Cultura

8 octubre, 2019

El Joker y la suspensión de la incredulidad

El reciente estreno de la película de Todd Phillips no pasó desapercibido. Más allá de la monumental actuación de Joaquin Phoenix se trata de una obra que no da la posibilidad de tomar distancia, de fingir ironía o crítica elegante.

Jorge Miceli

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Con un sentido del deber que no vale la pena esquivar, he ido en estos días a ver Joker. Si bien su análisis ameritaría unos días de reposo y digestión, subsiste todavía la impresión fenomenal de sus trazos. Más allá de la actuación de Joaquin Phoenix, difícil de calificar sin caer en la sobredosis ya transitada de elogios, una de las cosas que más me shockeo es la catarata inmanejable de empatía que generan el personaje central y sus peripecias. Solo alguna a vez, quizás cuando vi Dogville, de Lars Von Trier, disfrute tanto la descarga de adrenalina que precede a la ansiada venganza que uno demanda y goza como justicia.

En tren de confesión, creo que pocos imaginaban que alguien pudiese subir la apuesta de aquel Guasón de Heath Ledger en Caballero de la Noche, pero Todd Phillips y su gente lo consiguieron. Gotham City, más newyorkina que nunca, mugrienta, posmoderna, impiadosa, también más profanada que nunca por la legión de locos y fanáticos que integran el país del futuro hombre murciélago.

¿Cómo delinear un drama shakespereano con la materia prima de un comic, con el simplote argumento de un Arthur Fleck que sueña con ser comediante y se desangra día a día en una existencia de pesadilla? ¿Cómo hincar el diente en la dimensión filosófica de la alienación cotidiana a partir de la pintura de un personaje que desea ser justo, pero cuya vida se desmadra sin que querramos intervenir para preservar su cordura? Porque, confieso algo desde el vamos, en ningún momento uno quiere que este tipo que sufre tanto se redima, que recorra el camino torturado del héroe trágico que finalmente, y a pesar de las mil tentaciones en contrario, se porte bien. Sabemos que Guasón termina siendo uno de los malos más emblemáticos de DC Comics porque toda la vida vimos Batman, pero si ese no fuera el caso, quisiéramos que fuese tan malo o más aún que aquello en lo que finalmente se transforma. Y ese es uno de los más grandes méritos de esta película, más que la escenografía, estupenda hasta en sus menores detalles, o que la música y las actuaciones ofrecidas, también incuestionables dando vida a una ciudad al filo de la locura.

En suma, casi desde el principio de la narración, uno siente que quiere arrasar con esa legión de hipócritas, de chacales y cómplices que le joden la vida al prójimo y cumplen con la profecía de una destrucción individual y colectiva que presumimos inevitable. Y ese deseo es macerado con la máxima habilidad por Phillips y su criatura.

¿Qué es lo que conmueve y sorprende de esta película? Muchas cosas, de diferente calibre y difíciles de resumir, pero en parte la apuesta a un cine de autor y un clasicismo que la aleja rotundamente de los tanques tan transitados de Marvel o de la misma DC Comics en entregas anteriores. En segunda instancia, una actuación tan desbordante de su actor principal que no es posible evitarnos ni el sufrimiento de su subalternidad ni la oscura satisfacción que nos regalan sus demonios sueltos.

Más allá de estos placeres plebeyos, la ruindad de ocasión, el ocaso de una ciudad desgarbada y patética, con claras reminiscencias de aquella Sin City de Frank Miller, se postulan como telón de fondo de un arco dramático que no por conocido deja de poner los pelos de punta con sus detalles.

Claro que se podría haber hecho un Guasón más quirúrgico, menos barroco, más pendiente de la frase ingeniosa que de una risa que expresa desesperación. Pero Phillips decidió apostar a todo o nada a una semblanza que nos sacude el alma, nos mueve las tripas y también nos llena de asco, dolor e indignación en dosis no homeopáticas. No hay posibilidad, por lo tanto, de tomar distancia, de fingir ironía o crítica elegante. Joker nos interpela y nos desborda con su desmesura, e interiormente muchos lo celebramos.

“No he sido feliz ni un solo minuto de mi vida», dice en uno de los pasajes que acompaña su transformación en psicópata, y uno siente que el personaje no miente, que la suspensión de la incredulidad que demanda el cine se ha cumplido en toda su potencia.

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