Batalla de Ideas

26 julio, 2019

La “revolución permanente” de la burguesía

Por Fernando Toyos. Empresarios y gobernantes argentinos han hecho de la «meritocracia» un proyecto de sociedad al cual aspirar donde todos y todas tengan igualdad de oportunidades, más no así igualdad de posiciones. Reforzando de esta manera la reproducción ampliada de la miseria y la exclusión a la que nos condena el capitalismo.

Por Fernando Toyos. En los últimos días asistimos a una ofensiva mediática del empresariado, representada en figuras como Martín Cabrales y Julio Crivelli, quienes aparecieron en distintos medios, reclamando la reforma laboral que el Gobierno implementó “a medias”. Estos conspicuos representantes de la burguesía nativa reclaman que se les permitan cosas como “despedir sin causa ni motivos a cualquier empleado”.

Crivelli, presidente de la Cámara Argentina de la Construcción, postuló como objetivo que “vayamos hacia un sistema que genere mayor meritocracia, mayor productividad y mayor empleo”.

“Meritocracia”, otra vez esa palabra.

Este término nos puede recordar cierto spot publicitario de una conocida automotriz (y el ingenioso contraspot), también podemos asociarlo a distintas figuras públicas que reivindican la meritocracia desde una vida llena de privilegios. Pero, ¿qué es la meritocracia?

Libro Young MeritocraciaIrónicamente, el término tiene su origen en la novela El ascenso de la meritocracia (1958), de Michael Young, sociólogo y militante del Partido Laborista británico. Al igual que títulos como 1984 o Un mundo feliz, esta pertenece al género distópico.

La realización de la meritocracia, en su concepción original, llevó al establecimiento de una sociedad en la cual una “aristocracia intelectual” gobernaba a una gran mayoría que no tenía voz ni voto, a la cual consideraba -sin progresías ni tapujos- “biológicamente inferior”.

Más allá de esta marca de origen, hoy la meritocracia se nos presenta como un proyecto “deseable” para nuestras sociedades. Más aún: la distribución del ingreso y el prestigio social en base al “mérito” supone un criterio de justicia distributiva, con el cual, quienes sostenemos valores asociados a la solidaridad, debemos debatir. Para entender la propuesta de la meritocracia, es necesario leerla en conjunto con otro planteo caro al liberalismo dizque progresista: la famosa igualdad de oportunidades.

Otro sociólogo francés, llamado Francois Dubet, escribió un libro muy interesante al respecto, bajo el provocativo título de Repensar la justicia social. En sus 119 páginas, Dubet confronta el mencionado principio con su (presunto) opuesto: la igualdad de posiciones. Ambas concepciones son bastante intuitivas: se trata, de un lado, de priorizar una suerte de “punto de partida común” (un ingreso universal mínimo e iguales oportunidades educativas) para que, a partir de allí, los destinos de cada quien se definan de acuerdo a su capacidad individual. Se trata de una igualdad “en el punto de partida”, a diferencia de la igualdad de posiciones, que propende a reducir las diferencias existentes entre las posiciones más altas y las más bajas en la estructura ocupacional.

La idea predominante de justicia social en nuestro país –anclada en una larga tradición igualitaristase corresponde con este segundo tipo. El “cambio cultural” que pretende el gobierno del PRO/Cambiemos, por su parte, se asocia con la igualdad de oportunidades: a esto se refieren con “dejar de mantener vagos” o incentivarnos a “vivir en la incertidumbre”.

Los planteos aparentemente más cínicos, mirados desde la igualdad de oportunidades, se vuelven inteligibles: aquella memorable aparición de Macri en la que le pidió a los trabajadores del Estado despedidos que encuentren “un lugar feliz” es, de hecho, una oda al ideario de la igualdad de oportunidades.

Como dijera Karl Marx, completando a Friedrich Hegel, la historia se repite como tragedia primero y como farsa después: la meritocracia toma su épica de las revoluciones burguesas, que confrontaron su propio “talento” con la herencia aristocrática. En un presente caracterizado por la reproducción ampliada de la miseria y la exclusión, la igualdad de oportunidades tiene miserias que justificar antes que paraísos por prometer.

Esto no implica, ni por asomo, que no sea necesario confrontar ideas con esta narrativa, para lo cual es importante remarcar tres críticas:

  • ¿Qué pasa con quienes “pierden”? La meritocracia sustenta su pretensión de justicia social en la selección de “los mejores” para las ocupaciones mejor remuneradas y más prestigiosas. Podemos acordar, al menos en parte, con esto, pero en nuestra sociedad existen millones de puestos de trabajo insalubres, mal pagos, precarizados, y un largo etcétera. La igualdad de oportunidades oculta esta realidad –que tiene que ver con un sistema que genera explotación y miseria– bajo el argumento meritocrático. ¿Realmente se puede creer que alguien merece trabajar en negro por un salario que no cubre la canasta básica?
  • La igualdad de oportunidades necesita de la igualdad de posiciones: una persona que, en base a su esfuerzo, llega a una posición socioeconómica privilegiada difícilmente se va a abstener de brindarle a sus hijos e hijas todos los recursos que su posición le permite. La igualdad de oportunidades, por sí sola, produce desigualdad. Generar el mencionado “punto de partida común” implica aplicar políticas propias de la igualdad de posiciones dentro del paradigma meritocrático. Presentar la igualdad de oportunidades como algo opuesto a la igualdad de posiciones es un falso debate.
  • Finalmente, la meritocracia se legitima en base a una idea del mérito que es presentada como natural. Pensemos en la escuela: se hacen reconocimientos al compañerismo y la solidaridad, claro, pero la calificación individual es lo que decide si pasamos o no de grado. ¿Por qué los logros individuales son privilegiados respecto del trabajo en equipo? ¿Por qué el trabajo mental es más prestigioso que el trabajo manual? Todas estas cuestiones no son azarosas, responden a los valores dominantes de nuestras sociedades que, para citar de nuevo a Marx, tienden a ser los valores de la clase dominante.

La meritocracia nos presenta un serio desafío a quienes defendemos los valores de la solidaridad y la dignidad humana. En ella, el capitalismo neoliberal enarbola su utopía: la de una sociedad en que los lazos de solidaridad -familiares, de clase, territoriales, de género, etc.- cedan ante la presión de una competencia cada vez más feroz. Con esta bandera, nuestros empresarios salieron a marcar la cancha. Nosotros y nosotras seguiremos atajando penales hasta que podamos expresar una alternativa superadora, más humana y, también, más creíble.

@fertoyos

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