Batalla de Ideas

22 abril, 2020

Lenin, el hereje

Hace 150 años nació un hombre que no sólo lideró la primera revolución socialista triunfante de la historia, sino que lo hizo contra los dogmas oficiales de la II Internacional. Lejos de supuesto eurocentrismo que se le endilga, utilizó las herramientas del marxismo para conducir a la “barbarie oriental” a la victoria.

Martín Ogando

@MartinOgando

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“Temo que los desfiles y los mausoleos, los honores y rituales pompas, en su rigidez, cubran de empalagoso óleo la leninista sencillez” 

V. Mayakovzki

Relatos. Uno muy extendido en la academia proge pero también en algunos círculos militantes: marxismo es una teoría eurocéntrica, pensada desde y para los capitalismos centrales, ajena a nuestras culturas nacionales y, peor aún, cómplice de colonialismos diversos. Otro, también bastante difundido, y además favorecido por prácticas y discursos de alguna izquierda dizque marxista – leninista: Lenin es sinónimo de autoritarismo en la práctica política y de dogmatismo en la concepción teórica. 

Cuando ignorancia y mala leche se juntan el cóctel es intomable. Porque como decía el querido John William Cooke, detrás de la “indigencia teórica” vienen “los desastres estratégicos”. Por supuesto que dichos relatos tienen sustento en una parte de la realidad. Pero son esencialmente falsos, porque pierden de vista lo central: Lenin fue sobre todo un heterodoxo de su tiempo, discutió las posturas “oficiales” de la socialdemocracia europea, pero además rectificó sus propias posiciones cuando fue necesario. Lenin fue el nombre de un marxismo para las colonias y los pueblos de la periferia, fue el rostro de un socialismo oriental.

Rusia entre oriente y occidente

A casi 900 kilómetros de Moscú y a orillas del río Volga se levanta Uliánovsk, una ciudad que hoy tiene poco más de 600 mil habitantes. Uliánovsk no siempre se llamó así. Hasta 1924 se llamaba Simbirsk, y allí nació un 22 de abril de 1870 el hombre que cambió la historia de Rusia para siempre, y claro, el que le dió nombre definitivo a la ciudad: Vladimir Ilich Uliánov.  

El fuerte de Simbirsk había sido fundado en el siglo XVII con el objetivo de contener el avance de los nogayas, es decir de los pueblos “bárbaros orientales”, sobre la Rusia europea. Paradójicamente de allí provino el hombre que encabezó el avance de los “bárbaros orientales” sobre el marxismo. Justicia poética. 

Rusia no sólo se anticipó a la revolución europea, sino que sobrevivió a su derrota, incluso con sus dramáticas consecuencias. Pero no sólo eso, sino que cuando los caminos hacia la subversión occidental perecieron cortarse, desplegó caudalosos ríos de subversión anticolonial en todo el oriente. 

Las cosas no fueron así por la genial planificación de nadie. De hecho, la dirección bolchevique también tenía puestas sus expectativas en la revolución alemana. Pero a los procesos sociales, como a la suerte, “hay que ayudarlos”. Es decir, hay que saber interpretarlos, identificar cuándo nadar contra la corriente y cuándo dejarse llevar por ella, prever, es decir ver las cosas un poquito antes que el resto, poner en movimiento grandes fuerzas sociales para precipitar procesos. El papel del individuo en la historia. El papel de Lenin en la Revolución Rusa, y por lo tanto, en todo el marxismo del siglo XX.

La teoría del imperialismo

En 1916 Lenin produce uno de los más tempranos y exhaustivos estudios sobre el imperialismo moderno. En El imperialismo, fase superior del capitalismo, postula que algunas de las características centrales del sistema mundial que el maestro Marx había descrito han cambiado de manera decisiva. 

El capitalismo de libre competencia quedó atrás, la concentración de capitales en los países centrales ha llevado a la consolidación de grandes corporaciones (trust y cárteles) que ostentan posiciones oligopólicas y cuyos intereses se encuentran entrelazados a los de sus respectivos Estados nacionales. Sus ganancias ya no pueden realizarse en el plano estrictamente nacional, y por lo tanto, en necesario salir a la conquista de nuevos espacios de reproducción. Surge la exportación de capitales y la puja entre las distintas potencias imperialistas para apropiarse de mercados y áreas de influencia. 

