Géneros

5 marzo, 2020

Paro internacional feminista: de las canciones y la construcción de poder

Les feministas seguimos ocupando lugares, con un codo hacemos fuerza para entrar, el otro codo lo entrelazamos con el de una compañera para hacer fuerza juntes. ¿Cómo seguimos habitando los espacios masculinizados que planeamos transformar? ¿cómo construimos poder? ¿qué hay detrás de los debates de este nuevo 8M?

Karen Brett

@karenbrettel

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Ayer me encontré tarareando una canción, una que cantaba hace años contra otra organización… folklore militante. La letra la tildaba de cagón, de correr cuando llegaba la policía, cosas así… muy constructivas. No sé porqué la empecé a cantar, solo apareció en mi cabeza pero cuando dejó de sonar en mi cabeza y pasé a cantarla en voz alta de nuevo, sin darme cuenta la letra no era la misma, en vez de cagón decía “legalizá el aborto”. Era la misma base, pero un poquito más consecuente, la canción que le hicimos al macrismo las feministas hace cuatro años. Y me puse a pensar en los cambios que me había hecho el feminismo y que naturalicé.

Muchos de los cambios grandes los alcanzamos acumulando cambios chiquitos, con  paciencia rebelde y la convicción de que golpe a golpe vamos a bajar al patriarcado.

La canción me llevó a la última asamblea en la Ciudad de Buenos Aires. No terminó bien, hubo varias agresiones, no tenemos por qué ocultarlo, porque queremos cambiarlo también. La última birra post última asamblea se fue con sabor amargo y nos quedamos discutiendo cómo el patriarcado es parte de lo que hacemos, lo que replicamos, y por qué las formas de hacer política que conocimos, al menos las más viejas, son éstas. 

Cómo se gana una discusión, cómo se impone una posición, está atravesado directamente por una forma machista de hacer política. El hecho de que a mis compas más jóvenes les haya parecido atróz y ridículo el resultado de la asamblea en el galpón de Chacarita es reflejo fiel de que esa manera de hacer política hace mucho que ya no es la nuestra. Pero ahí se nos mechó, como cuando cada tanto se nos escapa un “puta madre” y corregimos enseguida «yuta».

Estamos actives, estamos atentes. Corregimos rápido, sabemos lo que no queremos, aprendemos todo el tiempo, volanteamos, reformulamos, y cuando todo eso no alcanza, inventamos, inventamos, inventamos. Si las palabras no nos explican, creamos otras, si no dan cuenta del enemigo múltiple, fusionamos todas: hetero-cis-patriarcado, homo-lesbo-bi-trans-odio. 

De la transformación del idioma, los conversatorios, las canciones, los símbolos, los pañuelos, las banderas, armamos otra forma de cambiar el mundo. No es una forma nueva, pero sabemos que podemos celebrar haber tenido el ojo afilado para ver la semilla que sembraron les que estaban antes que nosotres. La semilla paciente-rebelde de la campaña por el aborto legal, seguro y gratuito, la de la furia travesti, la de las madres y abuelas de la Plaza, la de Jáuregui, la de las piqueteras. 

Cambiamos también las expectativas, cambiamos los ámbitos de disputa: todos son ámbitos de disputa. Fuimos incluso a ganar en los lugares más masculinizados de nuestra patria: las instituciones y la cancha, para hacer lo que hacemos con todos los lugares que habitamos, los desbordamos de movimiento.

Además, todas estas batallas las sembramos con los pies en la tierra, en el barrio y en el barro, con plena consciencia del momento histórico. Nos ponemos al frente sabiendo que posiblemente sea el peor momento para tener expectativas de cambio. 

Mientras las alternativas a este sistema se debilitan, nosotres insistimos en cambiarlo todo. Cuando encontramos pingüinos en Mardel y 40 grados en Mendoza, golpes de Estado en Latinoamérica y un ascenso sostenido de la derecha, cuando nos matan cada 28 horas una compañera, y nace un iglesia por cuadra en cada barrio de Brasil, cuando nos agreden por cómo vestimos, por cuánto pesamos, por cómo queremos o por cuántos pelos nos dejamos. Mientras los países centrales ya ni piensan en un sistema de opresión más o menos amigable, con algún tipo de contención de la pobreza, en este contexto donde ni siquiera el capitalismo puede proponer algún tipo de salida, es el feminismo el que viene a construir y expresar la posibilidad de un nuevo orden social. No hay hoy una salida que no sea radical, que no sea feminista. 

Hace unos días escuché a la feministra Eli Gómez Alcorta pedir que afinemos el oído, que cada vez que escuchemos cantar que el patriarcado se va a caer, el eco dice que el capitalismo también. Porque van de la mano potenciándose y vinimos a dejarlos sin refugio. 

Este nuevo marzo las canciones que creamos, los lazos que tejimos, las luchas que parimos, y las construcciones machistas que abortamos se juntan de nuevo para hacerle al mundo otro paro internacional feminista, un paro y concentración, para mostrar que estamos dándolo todo para poner el mundo de cabeza, porque el que tenemos ya no sirve más, no nos contiene, lo desbordamos.

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