Cultura

15 octubre, 2019

Una sombra ya pronto serás: 40 años de Unknown pleasures de Joy Division

2019 nos encuentra recordando las cuatro décadas del lanzamiento de uno de los discos más influyentes de las últimas décadas del “corto siglo XX”.

Juan Soria

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Desorden

1979 no fue un año más en la historia de Occidente. La revolución sandinista, la invasión soviética a Afganistán y el ascenso de Margaret Thatcher en Inglaterra eran el contexto para el final de los años dorados del capitalismo. Un proceso que había comenzado con la Crisis del Petróleo de 1973. La respuesta del capital a esta situación fue poner en marcha las políticas neoliberales (que tuvo un primer ensayo tras el golpe de Estado al gobierno socialista de Salvador Allende en Chile) como modo de acumulación de capital y de la mano de estas políticas, la destrucción de la vida social que había generado cierta estabilidad desde 1945. 

En Inglaterra, hacía dos años que el punk había pasado de ser una revolución estética y musical, una respuesta al anquilosamiento del rock y el star system (encarnado por bandas como Pink Floyd o Led Zeppelin), a un movimiento estanco. Es en este marco que Ian Curtis, Bernard Sumner, Peter Hook y Stephen Morris, un grupo de muchachos de Manchester influenciados por aquella explosión artística -Sumner y Hook se habían conocido en un recital de Sex Pistols en Londres-, primero bajo el nombre de Warsaw y luego cambiándolo por el definitivo Joy Division compusieron, grabaron y lanzaron Unknown pleasures, un disco fundamental para entender no sólo el final del punk en su forma primigenia y los comienzos del post punk, sino el final de un proceso histórico y el nacimiento de otro.

El nuevo amanecer se desvanece

Unknown Pleasures es un disco que llama poderosamente la atención desde su portada, diseñada por Peter Salville. La misma -convertida en un ícono de la cultura popular- es una imagen de las ondas de radio generadas por un pulsar. Quizás la sobriedad y el monocromatismo que presenta sea la mejor carta de presentación para el sonido que ilustra. 

Se trata de una obra fundamentalmente avasalladora. La pared sónica construida a partir de la alianza bajo – batería – guitarra (Hook, Morris y Sumner respectivamente) es el background ideal para la voz gélida, casi de ultratumba de Curtis, una especie de Jim Morrison post industrial, cautivado por la lectura de Kafka, Burroughs y Ballard. 

En Joy Division la pérdida de la rabia caliente del punk no se transforma en melancolía ni tristeza: quizá el concepto más indicado para ilustrar su estilo sea el de “anomia” utilizado por Émile Durkheim, que describe las situaciones donde los vínculos sociales se debilitan y la sociedad no es capaz de integrar a les individues. En la Inglaterra de fines de los ‘70, donde el nuevo proceso de acumulación puesto en marcha a partir de las políticas neoliberales arrasaba con lo construido durante más de tres décadas, donde lo sólido se disolvía en el aire, la propuesta musical de la banda funcionaba como el réquiem de una era. 

Si las contorsiones de Johnny Rotten de los Sex Pistols eran una bomba que buscaba destruir lo establecido, las líricas y la música de Joy Division vendría a ser el paraje desolador que queda después de los bombardeos.

La música construye un ambiente opresivo pero dinámico. Desde los primeros compases de “Disorder” -canción que abre el disco- el sonido da cuenta de algo que está en movimiento. Mientras Curtis canta con una voz que parece provenir de un lugar lejano donde todo se vuelve y mueve más rápido, de cosas que se escapan de las manos, y de tener el espíritu, pero haber perdido el sentimiento. Simboliza la transición entre el punk y el post punk: tiene la velocidad y simpleza del primero, pero los colores y las texturas que presenta nos hablan de otra propuesta. “Day of the lords” es quizás uno de los mejores ejemplos de esa pared sónica construida a partir del bajo inconfundible de Hook. La canción avanza como un iceberg en el invierno boreal, lentamente, pausada, densa. Mientras tanto, Curtis pregunta donde va a terminar todo esto, habla de autos al borde de la autopista, de noches llenas de sangre y dolor. Si el lema del punk era el “no hay futuro”, ese no-futuro llegó con Unknown Pleasures

El disco sigue con “Candidate”. La primer estrofa dice: “Forzado por la presión, los territorios marcados/ ya no está el placer, lo he perdido desde el corazón”. Habla de un tema que habita el disco como un fantasma: la pérdida del placer, que pasa a transformarse en algo desconocido, funcionando como preludio del ethos liberal que afirma la necesidad de buscar el placer individual por sobre lo colectivo sin importar el costo. 

