Batalla de Ideas

2 abril, 2020

La guerra de todes: el coronavirus y recordar Malvinas

A 38 años del inicio del último conflicto bélico de nuestro país la historia plantea al pueblo argentino desafíos que lo ponen nuevamente entre el heroísmo y el abismo.

Juan Manuel Erazo

@JuanchiVasco

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Es incomparable, lo sabemos. De solo pensarla la comparación es molesta, políticamente incorrecta, compleja. Portales de noticias (si así se le puede llamar) como Infobae la han utilizado para generar tendencias indeseables. No obstante, existen elementos comunes -para bien y para mal- que ante la conmemoración de una fecha tan especial, donde todo se cruza y pasa por el cuerpo, nos genera escenarios donde podemos permitirnos reflexionar, debatir y pensar aunque sea un poco entre tanta pandemia e incertidumbre.

El primer elemento es la sensación de que es una guerra de todes. Y aunque pensemos, desde nuestros lugares bien pensantes, que no está bien decirlo, es algo que se siente, se percibe y, centralmente, se cumple. El acatamiento al distanciamiento social preventivo y obligatorio fue casi total. La comprensión de tomar todos los recaudos necesarios para evitar el contagio ha sido recibida (bombeo paranoico y mediático mediante) por amplios niveles de nuestra sociedad. 

Los sectores populares, de lo que por prejuicio siempre menos se espera, son justamente quienes más han reaccionado al comprender lo que un virus de estas características provocaría en sus barrios. Los sectores más privilegiados, por el contrario, se han ido a vacacionar, han navegados sus yates, o agarrado sus tablas de surf. 

Era de esperarse. El privilegiado, además de considerarse impune siempre -hasta para un virus-, nunca piensa en el resto. Sin embargo el pueblo pobre (sin caer en romanticismos) siempre se ve obligado a pensar en el resto para pensar en los demás. Es la barriada la que más respeta y acata aun cuando le cuesta el bolsillo no salir a la calle a ganarse el mango. 

Si esto es una guerra de todes ¿quién piensa más en la patria? Lo decía el Pola, un ambulante de La Matanza que se la rebusca ante la situación: “Tenemos que hacernos cargo de un virus que trajeron los chetos”. Sin embargo se toma conciencia de la situación, de la responsabilidad y se hace cuerpo esa consigna que dice “de esta salimos todes juntes”. Porque ese mismo ambulante, puteaba mientras descargaba un camión de mercadería que, él sabía bien, iba a los comedores.

Ahora bien, lo sabemos, no es ninguna guerra ni tampoco hay un enemigo interno. Hay un virus del cual tenemos que protegernos entre todes. La idea de guerra interna nunca fue favorable para les más pobres. Históricamente ha implicado medidas de control social donde las balas pican en las calles de tierra, pero nunca en los asfaltos pintados y bien planificados. 

¿Es necesario el ejército en la calle? La verdad es que muchos creen que no, que con una estructura desarrollada de militancia, empleados estatales y voluntarios, en coordinación con los diferentes niveles del Estado,  se le podría dar de comer a los territorios más golpeados por la inmovilización que la pandemia plantea. No es lo central para debatir ahora, pero no por eso es un dato menor.

Por otro lado, este 2 de abril hay héroes y villanos. A la malvinización del “estamos ganando” le siguió la desmalvinización, proceso terriblemente doloroso para más de diez mil ex combatientes que al regresar a sus barrios fueron olvidados y negados por una avalancha de derrotismos y culpas dictadas desde la Corona británica y el Departamento de Estado yanqui. Los veteranos, a fuerza de organización y voluntad, lograron que su voz se escuche y que una generación pueda decir orgullosa “yo pelee en Malvinas”. 

