Batalla de Ideas

24 enero, 2017

Nahuel Moreno, a 31 años de su partida

Por Manuel Martínez. Este 25 de enero se cumplen 31 años de la muerte del fundador de la corriente trotskista más grande del siglo XX a nivel latinoamericano. Una reivindicación herética de un dirigente que intentó relacionarse con los movimientos más importantes de su época, desde el peronismo hasta la Revolución Cubana y la insurgencia campesina peruana.

Por Manuel Martínez*. Fue a principios de los años 80, en uno de los tantos viajes que hiciera Nahuel Moreno al Perú por razones políticas. Salíamos del restaurante Mario, en la esquina de las avenidas Tacna y Colmena, en el centro de Lima, cuando de pronto se produjo un inmenso apagón, uno de los tantos provocados por Sendero Luminoso. Había que tener mucho cuidado porque en esa oscuridad total pasaba cualquier cosa, las camionetas de la policía disparaban al aire, los taxis no paraban, la gente corría aterrorizada.

Tomé a Moreno de un brazo y le propuse caminar unas cuadras hasta mi casa. Lo recuerdo como si fuera hoy por la enorme responsabilidad que sentí. Sabía con quién estaba en semejantes circunstancias. Me encontraba en esa noche negra y violenta con Hugo Miguel Bressano, conocido desde los años ’40 como Nahuel Moreno, fundador de la más importante corriente del trotskismo argentino y latinoamericano del siglo XX. Y estábamos nada menos que en Lima, donde Moreno había sido procesado en los ’60 por una serie de expropiaciones a bancos realizadas por un sector de esa corriente para financiar la lucha campesina liderada por Hugo Blanco.

Estaba con “el representante de la Cuarta Internacional en América Latina”, como nos había dicho el secretario general del APRA, Armando Villanueva, a Blanca Hurtado y a mí, en 1979, cuando lo entrevistamos en La Tiendecita Blanca de Miraflores para pedirle la firma de Víctor Raúl Haya de la Torre -por entonces presidente de la Asamblea Constituyente del Perú- solicitando al gobierno dictatorial de Brasil la libertad de Moreno, apresado en una de las tantas reuniones preparatorias de la fundación del Partido de los Trabajadores (PT).

Las andanzas de Moreno nunca se detuvieron y fueron parte de nuestra escuela militante. Había estado preso en Bolivia en los ’60 y después en la limeña cárcel de Lurigancho. Cuando la Triple A envió a los medios argentinos su primera “lista negra” de condenados a muerte, el 30 de enero de 1974, su nombre figuraba junto a los de Mario Roberto Santucho, Raimundo Ongaro, Agustín Tosco y Silvio Frondizi.

No voy a seguir contando anécdotas de quien reconocí como mi maestro en el marxismo hace 45 años. A 31 de su partida, tal vez sean más útiles algunas modestas reflexiones sobre su trayectoria revolucionaria. No reivindico a Moreno desde una “ortodoxia” que se arroga “la interpretación correcta” de su pensamiento ni, mucho menos, me ubico entre sus múltiples detractores que discursean desde tribunas carentes de vida. Ambos extremos dogmáticos son inconducentes manías.

Moreno fue, sin dudas, un dirigente polémico. Ante todo por su audacia, siempre buscando un camino hacia la revolución y relacionándose con nuestra compleja realidad latinoamericana. Lo reivindico por su “heterodoxia” (entre comillas, porque cualquier heterodoxia, al final, equivale a herejía). Siempre sus diversos ensayos teórico-prácticos abrevaron en la lucha de clases concreta de nuestros pueblos, con luces y sombras. Él mismo decía que la historia de la corriente que fundó era la historia de sus errores y definió al suyo como un “trotskismo bárbaro”.

Toda su trayectoria estuvo marcada por el objetivo estratégico de construir una herramienta política propia de la clase trabajadora. Y lo mejor es que no lo hizo desde una mirada dogmática sino desde el reconocimiento real del peronismo de esa clase en Argentina. En los años ’50, cuando se incrementaba la ofensiva del imperialismo yanqui en Latinoamérica, su pequeño grupo trotskista ensayó diversas tácticas, aproximándose al peronismo antes del golpe gorila de 1955, luchando juntos contra ese golpe en junio y septiembre de ese año y luego sumándose a la heroica resistencia peronista.

Este ensayo herético, en el cual hubo también desviaciones oportunistas, fue sin duda toda una prueba de vida. Se ha criticado duramente a Moreno por ello. Yo lo reivindico plenamente y lo entiendo como escuela de construcción política. Palabra Obrera, uno de los periódicos clandestinos de esa resistencia que él dirigía junto a Ángel Bengochea, publicaba artículos de John William Cooke. La búsqueda de una posible herramienta propia de la clase trabajadora no podía hacerse desde los márgenes. Había que jugarse y así lo hizo Moreno.

A fines de los ’50 y principios de los ’60, en plena Revolución Cubana, estalló en el sur del Perú, en los valles de La Convención y Lares, una inmensa rebelión campesina por la reforma agraria. Su principal referente, Hugo Blanco, era un militante trotskista formado en La Plata en la corriente de Moreno.

Para la izquierda peruana era algo incomprensible ya que, supuestamente, el trotskismo no tenía nada que ver con el campesinado. Moreno lo alentó y se involucró con ese proceso, mostrando una comprensión no obrerista de la lucha de nuestros pueblos. Blanco lideró una reforma agraria desde abajo que expropió tierras y expulsó terratenientes, defendiendo las conquistas con armas. Los esbirros lo condenaron a muerte, pero no pudieron, y purgó largos años de prisión en la isla de El Frontón.

En todo ese proceso, en el cual también hubo errores, Moreno jugó un papel fundamental. Hace 30 años, cuando miles de militantes del Movimiento al Socialismo (MAS) despedían a su dirigente, Blanco envió un mensaje: “Reconozco en él a mi mayor maestro del marxismo y siempre lo he reconocido así, a pesar de que los avatares de la lucha revolucionaria hace años que separaron nuestros caminos. Latinoamérica ha perdido a un incansable e inteligente combatiente de la revolución”.

Otro aspecto de la búsqueda de Moreno en los ’60, tan importante como disruptivo, fue la unificación entre Palabra Obrera (nombre del periódico que se extendió a toda la organización) y el Frente Revolucionario Indoamericano Popular (FRIP), liderado por Mario Roberto Santucho, que dio lugar al Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Un ensayo sin sectarismos ni dogmatismos. Que una organización trotskista se unificara con un grupo de izquierda populista indica la apertura de Moreno hacia los fenómenos políticos reales del momento. Reivindico esa apertura, primero hacia el movimiento obrero peronista, después hacia la lucha campesina y en este caso hacia una corriente focalizada en el noroeste argentino que poco tenía que ver con la clase obrera tradicional.

Mi reivindicación también es herética. Es la de un discípulo, como tantos y tantas, que sigue buscando -modestamente- el camino de la revolución, aunque ya no en los marcos del trotskismo (mucho menos si vemos en lo que se ha transformado en los últimos años). Reivindico de mi maestro su audacia, sus ensayos que rompieron esquemas teóricos, su acción permanente, sus giros abruptos, su incansable búsqueda del camino de la liberación. Lo conocí en la fundación del Partido Socialista de los Trabajadores (PST), en diciembre de 1972. Lo seguí hasta su muerte, el 25 de enero de 1987. ¡Hasta el socialismo, siempre!

* Fundador y militante del PST. Actualmente integrante de Patria Grande.

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