En “Insight” aparece la frase que mejor resume el mensaje de la obra: “Perdí la voluntad de querer más (…) pero recuerdo cuando éramos jóvenes” y cierra diciendo “ya no tengo más miedo”. Un escalofrío recorre la espalda pensando en el terrible y joven final de Curtis un año después, como  en la monstruosa “New Dawn Fades” (“una pistola cargada no va a liberarte”), que junto a “She’s lost control” y la previa “Day of the lords” funcionan como la columna vertebral musical de un disco denso, pesado, opresivo, oscuro. 

El bajo y la batería en estas tres canciones dan cuenta que la música más pesada no necesita de distorsiones ni gritos y que una camada de bandas que va desde Radiohead a My Chemical Romance les deben varios años de carrera. 

“She’s lost control” presenta la producción de Martin Hannett, quien a través de baterías electrónicas, un uso estratégico del reverb y un desodorante (!!!) construyó una de las canciones más representativas y tensionantes del grupo donde relata el ataque de epilepsia de una mujer que presenció Curtis mientras trabajaba. En un giro paradójico, sería la epilepsia del propio Curtis la que ayudaría a construir el mito de Joy Division en vivo, con el cantante sufriendo ataques en medio de los recitales. 

“Shadowplay” es quizás el momento más cercano al pop y constituye uno de los hitos fundamentales en la carrera de la banda. Un video editado a partir de la primera presentación televisiva los muestra tocando con imágenes de rutas y autos. Probablemente la mejor síntesis de la construcción visual y sonora de la canción, mientras Curtis espera y busca ya no a alguien, sino algo, desde el centro de la ciudad hasta las profundidades del océano donde yacen todas las esperanzas. Por su parte “Wilderness” presenta un trabajo rítmico y técnico brillante, con una base del bajista Peter Hook que muestra ese diálogo y escucha constante de géneros como el dub o el reggae y como las bandas del post punk (como Gang of Four o P.I.L) se atrevieron a complejizar la simpleza del punk. 

El final del disco, el tándem “Interzone”/“I remember nothing” presenta un brillante contrapunto como síntesis de la propuesta musical de Joy Division en Unknown Pleasures: mientras la primera es un rabioso tema punk, la segunda es una canción gélida con imágenes oscuras construidas y cantadas por Curtis: “Atrapado en una jaula/rindiéndome demasiado pronto/en mi propio mundo, aquel que conocías/por demasiado tiempo”. La atmósfera opresiva que atraviesa, lenta y pesada funciona como una marcha de un ejército derrotado.

Joy Division y la lectura a contrapelo

Ese ejército de derrotados estaba integrado por los miembros de Joy DIvision, pero también por millones de personas que sufrían las políticas de Margaret Thatcher y los conservadores. La clase obrera británica fue golpeada por la fuerza destructiva del programa neoliberal: recortes en el gasto público, inflación, desempleo, represión a huelgas, fortalecimiento del capitalismo financiero y privatizaciones tendieron a socavar las relaciones de solidaridad de clase, concepto que era considerado por Thatcher como “comunista” y  que “separa a la gente y la enfrenta”. 

El proceso de destrucción de las condiciones materiales que sustentaban la experiencia histórica de la clase obrera británica fue el marco donde Joy Division compuso y grabó su obra más representativa. Sin buscarlo (al menos de manera explícita) Unknown Pleasures retrata el epílogo de una época. Las imágenes grises que construye el disco no podrían haber sido compuestas en otro lugar que en el Manchester de finales de los 70, donde el desempleo y la pobreza crecían día a día. Resulta paradójico que un disco lanzado a través del sello independiente Factory (fábrica) sea el canto de cisne del fordismo. 

Cuarenta años después de su lanzamiento, sus ecos resuenan en un mundo sacudido por la crisis económica y la contraofensiva del neoliberalismo zombie. Joy Division habla de una época marcada por la crisis, las tensiones y las rupturas. Es el reflejo de la destrucción de los lazos sociales y el sentido comunitario construido por los sectores populares ingleses a lo largo de 200 años, de la privatización de la vida y el arrasamiento del marco de referencias que otorgaba sentido a la cotidianeidad. 

Es un disco urgente que sigue sonando tan actual como en 1979 y que reclama una lectura a contrapelo. Más allá del mito de una banda demasiado influyente que existió de manera intensa y corta, hay un mensaje que nos advierte del peligro y el dolor que genera la destrucción de nuestras vidas por parte de un modelo económico.

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