Más negada aún es la historia de cientos de mujeres que también batallaron por su patria. Enfermeras e instrumentadoras quirúrgicas en su mayoría, recibieron a los contingentes de miles de soldados quemados, baleados, amputados o definitivamente muertos. Muchas de ellas fueron voluntarias y, después de la guerra, no sólo fueron olvidadas sino acalladas por la dictadura militar para que no contasen los horrores que habían visto: soldados mal alimentados, congelados, estaqueados. Heroínas son también nuestras doctoras y médicas de la actualidad, las enfermeras, las que trabajan en mantenimiento. Heroínas aplaudidas y reconocidas sin dudas. Pero también hay heroínas que pocos reconocen, que al igual que las mujeres de la guerra también son voluntarias pero que no son aplaudidas por las noches. 

¿Quién aplaude a las doñas de nuestros barrios que aun sabiendo que el Salario Social Complementario de 8500 pesos se va a cobrar igual, deciden ponerse los guantes y el barbijo para darle de comer a más de 300 personas en comedores que han cuadriplicado su contingente habitual? ¿Quién aplaude a las que ahora más que nunca cuidan a adultos mayores para protegerlos de la pandemia que los ha escogido como blanco fácil? ¿Quién aplaude a las pequeñas productoras de la tierra que siguen garantizando que la comida llegué a los hogares de la Argentina? ¿Quién aplaude a las trabajadores textiles que producen barbijos a bajo costo para que lleguen a todos lados sorteando la especulación de las farmacéuticas?

Y claro que está pandemia tiene villanos también, y responden a los mismos intereses a los que respondían los villanos de 1982. Villanos que despiden a más de 1400 empleados en plena pandemia; u otros que suben los precios de los productos para ganar más especulando con el hambre y la desesperación de la gente. O villanos que en plena restricción abusan de su poder golpeando, torturando, humillando, e incluso disparando a personas con la excusa de tener ese derecho ante una violación de la cuarentena. 

Hay villanos que aprovechan las grandes usinas de los medios de información para meter miedo y pánico vendiendo noticias de cualquier tipo y a cualquier hora. Claro que hay villanos, de esos que profundizan la grieta que ellos mismos crearon con sus privilegios de clase. Esos villanos son los que merecen ser olvidados, callados.

Y, finalmente, hay que asumir que por nuestro cuerpo recorre esa sensación de que después de esto nada será igual. Y es miedo, es incertidumbre, pero también es una dolorosa oportunidad. La peor consecuencia que puede dejar esta pandemia es que todo vuelva, como sí, a la normalidad. Esa normalidad nos llevó a esto. Esta falsa aldea global que esconde catacumbas llena de excluidos y descartados por el sistema. 

Así como miles de soldados se murieron de frío en una trinchera por órdenes de un coronel que más sabía de cámaras de tortura que de batallas, así hoy miles de pibes duermen en la calle y se van a morir de frío cuando el invierno vuelva y esto se ponga peor. Malvinas fue la gota que rebalsó el vaso de un sinfín de injusticias y mentiras. Después de esto nada puede volver a la normalidad.

Es el momento de poner en alto el valor de las miles de trabajadoras de la economía popular, así como también, el valor de la salud pública, accesible y gratuita. Es necesario desnudar las contradicciones de un sistema hambreado, de pocos, hostil y sumamente vulnerable. Es necesario desnudar también mecanismos deficitarios del Estado que lo hacen carente e inaccesible. 

En palabras del mismo presidente, Alberto Fernández: “Estamos recuperando algo que nos hizo perder el posmodernismo, que nos hizo creer que el éxito era el individualismo y ganar plata, pero apareció un bichito y les arruinó fortunas a quienes acumularon durante todo este tiempo; ese bichito los puede matar a ellos como a cualquiera de nosotros ¿Para qué les sirvió acumular tanto? ¿Para qué les sirvió tanto individualismo?». Esas palabras sirven, pero se necesitan hechos.

Es hora de pensar y que se noté bien quienes son aquellos y aquellas que cada mañana se levantan a hacer la historia, como en el comedor, como en Malvinas, y quienes son los que se levantan a vivir de la historia que otros escriben. La patria es una lucha que se gana entre todes, la historia también.

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