Batalla de Ideas

15 marzo, 2020

¿Y si todo sale mal?

La pregunta incomoda, agrava las dudas. El plan económico fue diseñado para afrontar una crisis local, no una recesión planetaria. Suena a excusa tonta, al «pasaron cosas», pero una pandemia no estaba en los pronósticos de nadie. ¿Y entonces qué?

Federico Dalponte

@fdalponte

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De pronto el mundo se asusta, entra en pánico, un presidente ordena cerrar fronteras, otros tantos dictan estado de excepción. En ese contexto el ministro Martín Guzmán tenía agendada una gira por el mundo para promocionar la oferta de reestructuración de la deuda. Iba a ser en los próximos días; es probable que no suceda nunca.

Tanto cambió el panorama mundial en una semana que la Argentina, ni con esfuerzo y voluntad, puede cumplir lo que prometió en febrero. Mucho menos lo que prometió hace dos años. Si la deuda externa exigía una quita para hacerla viable, ahora la crisis global amenaza con arrasar cualquier planificación a corto plazo.

Brasil devalúa su moneda desde hace meses, y ahora el coronavirus le dio nuevos bríos. Algo similar sucede en Chile y Uruguay, otros vecinos que compiten devaluando. No hay Unión de Naciones Suramericanas (Unasur), no hay estrategia compartida. Y la Argentina, sola y en crisis, no puede devaluar para seguirles el paso. La teoría indica que así se perderá competitividad.

El otro imponderable es el precio del petróleo. La fantasía argentina dice, aunque no se crea, que la gallina de los huevos de oro en realidad es una vaca muerta. Y si el plan oficial era apostar a la exportación de hidrocarburos, la caída de los precios internacionales no augura un buen negocio.

Se sabe: sin exportaciones, no hay dólares. Y para crecer, no hay nada como vender. La receta argentina es lineal, pero para eso necesita que el mundo compre, que también crezca y demande lo que producimos. Si en cambio el mundo cae y los precios no cierran, no hay milagro nacional: las exportaciones caen, la recaudación cae, el déficit se incrementa. Todo mal.

¿Todo mal?

El miedo a una recesión genera recesión –y algunas cosas más–. En un sistema basado en especular y confiar, cualquier crisis es profecía autocumplida. Pero lo dramático no es eso, no es una pizarra de Wall Street, unos puntos a la baja, un recorte en las previsiones del Banco Mundial. Lo dramático es la crisis por goteo: una aerolínea que despide para reducir costos, un bar que cierra por falta de clientes, cualquier empresa que se paraliza y quiebra.

La caída de la actividad económica es apenas un prefacio, una antesala al incremento del desempleo y la pobreza. No es que el mundo será más pobre a partir de ahora; es peor: son los pobres los que serán más pobres a partir de ahora. Y en la Argentina eso no es menor.

Se dirá: el país ya sufrió crisis similares. Y es cierto. Pero no todas las crisis son iguales, ni todos los gobiernos las afrontan de igual modo. La Argentina tiene hoy poca espalda para hacer política contracíclica, pues sólo hay algo peor que una pandemia: que esa pandemia llegue justo después de cuatro años de macrismo.

En ese marco, el gobierno nacional afronta un doble desafío: controlar la expansión del coronavirus con todos los recursos disponibles del Estado y, a la vez, compensar, con esos mismos recursos del Estado, la caída del sector privado. Porque no habrá lluvia de inversiones privadas ni cosa semejante. No será esa la salida en Argentina, y tampoco lo será en el mundo.

El gobierno italiano amplió el déficit fiscal para asegurar ayudas estatales. Francia activó planes de trabajo a corto plazo subvencionados por el Estado. Alemania y España inyectarán millones de euros para evitar el quiebre de las pequeñas y medianas empresas. La puerta de salida a la crisis sanitaria y económica no será –otra vez, como en eventos anteriores– marcada por el mercado. El mercado, en tal caso, seguirá aumentando el precio del alcohol en gel como sucede, dicen los libros, con todo bien escaso.

Y será así. El Estado deberá imponer, acá y en todo el mundo, su propia receta, para despejar cualquier duda sobre su rol, sobre su importancia. Si esta crisis global sirve para algo, que sea al menos para reforzar la idea de que los Estados son el vehículo del desarrollo, y no su obstáculo.

¿Y entonces qué?

El rumor crece: la oferta oficial de reestructuración de la deuda podría ser más antipática de lo previsto –de lo previsto por los bonistas–. Y estaría bien. Pero a la vez la caída de las exportaciones ahogaría cualquier política expansiva. Y estaría mal. En ese marco, un default parcial no suena tan descabellado como semanas atrás.

De ello se desprenderán, en paralelo, otros tantos debates que encadenan la terapia intensiva nacional: cómo compensar la caída de la recaudación, cómo paliar las devaluaciones vecinas sin devaluar la moneda local, cómo aumentar las exportaciones en un mundo donde nadie compra, cómo promover el consumo si hay servicios que se cancelan o empresas que cierran o si la paranoia paraliza el comercio interior.

En ese sentido, cada opción que baraja la Casa Rosada tiene su correlato ideológico, su filosofía, una forma de ver el mundo. No es lo mismo afrontar una crisis y encomendarse a las buenas ganas del sector privado, o de los organismos de crédito, que afrontarla imponiendo prioridades propias. O sea: no es lo mismo achicar el gasto en salud, so pretexto de equilibrar las cuentas, que ampliarlo por razones de humanidad y luego veremos el resto. La prioridad es, en ese caso, en muchos casos, la forma en que se define la política: los malos o buenos políticos no lo son por su capacidad de gestión, sino por cómo definen sus prioridades. Si por caso se prioriza la deuda, las chances de hacer buena política siempre tienden a cero.

Con ese panorama, dos de las definiciones más descriptivas del gobierno nacional fueron la renuencia a hacer ajuste fiscal en plena recesión y el rechazo a hipotecar el país para pagar la deuda en las condiciones actuales. Una mirada que contrasta con la gestión anterior. Lo cual no es poco.

Y sí: quizás la fórmula funcione y Alberto Fernández proclame tener razón. O tal vez no. Pero en plena crisis local, con un mundo que explota entre pandemia y paranoia, cuando todo parece salir mal, no está de más recordar que lo importante, lo único importante, es no perder de vista las prioridades. Ahí estará la diferencia entre que la recesión la soporten todos por igual o que se privilegie la protección de aquellos que, en los últimos años, no resultaron ni protegidos ni privilegiados.

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