Batalla de Ideas

2 abril, 2020

Coronacrisis: cuatro causas del cimbronazo mundial

Más allá de la coyuntura, la pandemia nos muestra las claras tendencias destructivas del capitalismo en su fase neoliberal. Esto ha tornado keynesianos a líderes y entidades insignias del capitalismo actual: desde Angela Merkel a Emmanuel Macron, del Banco Mundial al FMI, y ha vuelto más obscena la posición de los mandatarios de la derecha más radical.

Emiliano López*

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De norte a sur abundan los titulares que proclaman la “crisis provocada por el coronavirus”. Sin embargo, desde la década del 70 y con más fuerza tras la caída del Muro de Berlín, el proyecto de la globalización neoliberal ha mostrado niveles cada vez más asombrosos de deshumanización, a la vez que ha acentuado la duración y la profundidad de cada una de sus crisis. Esta, como las que le precedieron en los últimos 50 años, no parte de un alza de las luchas de las mayorías populares que cuestionan un orden devastador. La misma lógica deshumanizante del capital las ha provocado y las ha “resuelto” a través de “remedios” que terminaron siendo peores que la enfermedad.

La pandemia pone de manifiesto, una vez más, la decadencia civilizatoria a la que conduce el capitalismo en esta etapa. Quizá el mundo no vuelva a ser el mismo luego de esta crisis. ¿Será similar a la crisis de 1973? ¿Tendrá más elementos en común con la de los años 30? ¿O será similar a la de 2008 que no devino en un cambio fundamental en la política económica ortodoxa?

No hay una respuesta a priori a estas preguntas. Lo que sí está claro es que esta crisis pone de manifiesto una serie de tendencias acumuladas y que la expansión acelerada de la pandemia actuó como un disparador de las mismas. 

En ese marco, hay al menos cuatro características estructurales que debemos tener presentes.

1. Más y más financiarización 

El salvataje a bancos de inversión y grandes empresas no financieras efectuado en EE.UU. y la Unión Europea durante la crisis de 2008 generó un proceso de hiper-liquidez global. Esta sobreabundancia de dólares respondió a la baja en las tasas de interés de los Bonos del Tesoro estadounidense, que hasta 2015 se mantuvo cercana a cero.

Esta situación no desencadenó un proceso de acumulación productiva. Se conformó una nueva burbuja que tuvo un eje central en los bonos emitidos por los Estados y la capitalización de las empresas del sector de plataformas y nuevas tecnologías. Desde hace más de cinco años, esas corporaciones lideran el ranking de empresas con mayores cotizaciones bursátiles, seguidas por las financieras y las químicas y farmaceúticas. 

Este nuevo polo de financiarización que es el capital tecnológico absorbe buena parte de la liquidez mundial y conduce a una enorme centralización del capital, sobre todo estadounidense, con Apple, Amazon, Google, Microsoft y Facebook a la cabeza. Esto da un indicio de por qué la guerra comercial con China, y sobre todo el desarrollo de la internet 5G, es para Donald Trump una cuestión de Estado.

Luego de 2015, la Reserva Federal (FED) impulsó una política de fortalecimiento del dólar a través del incremento de las tasas de interés, cambiando la tendencia que había hecho de los “mercados emergentes” un polo de atracción de capitales globales. En 2018 los únicos países con entradas netas de capital elevados fueron EE.UU., China y Alemania. 

Como es de esperar, el corolario de esta nueva oleada de predominio financiero en el Sur global es mayor dependencia, mayor inestabilidad sistémica y estancamiento de las ramas productivas que ha sido una constante en occidente. 

La aparición del coronavirus aceleró este proceso y provocó la caída del único polo dinámico de la economía productiva global: China. Con caídas en su industria mayores al 15% en un trimestre, difícilmente el nuevo salvataje al gran capital que están ejecutando los gobiernos del norte tenga el resultado esperado.

2. El declive de EE.UU.

Este proceso de financiarización cada vez más acelerado es uno de los indicadores de una crisis-señal de la hegemonía de EE.UU. Tanto la nueva ofensiva financiera como el avance de la guerra híbrida sobre los Estados no alineados con su política dan cuenta de la profundización de una crisis sin precedentes de la pretendida unilateralidad de Washington.

