Nacionales

28 noviembre, 2017

Un día en la vida de una cartonera y un carrero de Rosario

En el barrio Vía Honda de la ciudad de Rosario viven Luis y Lala. Ella es cartonera, él carrero. “Lo que tiene el carrero es que vos salís y nunca te va a faltar el pan para tus hijos, vas a una verdulería le sacas la basura y te dan dos o tres papitas, vas a otra y tenés unos pimientitos, vos la comida la tenés”, cuenta ella.

Luis llega al taller de alfabetización en un carro tirado por Rosa, su yegua. Saluda desde arriba a los vecinos y vecinas mientras que con la correa dirige a Rosa para que frene en la casilla de Lala. Rosa es de mediana estatura, color marrón y tiene una mancha blanca en la frente. A la yegua se le vuela un montón de tierra del lomo porque Luis estuvo toda la mañana cirujeando.

Vive en Vía Honda, una inmensa villa en la que las latas oxidadas, la basura, las ratas y los cartones son parte del paisaje cotidiano. Es un territorio con más de cinco mil personas, la misma cantidad que se necesita para llenar una bandeja popular de un estadio de fútbol. La villa está ubicada en Rosario, en el rectángulo formado por Bulevar Seguí, Uriburu, Avellaneda y Felipe Moré. Las personas que recorren esas calles ven una exhibición pornográfica de la pobreza extrema y el olvido del Estado. No hay empleo, la gran mayoría no llega a terminar la escuela, no hay agua potable, cloacas, asfalto ni gas natural.

Luis con la yeguaLuis es carrero. Junta cartón con un carro tirado a caballo. Lala, su hermana, es cartonera. Junta los cartones tirando el carro con sus manos. Los dos son integrantes del MTE. El Movimiento de Trabajadores Excluidos es una organización que busca nuclear a los sectores de la economía popular reivindicando los derechos laborales.

Todos los cartoneros y cartoneras Rosario, juntan entre unas 300 toneladas de basura diaria, más o menos el peso de 42 elefantes. Por un kilogramo de cartón pagan entre $0,90 y $1,20. En una hora de laburo los cartoneros y cartoneras ganan entre $30 y $50. Para llegar a esa guita deben juntar más o menos 400 cajas de zapatos.

Lala hace 16 años que vive en Vía Honda. Cuando llegó era todo campo. Según ella, se podía dormir con la puerta abierta, nunca te tocaban nada. En esa época la escuela también era diferente, en el primer mes de clase, les daban a sus hijos cuadernitos y pinturitas para que puedan estudiar.

“Lo que tiene el carrero es que vos salís y nunca te va a faltar el pan para tus hijos, vas a una verdulería le sacas la basura y te dan dos o tres papitas, vas a otra y tenés unos pimientitos, vos la comida la tenés”, cuenta Lala mientras se toma unos mates y se fuma un cigarro con Luis que recién termina su clase de alfabetización.

Foto: Sofi Suárez
Foto: Sofi Suárez

Dos veces a la semana, Lala abre las puertas de su casa para dar un taller de alfabetización y ofrecer una copa de leche.

Es jueves, son las 16hs y llegan varias compañeras más del barrio para preparar la comida que van a repartir a los pibes y pibas de ahí. Hace dos años atrás iban 50 chicos al merendero, hoy van más del triple. Con sus compañeras tienen que hacer rendir la comida que le donan para darle de comer a tantos pibes. La última vez, hicieron 25 kilos de fideos con dos cajones de pollos y la comida no alcanzó.

Una compañera de unos treinta años agarra un balde rojo, lo carga de agua con una manguera que se conecta con una canilla de la calle, y baldea el piso para cocinar con todo limpio. En una mesa pesada de madera, otras mujeres, cortan los panes que les regaló una panadería del barrio. Otra compañera le va agregando las rodajas finas de tomate y un poco de lechuga. Lala, en una olla, más grande que un balde de 20ltros de pintura, vacía un bidón de aceite. Se prende el anafe, el aceite empieza a chillar de a poco, y ahí en ese momento, ¡plaf! se echan las milanesas que otro vecino donó.

Estuvieron más de un mes para levantar el comedor. La casa de Lala es toda de chapas. Luis con los hijos de Lala y Pedro, un vecino, le pusieron ladrillos para que los pibes no tengan frío ni se mojen cuando van a comer. Por fuera de las chapas, Luis cavó unas canaletas para empezar a levantar la pared.  Usó una escuadra y un hilo porque los otros compas que estuvieron trabajando la hicieron torcida. Con un cigarrillo en la boca y con el humo entrándole por la nariz, Luis agarró la espátula, un poco de mezcla se lo untó a un ladrillo y fue levantando la pared.

Las pibas cocinandoLuis trabajó de ayudante de albañil, pero por más trabajo que tenga no puede dejar el carro. El carro es mi vida, dice Luis y clava una sonrisa gigante que le achinan los ojos. Arriba del carro se criaron su abuelo y su viejo. Él ahora solo la tiene a Rosa porque a la otra yegua que tenía se la robaron. “Lo van a prohibir al carro, pero el animal no se lo doy a nadie, muere en mi casa”.

Mientras las compañeras están preparando la comida, Luis sale de la casilla a ver cómo está la yeguita. La agarra de la boca y le mira los colmillos, con eso sabe cuántos años tiene. Siente bronca cuando las protectoras de animales acusan a los carreros de maltratar a los caballos. Rosa tiene todo, fardo, agua y las herraduras. Las herraduras son como los zapatos. Las necesitan porque con el asfalto se les desgasta el candado, una parte de carne de la pata, y si eso se lastima el animal se desangra. Luis siempre crió animales, antes tenía chanchos, gallinas y gansos.

“Nos pusieron la ley Sarmiento, cuando Sarmiento con un caballo logró lo que logró”, cuenta Lala mientras apura el mate de un sorbo. En Rosario, se aprobó una ordenanza que prohíbe la Tracción a Sangre. Lala y Luis dicen que con esta normativa sólo juzgan a los pobres porque la policía castiga a los caballos con sus filosas espuelas y se siguen haciendo cansadoras carreras de caballos en el hipódromo rosarino.

Entre mate y mate cuenta Luis que hay muchos pibes que se juntan de jovencitos y que salen a laburar honradamente con el carro para llevarles algo de comer a sus hijos. Ser carrero es un trabajo nada más que Luis se siente ignorado cuando otras personas lo ven que revuelve un container o un volquete.

Los hijos de Lala, cuando iban en carro a la escuela tenían vergüenza. Lala los agarró en su casa y les dijo: “Cuando a vos te digan ciruja tenés que levantar la cabeza bien alta porque vos sos ciruja y juntás vidrios, cartón y trapo para vender, pero vos no andas haciendo daño ni arruinando vida ajena.”

Son las 20 hs y ya están llegando los pibes a comer, Lala sale de la casilla, saluda a Luis y lo ve irse arriba del carro. De camino, él pasa por una enorme hondonada por la que pasa el tren que se convierte en un depósito de basura y mugre. Cuando circula el ferrocarril, los deshechos inundan los alrededores de las viviendas y la cotidianeidad de los vecinos de ahí. Cruza la vía y se mezcla con el tránsito de motos y autos.

En el merendero, la comida no duró más de quince minutos.

Sofía Toscano, desde Rosario.

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