Estas elaboraciones, que fueron acompañadas por otras como las de Hobson (1902), Hilferding (1909), Rosa Luxemburgo (1913) o Bujarin (1916) tuvieron un gran impacto político:

  • Dando fundamento teórico a la existencia de un sistema internacional de Estados estructurados de manera desigual, en las cuales las potencias imperialistas dominan a las colonias y semicolonias, y las convierten en un engranaje de la reproducción de capital en el centro. 
  • Definiendo a la Primera Guerra Mundial (1914 – 1918) como una disputa interimperialista por áreas de influencia, y en consecuencia confrontando con las posiciones socialistas que apoyan el esfuerzo bélico de sus propios burguesías. La ruptura con la Segunda Internacional está marcada por este debate. 
  • Identificando la emergencia de una”aristocracia obrera” que en los países centrales tiende a asociar su suerte a la de la burguesía imperialista, rompiendo así con el internacionalismo socialista. Como contraparte, destacando las potencialidades revolucionarias que anidan en los “eslabones débiles de la cadena imperialista”. Esto es de crucial importancia para la constitución de un pensamiento marxista “periférico”, porque implica la posibilidad de que la revolución socialista tenga su primer episodio en un país como Rusia, y no en Alemania, Inglaterra o Francia. 

La peculiaridad nacional y la Revolución Rusa 

A la hora de abordar su “propia” revolución Lenin también fue un hereje en más de un aspecto. Su lucha por un partido de revolucionarios profesionales, fuertemente centralizado y disciplinado, seguramente resulta poco simpática para nuestros parámetros actuales y para los de muchos marxistas del siglo XX. Rosa Luxemburgo, entre otras, dedicó críticas muy tempranas a esta concepción. 

Sin embargo, detrás de esta postura “antipática” está el siempre simpático “ni calco ni copia” de José Carlos Mariátegui. Lo que buscaba Lenin en 1903, cuando se da la escisión entre mencheviques y bolcheviques al interior de la socialdemocracia, era la construcción de una herramienta adecuada a las particularidad que asumía la lucha política en la Rusia zarista, en medio de una feroz represión y de un movimiento socialista constituido por pequeños grupos autónomos cuyas permanentes querellas intestinas evitaban cualquier posibilidad de unidad. 

Pero sin dudas, la acción más heterodoxa, su combate más relevante contra la dogmática marxista, fue haberse puesto a la cabeza de una revolución socialista en un país de desarrollo capitalista rezagado y donde la pujante clase obrera de Petrogrado y Moscú estaba rodeada de una mar interminable de campesinos. 

Para los maestros del marxismo oficial, aquellos que tenían su Vaticano en Berlín, Rusia no estaba madura para una revolución socialista. La tarea de momento era la realización de una revolución democrático – burguesa, y recién después, luego de todo un periodo de desarrollo capitalista, estaría planteada una revolución socialista. Y la burguesía, por supuesto, tenía que dirigir su propia revolución. Esa era la ley de la historia. Y lo bolcheviques encabezados por Lenin van a cometer la herejía de quebrar necesidad histórica. 

Cuando Lenin en las Tesis de Abril afirma, contra la posición mayoritaria de su propio partido, que obreros y campesinos deben tomar la dirección del proceso revolucionario, llevar adelante las tareas que la burguesía no realizará y sin solución de continuidad afrontar su propia revolución, no sólo está provocando un viraje decisivo en los acontecimientos rusos, sino que le está dando el golpe más brutal posible a las interpretaciones deterministas y dogmáticas del marxismo. Que los supuestos marxistas leninistas no hayan seguido la misma senda no puede ocultar esta hecho fundamental, sin el cual sería inimaginable la revolución en el “tercer mundo”.  