El marco de crisis sanitaria global muestra a Asia con capacidad de liderazgo no sólo en el control de la epidemia sino también en su rol humanitario. La crisis de la hegemonía estadounidense se manifiesta en toda su dimensión cuando Trump llama a “cuidar” la economía por sobre la salud. A su vez, las fuerzas globalistas que operan al interior de ese país ven ahí la posibilidad de alterar la correlación de fuerzas en su favor para darle un reimpulso a su política.

 3. Más digitalización como ofensiva sobre el trabajo 

La concentración de dinero en ramas de tecnología, además de la generación de una nueva burbuja especulativa, involucra al menos otra cuestión de fondo: el control del capitalismo mundial y de la vida de los pueblos mediante la apropiación y el procesamiento masivo de datos. 

En ese marco, el aislamiento social pone sobre la mesa un elemento peligroso que puede ser el próximo gran avance del capitalismo neoliberal decadente: el trabajo digital y a distancia como nueva solución flexibilizadora. 

Podemos reconocer que en el capitalismo actual el modelo de un empleo de por vida para les trabajadores está descartado. Pero eso no puede significar que el paradigma de la precarización sea la salida. Hay que tener claro que las opciones que se basan en plataformas, nuevas tecnologías digitales y big data, no hacen más que reforzar la avanzada del capital por sobre el trabajo que se ha traducido en más segmentación y heterogeneización de los colectivos del mundo del trabajo. 

4. La crisis del Estado neoliberal 

Al igual que en 2008, esta pandemia pone en evidencia que el Estado neoliberal se manifiesta incapaz de resolver los pesares que sus políticas generan. En aquel momento la fenomenal intervención estatal para salvar a las grandes empresas financierizadas (como General Motors) y a los grandes bancos, marcó un cambio de etapa en la lógica del neoliberalismo a escala global. 

Como dijo Álvaro García Linera, podemos hablar de un “neoliberalismo zombie”, un proyecto que en lugar de dar esperanzas y generar nuevas expectativas refuerza “el odio y los resentimientos”. En una línea similar, el pensador británico William Davies sostiene que en este  “neoliberalismo punitivo” la combinación entre endeudamiento y debilidad política generan condiciones para aumentar el castigo de los gobiernos hacia sus sociedades y la autorrecriminación permanente entre la población. 

En ese marco, la falta de legitimidad y de apoyo popular a los gobiernos neoliberales, la crisis de una forma de Estado que no puede absorber las demandas democráticas de las mayorías, tiende crecientemente a basarse en el “estado de excepción”, en el autoritarismo neo-fascista y deviene en una virtual disolución de la, siempre relativa, democracia liberal.

La crisis de occidente y una oportunidad para los pueblos

Esta coyuntura de crisis excede por mucho la cuestión sanitaria. Pone en evidencia la fragilidad del orden actual y permite visualizar acciones que remiten a otra forma de pensar la vida en sociedad. El interesante debate protagonizado en estos días por los filósofos Slavoj Zizek y Byung-Chul Han puso en juego interrogantes fundamentales acerca del porvenir: ¿Es posible que la transición de esta crisis culmine en una sociedad más justa, donde emerja algún tipo de “comunismo refundado” o bien conducirá a una condición de barbarie que no conocemos aún y que tiene cierto precedente en el control policial-estatal basado en el big data ya desplegado en Asia? 

El debate sobre las características y fundamentos de una posible hegemonía asiática seguramente constituya un debate necesario. Por lo pronto aparece más evidente que el modelo de civilización liberal-occidental no puede responder a las necesidades populares. 

También parece obvio que nuestra época necesita un mundo en el que prime la multipolaridad y el respeto entre los pueblos. Un mundo en el que los Estados nacionales antepongan las necesidades de las mayorías a las ganancias del capital. Un mundo donde la salud, la educación, el alimento y los servicios básicos no sean mercantilizados salvajemente. 

Que algo que parece tan elemental ocurra, siempre y también en estos tiempos, dependerá de los movimientos populares y sus líderes. De allí surgirán, una vez más, las fuerzas necesarias para torcer la balanza de la historia hacia nuestro lado y hacer de este mundo un lugar digno de ser vivido.

* Economista, Instituto Tricontinental de Investigación Social, IdIHCS-CONICET

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