Cultura

22 junio, 2017

Netflix y la guerra en Afganistán

El pasado 26 de mayo, Netflix estrenó War Machine, film que combina drama y sátira en una mirada crítica sobre la guerra en Afganistán. Brad Pitt interpreta al alter ego del general Stanley McChrystal, quien dirigió las operaciones en el país entre 2009 y 2010 hasta que una polémica pública con el gobierno de Obama puso fin a su carrera.

El pasado 26 de mayo, Netflix estrenó War Machine, film que combina drama y sátira en una mirada crítica sobre la guerra en Afganistán. Brad Pitt interpreta al alter ego del general Stanley McChrystal, quien dirigió las operaciones en el país entre 2009 y 2010 hasta que una polémica pública con el gobierno de Obama puso fin a su carrera. Con resultados y críticas mixtas, la película no obstante contribuye a ver de cerca la manera en la que los EE.UU. han dirigido sus aventuras militares y sus consecuencias.

La guerra de EE.UU. en Afganistán lleva ya 16 años, siendo la empresa militar más larga en la historia norteamericana. Ha superado a Vietnam en duración y ha revivido en el imaginario de la sociedad estadounidense a varios de sus fantasmas. Entre analistas, políticos y militares muchos se resigan a admitir que no hay un camino reconocible para salir efectivamente. Es dentro de esta historia inconclusa que tiene lugar War Machine.

Filmar el pantano

A ese pantano llegó a mediados de 2009 el Gral. McMahon (Brad Pitt), inspirado en la figura de Stanley McChrystal, comandante de las fuerzas de la OTAN en Afganistán ente julio de 2009 y julio de 2010.

La producción es una de tantas apuestas fuertes del medio por asaltar la cinematografía. Pero pese a la talla de su protagonista y la calidad en su producción y actuaciones, la película no ha rendido satisfactoriamente ante la crítica.

En parte se debe a que el director, David Michod, no acabó por definir el tono con el que representar la historia. Por momentos se tiñe de seriedad al describir los entretelones con los que el mando militar y político en los EE.UU. define sus aventuras militares, y las consecuencias que de ellas se desprenden. Estancamiento y falta de perspectiva en los propósitos de la misión es el escenario que encuentra McMahon al revisar el estado de situación.

Aquí presenta un potencial desaprovechado. Porque sin transición sus diálogos y personajes se tiñen de ironía, empezando por el sarcasmo permanente con el que el narrador aborda la historia e introduce al general.

Sin ser un canto al humor incorrecto no duda en ridiculizar todo los que representa y aspira un digno hijo del sistema militar norteamericano. Pitt demuestra una gran capacidad para hacer suyos los gestos de un militar duro hecho y derecho, pero por momentos estos se vuelven tan exagerados que chocan con el clima oscuro y la temática del film.

Con narcisismo y un ego hasta mesiánico, McMahon no oculta su desprecio contra la burocracia civil en Washington, la suavidad (y aquí deja relucir cierta homofobia) de sus aliados europeos y la corrupción de sus aliados afganos. Es un antihéroe con el que el film no se propone que tengamos empatía.

El general en su laberinto

Inspirada en la novela de no-ficción The operators, la historia sigue el frustrado intento de McMahon/McChrystal por encarnar el giro que la Administración Obama buscaba para resolver la guerra. El autor del libro original, Michael Hastings, estuvo en Afganistán en 2010, donde pudo entrevistar al general en persona para la revista Rolling Stone.

Procedente de una familia de militares y formado en las más altas academias militares, McChrystal hizo su reputación como veterano de las fuerzas especiales y promotor de las técnicas de contrainsurgencia. Tuvo en su historial el haber estado el haber refinado los métodos de las operaciones especiales en Irak.

Se anotó una gran victoria después de que sus fuerzas abatieran a Abu Musab al Zarqawi, jefe de la rama iraquí de Al Qaeda, que años más tarde mutaría en el Estado Islámico. Esto lo convertiría en una estrella en ascenso cuando fue recomendado para dirigir las operaciones de la Fuerza Internacional de Asistencia para la Seguridad (ISAF, por sus siglas en inglés).

Allí se propuso poner en práctica la doctrina de contrainsurgencia: la combinación de un uso extendido de fuerzas especial actuando de manera furtiva para cazar insurgentes; con las tareas públicas de state-building (construcción de institucionalidad y gobierno para ganarse el apoyo de la población local).

La inyección de millones para el desarrollo de comunicación, infraestructura y otros servicios reconocían la necesidad de llevar las tareas de la ocupación de lo militar a lo político. Pero en Afganistán, los EE.UU. han lidiado con la incapacidad para sostener gobiernos legítimos a los ojos de su propia sociedad. Hamid Karzai, presidente de Afganistán de 2001 a 2014 abandonó el cargo envuelto en denuncias de corrupción, ineficiencia y fraude electoral.

Fue tras la publicación de sus conversaciones que se hicieron públicas las críticas y desacuerdos que el militar tenía con el presidente y su gabinete acerca de la estrategia que aplicar y los medios para hacerlo.

Desde el Ejecutivo se interpretó como una muestra inadmisible de insubordinación dentro de la pugna del poder civil con el Pentágono. Pocos días de cumplir un año al frente de la ISAF, el general vería acabada su carrera.

Esa maldita máquina de matar

Cuando el entonces presidente George W. Bush hijo anunció el inicio de la operación “Libertad Duradera” en Afganistán, EE.UU. daba inicio a la “guerra global contra el terror”. Con ella nacía el siglo XXI.

En aquel entonces, el agente Jack Bauer, protagonista de la serie 24 (estrenada en noviembre de 2001) encaraba su guerra personal por proteger la seguridad y los intereses de los EE.UU. Una mirada maniquea de un mundo que volvía a ordenarse en la lucha entre el bien y el mal, donde todo medio se volvía necesario (y por ende legítimo) para proteger los valores de las democracias occidentales.

La muerte de Bin Laden en 2011 no acabó con su organización, un fenómeno sin una estructura centralizada en mandos personales. Tampoco previno la emergencia de ramificaciones más sofisticadas como el grupo Estado Islámico.

De igual manera, los talibanes han sido “derrotados” en múltiples ocasiones tan solo para reagruparse y volver a la carga tiempo después. Tras 16 años de operaciones de la OTAN, la insurgencia sigue disputando abiertamente el control del país y su población a un gobierno afgano en crisis constante, el cual a duras penas mantiene la estabilidad en la capital.

Aún falta por ver qué estrategia se dará la administración Trump para el conflicto. El Pentágono advirtió en su último informe al Congreso sobre el “momento crítico” que atraviesa Afganistán y se evalúa la posibilidad de enviar nuevamente más tropas. Como en War Machine y otras producciones de estos años, una realidad tan ambigua y compleja no se presta para relatos autocomplacientes y optimistas.

Julián Aguirre – @julianlomje

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