La autodeterminación nacional y el anticolonialismo

Lenin fue uno de los más grandes defensores del derecho de las naciones a su autodeterminación, sin ningún tipo de condicionamientos políticos, étnicos o económicos. Nada más alejado del pensamiento de Lenin que la idea de que el socialismo podía ser impuesto por la fuerza de la dominación o la ocupación militar. El programa bolchevique sostenía el derecho a la autodeterminación, incluyendo la separación en un Estado independiente, de las naciones sojuzgadas por la Rusia zarista. 

La posición de Lenin fue clara, por ejemplo en el debate sobre Ucrania: la unidad de los pueblos no podía ser impuesta sino producto de una decisión voluntaria, sólo después de reconocido su derecho a la autodeterminación les ucranianes podían unirse por decisión propia a una lucha conjunta contra el capitalismo imperialista. 

El asedio de los ejércitos imperialistas y el reagrupamiento de fuerzas reaccionarias hizo imposible una cabal aplicación de esta política. Pero Lenin nunca abandonó esta concepción. La Internacional Comunista, surgida en 1919 producto de la Revolución Rusa, tuvo bajo inspiración de Lenin una política anticolonial contundente. 

Pero si los bolcheviques habían introducido una ruptura en la ortodoxia marxista europea, Lenin no estaba dispuesto a convertir a Rusia en la nueva ortodoxia. Entendiendo que las condiciones rusas, sobre todo la capacidad organizativa de su clase obrera, no era reproducibles en todas las regiones de la periferia capitalista, impulsó las Tesis Generales sobre la cuestión de Oriente de la Internacional Comunista, donde se lanzó la consigna del “frente único antiimperialista”. Esta consigna buscaba orientar los acuerdos tácticos y episódicos que los comunistas podían realizar con sectores burgueses en su lucha común contra el imperialismo. 

Todos los fuegos el fuego

Los ejemplos sobre el carácter creativo y herético del pensamiento y, sobre todo, de la práctica política de Lenin podrían continuar durante páginas. Con lo dicho alcanza, sin embargo, para desmontar el mito que muchos enemigos pero también muchos “leninistas” ayudaron a construir. 

La Revolución Rusa no sólo incidió decisivamente en el mundo que hoy conocemos, sino que transformó radicalmente la historia del marxismo y el socialismo. Trasladó el epicentro del movimiento revolucionario mundial desde occidente hacia oriente.

Una teoría crítica forjada por Marx y Engels en los centros de la economía metropolitana, y pensada fundamentalmente en base al desarrollo del capitalismo y de sus sepultureros en Inglaterra alcanzó su mayor éxito político en la lejana Rusia. Y esto no fue una excepción. A partir de allí la periferia dependiente del sistema capitalista fue la locación privilegiada para la emergencia de grandes movimientos de masas orientados o influenciados por los comunistas. 

Conocer esa rica historia, que también es nuestra, lleva a cuestionar profundamente la idea de una doctrina racionalista, colonialista y eurocéntrica, incapaz de servir como herramienta de transformación en el Tercer Mundo. Esa fábula, difundida largamente en Nuestra América, no resiste la prueba de los hechos. Pueblos de las más diversas latitudes y culturas fueron capaces de aprovechar el marxismo como lo que es: un método y no un recetario, un llamado a que les oprimides tomen el cielo por asalto, y no un plan científicamente preconcebido para tomar el poder bajo las mismas condiciones en todos los países del mundo.

Lenin fue el piloto inicial de esta extraordinaria aventura. Y lo hizo con la grandeza y al mismo tiempo la sencillez de un piloto de tormentas. Lenin no nos ofreció ninguna receta para transformar el mundo que habitamos en pleno siglo XXI. Gran parte de sus concepciones hoy no tienen asidero, no se adecúan a las características de las sociedades contemporáneas. Pero lo que indudablemente tiene vigencia es su método riguroso, su capacidad de cambio y su extraordinaria pasión en la lucha contra toda forma opresión. En eso hay que ser leninistas, porque como decía Roque Dalton, “el leninismo es un complejo resultante de la historia, no una impenetrable bola de acero”. 

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