Batalla de Ideas

3 marzo, 2020

No se enferma de coronavirus quien quiere sino quien puede

Hace una semana falleció una mujer por dengue. Su historia apenas si fue difundida y prácticamente no tuvo repercusión en las redes sociales. Cuando el acceso la salud también es una cuestión de clase.

Rocío Rivero*

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Y al fin se confirmó el primer caso de coronavirus a la Argentina, después del tan aclamado fervor mediático el virus no se hizo esperar. Se trata de una persona que viajó al norte de Italia, volvió en primera clase y llenó una declaración jurada para entrar al país el primero de marzo. 

No presentaba síntomas cuando ingresó pero a los dos días manifestó tos y fiebre, por lo que concurrió a su prestador de servicios, en una clínica privada de la Ciudad de Buenos Aires, para ser atendido inmediatamente. Esto provocó la alerta al sistema de salud que activó el diagnóstico y la contención del mismo.

Ahora bien, esta situación tiene una clara marca de clase. Este señor, que pudo gracias al acceso a la cuantiosa información disponible sobre el virus (COVID-19), autodiagnosticarse rápidamente y recurrir, como quien dice en pleno ejercicio de sus derechos, a reclamar la atención sanitaria, no es la norma para distintas infecciones que ocurren con mayor frecuencia en el país con tasas de letalidad mucho más graves que las que presenta esta variable del virus respiratorio.

No vengo a insistir en cuáles deberían ser nuestras prioridades en materia sanitaria, ¿o sí?. Pero creo que es mi obligación remarcar que la semana pasada murió una persona de dengue y su historia no alcanzó ni la mitad de los minutos al aire que ya tiene el nuevo caso. 

Ella venía de Paraguay y deambuló por varios centros de salud antes de dar con su verdadero diagnóstico, vivía en el sur de la provincia de Buenos Aires y murió en el hospital Penna luego de varios días de su primera consulta, cuando ya los respectivos ministros de Salud, habían alertado al propio sistema sobre los posibles casos de dengue. 

También podemos mencionar la falta de “Hashtag” en las redes referidas a las muertes de los niños wichis en Salta. O la cantidad de personas que mueren de Chagas anualmente que, como decía Eduardo Galeano “elige a sus víctimas entre el pobrerío y ellas no tienen derechos, ni dinero para comprar los derechos que no tienen. Ni siquiera tienen el derecho de saber de qué mueren”. 

Es entonces en este sistema donde la salud está mercantilizada que no se enferma quién quiere sino quien puede. Es una realidad que hoy en Argentina las infecciones que tienen el ranking mediático las imponen los grandes medios, ¿Por qué no hablamos de la determinación social de la salud? ¿A quién escucha la medicina hegemónica? ¿Donde salen reportes las enfermedades olvidadas? ¿Cuántas personas circulan por los centros de salud sin tener respuesta? ¿Cuántas no saben ni siquiera que están enfermas?

Mientras buscamos estas respuestas, en el mundo de los stokeadores compulsivos los barbijos seguramente ya cotizan en bolsa, quizás hasta estén en falta y debe existir quien piense en regalarselos como souvenir de cumpleaños a los piscianos. Pero frente a ese arrebato consumista calma, porque -como ya expresaron las autoridades de nuestro tan necesitado Ministerio de Salud- el barbijo en personas asintomáticas solo genera una «falsa sensación de seguridad”. No protege los ojos, genera humedad entre la boca y la nariz fomentando otras infecciones y mientras tanto quienes realmente lo necesitan no pueden acceder a uno.

* Doctora en Biología Molecular y Biotecnología

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