Educación y Ciencia

2 abril, 2020

Carlos, el maestro que puso el cuerpo hasta el final

Este 4 de abril se cumplen 13 años de su muerte. Nos toca recordarlo en un contexto particular. Un docente, militante y delegado sindical que fue asesinado por la policía en el marco de una movilización sindical.

Lucía Castiñeira y Agustín Durán*

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Hablar de Carlos Fuentealba es hacer referencia a un maestro que llevamos siempre aferrado en nuestro guardapolvo blanco. Cuando salimos a la calle; cuando le decimos a les estudiantes que mañana no vamos a la escuela, que paramos porque salimos a pelear por nuestros derechos y los suyos; cuando nos dicen “cuidate profe, que no te pase nada” y respondemos que justamente por ese motivo salimos a la calle. Para que no nos vuelva a faltar un maestro, una maestra, para que no se vulneren nuestros derechos y se le de a la educación el lugar que merece en nuestra sociedad. 

Porque como pueblo tenemos derecho a una educación pública, gratuita y de calidad y como docentes estamos dispuestes a defenderlo.

Carlos nos falta, Sandra y Rubén nos faltan, 600 docentes nos faltan desde el último golpe genocida. Se los llevó el neoliberalismo, la bala represiva de un Estado para el cual la educación es un gasto y que administra lo público como si fuera una empresa, beneficiando a unos pocos. Un modelo para el cual la educación es peligrosa, porque enseña a pensar, a criticar y a transformar las desigualdades en las que vivimos. 

No nos dejan de doler estas ausencias, pero el dolor lo convertimos en lucha, resistencia y trabajo colectivo. Porque si hay algo que nos enseñó Fuentealba es a poner el cuerpo. Hasta el final. 

Este es un 4 de abril muy especial. Nos encuentra en nuestras casas, físicamente lejos de nuestres estudiantes y compañeres. En el caso de la Ciudad de Buenos Aires, rodeades de  discursos hipócritas sobre la educación virtual, pronunciados por un gobierno que desde hace cuatro años no entrega netbooks y al cual ni siquiera le preocupa la alimentación de nuestres pibis. 

Además, les docentes lo sabemos mejor que nadie, la educación es un acto enteramente humano, tangible, corporal, algo que se choca de frente con lo que vivimos en estos días. 

Soledad Acuña, la ministra de Educación porteña, no lo sabe porque nunca puso el cuerpo en las aulas. El gobierno del cual forma parte tampoco sabe que “a les maestres no se les pega” y movilizó su fuerza represiva aquel 9 de abril de 2017, cuando intentábamos inaugurar la Escuela Itinerante para defender la escuela pública contra el desfinanciamiento educativo (política que hasta hoy perdura en el distrito más rico del país).

Nos toca recordar a Fuentealba en un contexto en el cual se pone más que nunca de relieve la discusión sobre lo público y el papel del Estado, donde la única grieta es salud para el pueblo o ganancia para unos pocos, una grieta que divide al pueblo solidario y organizado de los grandes grupos económicos .

Un claro ejemplo de esto, lejos de cualquier intento de solidaridad o empatía, fue cuando en Techint -una de las empresas más grandes del país- decidió despedir 1450 trabajadores y trabajadoras. Más tarde comenzaron a sumarse nuevos grupos patronales a esta misma forma de meter presión, no solo al gobierno, sino principalmente a miles de familias que necesitan de sus puestos de trabajo para poder seguir llevando la comida a la mesa en un contexto que nos golpea a todes. 

Como contracara vemos organizaciones sociales, sindicatos y docentes tratando de garantizar derechos (entre ellos un plato de comida), construyendo lazos comunitarios y haciendo lo imposible junto a los sectores más postergados. 

Si hay alguien que sabía de construcción era Carlos, ese maestro comprometido con su territorio que, además, había sido albañil. Sin duda supo mejor que nadie que educar es andamiar, construir, acto irremplazable a la distancia. 

Quienes realizamos tantas intervenciones como sean necesarias para que les estudiantes avancen en su proceso de aprendizaje, quienes les buscamos en el barrio cuando no van a clases, quienes acompañamos a sus madres cuando sufren violencia, quienes nos indignamos cuando llueve porque se inundan las calles y las casas, lo que provoca que muches pibis no puedan ir a la escuela, también lo sabemos. Nos volvemos a indignar porque no se invierte en arreglar un techo, una caldera o una ventana en los establecimientos educativos. Nosotres, al igual que él, transformamos esa indignación en resistencia, en grito colectivo, en un proyecto alternativo que posicione a la educación como un derecho fundamental de nuestro pueblo. 

Hoy nos toca poner el cuerpo de una manera novedosa. Ahí estamos les docentes, llamando a las familias, acompañando, conteniendo, entregando bolsones, preguntando por su salud y tendiendo nuestras manos para lo que sea necesario. Ahí estamos les docentes, pensando y proponiendo actividades, recibiendo fotos, mandando audios con correcciones, grabándonos con una cámara para que nuestres alumnes nos vean, nos escuchen (sí, para muches la primer selfie de la vida) y buscando la mejor manera de poder verles y escucharles, de generar un intercambio. Nos encontramos aprendiendo rápidamente las distintas opciones para que no se rompa ese lazo tan valioso, entre les pibis, las familias y nosotres.  

Acá estamos les docentes, esperando volver a la escuela a poner el cuerpo como siempre lo hacemos. Acá estamos con los ojos llenos de lágrimas cuando recibimos un “te extraño profe, cuidate”, un “extraño la escuela”. Porque sabemos que extrañan ese espacio único donde se vive como valor la diversidad, donde jugamos y aprendemos con otres, donde entendemos que otro mundo es posible. 

Ese otro mundo, por el que peleó Carlos, por el que peleamos nosotres con los sueños intactos, en las aulas, en las calles, en nuestro sindicato, tomando en nuestras manos sus banderas. Porque como dice la canción: “Mis manos son las que van en otras manos tirando, mi voz, la que está gritando, mi sueño, el que sigue entero”.

* Profesores de Educación Primaria y delegades de la Unión de Trabajadores de la Educación (UTE)

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