Cultura

28 agosto, 2017

El Ciudadano Ilustre: defendiendo al canon

La película de Mariano Cohn y Gastón Duprat es una defensa absurda del canon cultural. Se posiciona desde una mirada elevada y discrimina de manera burda a una clase social reinventada por los autores que, supuestamente, es enemiga de lo culto por ser demasiado pueblerina para comprender el valor del “arte verdadero”.

Premiada en festivales internacionales y de gran aceptación por la crítica local, la película de Mariano Cohn y Gastón Duprat es una defensa absurda del canon cultural. Se posiciona desde una mirada elevada y discrimina de manera burda a una clase social reinventada por los autores que, supuestamente, es enemiga de lo culto por ser demasiado pueblerina para comprender el valor del “arte verdadero”.

La gente de pueblo es tonta; no sabe distinguir entre realidad y ficción. Eso es lo que parece decirnos en sus 118 minutos la película dirigida por la dupla Cohn-Duprat (El Artista, 2008; El Hombre de Al Lado, 2009). La grieta arte elevado-arte popular, inclina la película a favor de la primera en todo momento.

El argumento es interesante y atrapa desde el principio: el escritor Daniel Mantovani, oriundo de Salas, un lugar perdido en la Provincia de Buenos Aires, decide volver a su pueblo natal luego de cuarenta años de ausencia, para recibir el premio de “ciudadano ilustre” con el que ha sido galardonado.

Mantovani es Premio Nobel de Literatura y en Oslo se despacha con un discurso sobre lo que es el final de su carrera, porque ya ha conformado a todos y él considera que el arte es lo contrario. Lejos de este speech inicial, la película se aleja de lo que en principio parece defender. Mantovani es el canon. Al volver a su pueblo natal despierta viejos y nuevos rencores. Su figura se agranda como la de un Jesús contemporáneo que decide bajar a la tierra para saludar a sus hombres y termina crucificado. Podría trazarse un paralelismo con El Evangelio Según San Marcos, el cuento de Jorge Luis Borges en que el intercambio entre la clase alta y baja representa siempre un peligro de muerte para el que está arriba.

Mantovani baja de Los Cielos Del Nobel a enseñar. Dicta una serie de charlas a las que primero asiste todo Salas y luego un puñado de personas. En principio, esa “mediocridad de pueblo” que se quiere mostrar en clave humorística, tiene su encanto. Pero con el transcurso de los minutos el recurso es siempre el mismo y el humor pasa a ser, lisa y llanamente, una burla.

A mitad de la cinta, el espectador podría preguntarse: ¿cuál es la gracia de reírse de un ignorante? Ese cuestionamiento resuena en El Ciudadano Ilustre y se agranda en algo peor: no se puede cambiar la realidad. Ese lugar de comodidad en que comienza a reposar la película a medida que pasan los minutos es demasiado evidente.

Cuando las cosas se ponen feas, Mantovani opta por el canon. A pesar de su discurso inicial, en el que parecía haber un mensaje de rebeldía, no solo termina aceptando la medalla del Premio Nobel, sino que –más adelante- devuelve con desprecio la otra medalla: la de la gente de su pueblo. En esa inversión puede leerse toda la película.

Su desenlace podría haber sido digno de una de las mejores tragedias, pero el argumento se hunde en la hamaca paraguaya, se tira a dormir la siesta y opta por lo peor que puede hacer una película: el lugar común de la complicidad con el público.

Y como si una desgracia narrativa trajera a la otra, resuelve esa complicidad desde otro recurso burdo y básico: ¿fue un sueño lo que acabamos de ver, o algo que pasó realmente? Lo que podemos objetar en este punto como espectadores es: qué me importa.

El protagonista, que parece guiñar un ojo a la sala de cine como si estuviéramos mirando un dibujo animado de nuestra infancia, pierde relevancia y su papel bien sostenido por Oscar Martínez decae en un mamarracho.

Soy diferente porque soy artista, entonces la gente no me quiere. ¿Alguien se puede tragar esta patraña? La subestimación en la que cae el personaje cuando piensa que volver a su pueblo natal después de una vida será un pavada, es la misma con la que trata al público. Un filme tramposo, ideal para pensar qué valores realmente nos quieren vender en tiempos de gato por liebre.

Mariano Cervini – @marianocervini

Si llegaste hasta acá es porque te interesa la información rigurosa, porque valorás tener otra mirada más allá del bombardeo cotidiano de la gran mayoría de los medios. NOTAS Periodismo Popular cuenta con vos para renovarse cada día. Defendé la otra mirada.

Aportá a Notas