Cultura

26 diciembre, 2017

Dark: el eterno, caótico, morboso y ordenado retorno

Si viviera, Michael Ende estaría contento con la idea central de «Dark» (2017). ¿Los seres humanos podemos decidir sobre lo que nos pasa en nuestras vidas? ¿Existe el libre albedrío? ¿Estamos presos de un universo espacio-temporal sin Dios, librados a la suerte de un caos desconocido? Estas son algunas de las preguntas que plantea la primera serie de producción alemana disponible en Netflix.

En el capítulo XII de Die Unendliche Geschichte (La Historia Interminable), el escritor alemán Michael Ende (Garmisch, 1929 – Filderstald, 1995) plantea un juego con el tiempo. El personaje de la Emperatriz Niña -curiosa y caprichosa como una pequeña Alicia fusionada con La Reina de Corazones- le exige al Viejo de la Montaña Errante que le cuente una historia que él se niega a contar: la llamada Historia Interminable. El Viejo tiene sus motivos. Le dice que en caso de que se la cuente, tendría que volver a escribirla y lo que escriba volvería a pasar una y otra vez, provocando un círculo infinito de acontecimientos iguales, en los que nadie podría decidir por su destino.

Si viviera, Ende estaría contento con la idea central de Dark (2017), un poco prestada de su libro. ¿Los seres humanos podemos decidir sobre lo que nos pasa en nuestras vidas? ¿Existe el libre albedrío? ¿Estamos presos de un universo espacio-temporal sin Dios, librados a la suerte de un caos desconocido? Estas son algunas de las preguntas que plantea Dark, la primera serie de producción alemana disponible en Netflix.

En los primeros capítulos el espectador podría caer en una trampa. En primer lugar porque estas cuestiones filosóficas no aparecen desde el principio. Un público sin paciencia entendería a simple vista que la serie es una copia bizarra de Stranger Things, mezclado con lo mejor de cada novela de Stephen King. Esto no es verdad. El problema es que Dark tarda demasiado en despegarse de esa provocación inicial.

No puede entenderse más que como provocación a los fanáticos de King montar un escenario en un pueblo maldito en que desaparecen niños o aparecen muertos, y el protagonista usa un piloto de lluvia amarillo que recuerda demasiado al Georgie de IT. Los primeros capítulos están clavados de planos que parecen filtros de Instagram, con muy poco avance en la historia principal, lo que provoca un estancamiento similar en el espectador.

Pero Dark es como Rocky Balboa. Cuando está a punto de caer, saca el gancho ganador. Uno podría preguntarse por qué lo saca tan tarde. Si en los diez capítulos hay que esperar recién al sexto para que todo empiece a correr como si fuese otra serie, hay algo que no está bien. Tarda el despegue. Ese carreteo inicial no es necesario. Después, por fin, vale la pena el vuelo.

El laberinto temporal empieza a mostrar su mejor cara, se aleja de cualquier lugar común y empieza a pinchar al espectador con giros intensos, algunos previsibles, pero que entretienen bastante. En el vuelo de Dark importa el entramado ficcional de preguntas filosóficas sin respuesta, esas que desvivieron a Nietzche, Einstein y demás genios de la mente. Hasta Borges parece asomar a cada rato en boca de uno de sus protagonistas, al afirmar que algunas personas son como peones que deben ser sacrificados en pos de un objetivo mayor recordando a la famosa estrofa: «¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza, de polvo, tiempo y sueño y agonía?» de nuestro poeta universal.

Construída como un tablero, su crecimiento argumental es tan potente que emociona ver una serie tan precisa. Como si los guionistas de Lost no hubiesen pifiado como pifiaron en la última temporada y hubieran creado un universo en que todo realmente cierre. De hecho ciertos montajes de sonido remiten directamente a la serie creada por J.J Abrahams. En Dark hay mucho “homenaje” , entendido en esa delgada línea que lo delimita del afano.

Lo bueno es que la intriga crece, los personajes se complejizan y todas las contradicciones remiten a una lógica, nada que haya sido atado con alambre. De lo mejor Louis Hofmann, como el joven Jonas Kahnwald y Jordis Triebel como Katharina Nielsen que contrastan con el acartonado principal Oliver Masucci como el jefe de policía local. Una trama que responde a ese eterno retorno que siempre es abstracto, desordenado, y otras parece equilibrado y perfecto como una máquina de relojería desconocida; pero también morboso, por el entramado de historias filiales que son inevitables y horrendas.

¿Podemos cambiar lo que somos o estamos presos en un girar infinito de errores que no podemos evitar? Lo que importa en Dark es ese caos al que parecemos estar sumergidos como seres humanos; esa pregunta sin respuesta que es la vida.

Mariano Cervini – @marianocervini

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