Nacionales

15 abril, 2020

Les caídes del mapa: donde vivir en cuarentena

Aislarse para cuidarse y cuidar al resto. Pero ¿qué pasa cuando no se tiene un techo donde hacerlo? ¿o cuando la cuarentena implica intensificar las condiciones de hacinamiento y falta de higiene que imposibilitan evitar el contagio?¿o con las familias que viven en situaciones de vulneración habitacional y están en riesgo de ser desalojadas?

Crédito: Bárbara Leiva

Alan Swiszcz y Bárbara Leiva

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Susana Ordóñez es referenta de la rama de Construcción e Integración Socio-Urbana del Movimiento de Trabajadores Excluides (MTE) y cómo tantes otres trabajadores de la economía popular enfrenta la crisis habitacional porteña en carne propia. 

Desde el año 2006 vive en el edificio ubicado en Santa Cruz 140, el cual se encuentra judicializado por lo que hubo un intento de desalojo el año pasado. A través de la organización popular, se logró evitar que más de 100 familias queden en la calle. 

Sin embargo, el conflicto habitacional persiste. Un conflicto que no nació con la pandemia pero que el aislamiento potencia en sus peores consecuencias e implosiona la vidas de miles porteñes.

Se queda en casa quien la tiene

En la Ciudad de Buenos Aires el 17% de la población se encuentra en situación de déficit habitacional, otras 250 mil personas viven en villas, y existen 250 sentencias de desalojo que se van a efectuar pronto. A este panorama hay que sumarle que, según el Segundo Censo Popular realizado en abril de 2019, hay 7251 personas en situación de calle. La gran mayoría no tienen acceso a paradores, ni a establecimientos con convenio con el Gobierno porteño, es decir que duermen en la vía pública, por lo que el riesgo para su salud es aún mayor.

En este sentido Susana plantea que la crisis habitacional no se agotará con el fin del aislamiento. Al contrario, aunque la cuarentena posterga los conflictos, también los potencia.

Si bien el Ejecutivo Nacional dictó el decreto 320/20 que suspende los aumentos de alquileres y los desalojos por 180 días, se trata de una norma que sólo contempla el mercado de los alquileres formales. Esto deja sin amparo a quienes alquilan en la informalidad en barrios populares, hoteles, pensiones e inquilinatos.

Crédito: Bárbara Leiva

“Lo de los desalojos tiene continuidad: no se quiere frenarlos. Diferentes colectivos de organizaciones de la vivienda y todos los que estamos abocados a esta lucha venimos pidiendo que se suspendan los desalojos por 180 dias, por seis meses, por dos o tres años”, explica Susana. Pero asegura que “no hay nadie con voluntad política, nadie quiere poner un gancho para frenar eso”. 

Según relata hay ya pautados “cientos de desalojos” en toda la ciudad. Varios de ellos, en Parque Patricios, Constitución, La Boca, Dique, “siguen su curso y otros que ya tenían posible fecha”. “Todo esto hace que se alargue un poquito más. Pero cuando pase el aislamiento y podamos estar normalmente con todas nuestras actividades, ahí se va a venir una marea de órdenes de desalojo”, completa.

La referenta habla con conocimiento de los hechos. “El otro dia por ahi supimos que estuvieron en plena cuarentena haciendo un desalojo en la calle Saavedra, en Once. Aducían que había gente ahí, a la que tildaban de todo lo malo, que entraban gente al lugar y era contraproducente con la cuarentena… Y así sacaban gente a la calle a compañeras trans. Y en un hotel por Avenida Independencia, un hotelero sacaba a la calle a otra compañera trans, pero por suerte se pudo intermediar”, relata. 

Aún en los casos en que no se producen desalojos, la situación es igualmente crítica. Los hoteles concentrados en los barrios de Constitución, Once y Flores, se encuentran en una situación especialmente deplorable. No se trata de espacios que estén destinados a pasajeros o turistas sino que, en la práctica, son la vivienda obligada permanente de un sector de la población.

“A quienes nos tocó recorrer y conocer la vida de los hoteles, sabemos que es una vida de hacinamiento, de todo compartido: baño compartido, cocina compartida. Un mundo muy reducido, donde se vive en malas condiciones, sobre todo las familias”, denuncia Susana. Para las familias con los chicos “es una vida de encierro constante y no les queda otra, porque no hay un techo, no hay una vivienda, no hay otra posibilidad de vivir mejor”. Entonces “no les queda más que alquilar una pieza donde un hotelero los reciba con los chicos. Porque también pasa que con chicos no te reciben. Parecería que fuese, no sé, un delito”, sostiene.

La dignidad es ahora

La crisis sanitaria del coronavirus encontró a miles de personas hacinadas en casas precarias, sin servicios elementales ni alimentos suficientes. Y sin posibilidad de continuar con las changas.

“Con el correr de los dias no se puede salir a hacer todos los trabajos que una necesita hacer, el día a día, en especial para quien vive del trabajo diario. Eso por supuesto que profundizó aún más la crisis que ya existía”, comenta Susana. “En los hoteles, por ejemplo, el otro día una encargada abre la puerta (a través de una rejita, por supuesto, tomando distancia) y me dice que tuvo que llamar al 147 y pedir que trajeran un poco de alimentos”, recuerda y añade: “Me dice ‘acá tengo familias que no pueden salir y realmente no tenían nada para poner en la olla ni para hacer una comida, ni nada’”. “Lo que le trajeron lo compartió con algunos, pero todavía falta para los otros que están ahí también”, cuenta.

Crédito: Bárbara Leiva

Cuando se dispuso la cuarentena, Susana y las compañeras que día a día llevan adelante las ollas vieron que sería imposible para ellas quedarse en sus casas: había que duplicar los esfuerzos: “No se podía cerrar una olla o un merendero y esperar a que esto pase. Había que ponerse al frente”.

Por eso los comedores se mantienen trabajando, brindando alimentos al doble de personas de las que asistían antes de que se anuncie la crisis sanitaria. Pese a que se necesitan muchas más provisiones que antes, la ayuda del Estado no llega y el MTE-UTEP debió recurrir a una campaña de donaciones. 

Para Susana, “vienen tiempos de exigir, de luchar; y sobre todo de exigirle al Ministerio de Desarrollo Humano y Hábitat, más respuestas, que se puedan abrir más esos presupuestos”. “Una vez más es la organización popular y los movimientos sociales quienes ponen el cuerpo a la crisis y contienen una situación de la que el Estado se desentiende”, completa.

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