuelven de la misma forma el dilema del huevo y la gallina: es el individuo quién funda la sociedad, no al revés.

El liberalismo económico, por otra parte, es conocido por la idea de que las sociedades prosperan cuando el mercado es liberado a su propia iniciativa, sin trabas estatales que lo condicionen. La fórmula de “dejar hacer, dejar pasar” –“laissez-faire, laissez-passer”, en su formulación original en francés– sintetiza esta filosofía: si se “deja hacer” al mercado, su actividad tenderá regular la distribución de bienes y servicios de acuerdo a la necesidad social, recompensando los mismos de acuerdo a su valor. Como puede advertirse, el liberalismo político y el liberalismo económico están íntimamente entrelazados. Uno no puede existir sin el otro.

A pesar de que la historia nos muestra que los seres humanos, desde nuestro origen como especie, nos organizamos en sociedad y que, por ende, la misma concepción del individuo atomizado es, en su origen, social, y que las sucesivas crisis económicas dieron por tierra con la idea de un capitalismo autorregulado, estas ideas conservan un arraigo considerable en parte de la sociedad.

Hoy son los personajes como Javier Milei y Miguel Boggiano quienes, con mayor o menor histrionismo, personifican esta corriente de pensamiento, actualizada por los teóricos neoliberales como Milton Friedman y Ludwig Von Mises. Pero si la tradición liberal es un fenómeno de nicho en algunas cuestiones –como la “autorregulación económica”, en un país con un alto consenso en favor de la intervención– en otros elementos muestra una potencia mucho mayor para impregnar nuestras ideas y concepciones. La defensa de la libertad –entendida, por supuesto, en términos individuales– es, quizás, su idea-fuerza más influyente.

La frase, que todes en algún momento de nuestra vida escuchamos, “tu libertad termina donde empieza la mía”, es una muestra del arraigo de esta noción liberal según la cual el individuo, libre y aislado, es la base de la sociedad. Esta frase tiene, como señaló el historiador Ezequiel Adamovsky, un antecedente mucho más gráfico: “la libertad de agitar tu puño termina donde empieza mi nariz”, que expresa de forma más explícita la misma idea.

Cada une de nosotres tiene, según este planteo, su propio “espacio”, que no puede ser invadido por nadie, en cuyo interior podemos hacer lo que nos plazca. El Estado, por otra parte, debe velar por el respeto de cada uno de estos pequeños círculos y no tomar ningún tipo de medidas que –como el aislamiento social preventivo y obligatorio– puedan leerse como una invasión de sus fronteras.

Como toda situación de crisis, la pandemia –antes que inventar cosas que no existían– tiende a amplificar ciertos elementos que circulan en nuestras sociedades, de formas más silenciosas, en los tiempos que llamamos “normalidad”. Lo mejor y lo peor de nosotrxs sale a la luz ante circunstancias extremas y, de la misma manera, la sociedad muestra sus elementos más solidarios –como los trabajadorxs de la salud y otros servicios esenciales que continúan en sus tareas, exponiéndose al contagio– y también su individualismo más acendrado. Así, los llamados libertarios (que, afortunadamente, no tuvieron mucho poder de convocatoria) muestran una de las peores facetas de este individualismo, poniendo a toda la sociedad en riesgo por el solo empeño de defender sus libertades.

Curiosamente, entre los múltiples elementos que la pandemia devela, nos encontramos de una forma muy cruda con el carácter social de la libertad individual: más allá de los planteos del contractualismo, el coronavirus nos enfrenta con la realidad de que cada unx de nosotrxs depende de la cooperación de todxs para que, progresivamente, se vayan recuperando las posibilidades de circular. Para que ciertas libertades individuales puedan ser establecidas, es necesario, en primer lugar, que una sociedad satisfaga sus necesidades fundamentales, entre las cuales, garantizar la supervivencia es sin dudas la primera.

Ojalá lo hayan entendido.

Si llegaste hasta acá es porque te interesa la información rigurosa, porque valorás tener otra mirada más allá del bombardeo cotidiano de la gran mayoría de los medios. NOTAS Periodismo Popular cuenta con vos para renovarse cada día. Defendé la otra mirada.

Aportá a Batalla de Ideas