El Mundo

30 diciembre, 2016

Obama vs. Putin, capítulo final: EE.UU. sanciona a Rusia por “ciberataques”

El gobierno estadounidense dispuso la expulsión de 35 diplomáticos y el cierre de dos propiedades rusas en su territorio. Responsabilizan a Putin por el hackeo de cuentas relacionadas con el Partido Demócrata durante la campaña electoral.

A menos de un mes de terminar su mandato, Barack Obama se las arregló para tener dos momentos de alta tensión diplomática. A la decisión de no vetar la resolución de la ONU respecto a las colonias israelíes en Jerusalén Este y Cisjordania, se suma el anuncio de sanciones a Rusia por supuestos ciberataques cometidos durante la campaña electoral estadounidense.

El principal objetivo de los ataques habría sido el Comité Nacional Demócrata (DNC, por sus siglas en inglés), órgano de dirección del partido del presidente saliente. Pero también habrían sufrido hackeos sitios de think tanks y universidades de extracción liberal.

La principal medida tomada por Obama es la expulsión de 35 ciudadanos rusos, a los cuales el gobierno de Putin presenta como diplomáticos pero que para los estadounidenses son agentes de inteligencia.

Además, dispuso el cierre de dos propiedades rusas en territorio estadounidense. Una en Centreville, Maryland, que había sido adquirida por la Unión Soviética en 1972, y otra en Riverdale, en las afueras de la ciudad de Nueva York, que funcionaba como residencia diplomática desde 1974. Ambas, según el gobierno estadounidense, eran utilizadas para tareas de inteligencia.

“Estas acciones no son la totalidad de nuestra respuesta a las actividades agresivas de Rusia”, afirmó Obama. “Continuaremos tomando una variedad de acciones en el momento y lugar que elijamos, algunas de las cuales no serán públicas”.

Desde el Kremlin, aseguraron que las sanciones son “una manifestación de una política exterior impredecible e incluso agresiva” y que se debe esperar una respuesta “adecuada y recíproca”.

Assange, el enemigo preferido

La acusación formulada por los servicios de inteligencia estadounidenses es relativamente simple. Un grupo de hackers trabajando de manera coordinada, o incluso recibiendo órdenes del gobierno de Putin, hackeó cuentas de correo electrónico del DNC y de John Podesta, jefe de campaña de Hillary Clinton, y cedió lo encontrado allí a Wikileaks para su publicación.

Según esta acusación, el objetivo era apuntalar la candidatura de Donald Trump y disminuir las chances de victoria de Clinton. En una entrevista reciente, el propio Podesta afirmó que la elección había estado “distorsionada por la intervención rusa”.

La búsqueda de un chivo expiatorio por la inesperada derrota electoral encontró en la combinación de Assange y Putin el objetivo perfecto para los demócratas. Sin embargo, es difícil considerar seriamente que la filtración de los correos de Podesta -que en líneas generales no contenían información demasiado sensible- pueda haber sido determinante en la derrota de Clinton.

Semejante teoría se convierte prácticamente en un halago para el gobierno ruso. La administración de Obama se esforzó en múltiples oportunidades por marcar la “debilidad” de Putin, por lo que explicar la derrota de su partido por la intervención extranjera se convierte en una admisión del poderío de Moscú.

Guerra Fría, la remake

A punto de terminar la relación de ocho años entre las administraciones de Obama y Putin, el balance inevitablemente habla de la mayor tensión entre Estados Unidos y Rusia desde la caída de la Unión Soviética.

Si bien algunos esfuerzos coordinados pudieron llegar a mostrar lo contrario, en particular el acuerdo nuclear con Irán, que no hubiera podido concretarse sin la intervención rusa, los puntos de conflicto fueron amplia mayoría.

La anexión de Crimea y la posterior imposición de sanciones por parte de Estados Unidos, y la intervención rusa en la guerra de Siria apoyando directamente al gobierno de Bashar Al-Assad, marcaron los momentos álgidos de esta tensión.

Como en un dejá-vu de la Guerra Fría, rusos y estadounidenses se miran pero no se tocan en el terreno militar. Aunque en Siria se pisan prácticamente los talones, operan en diferentes territorios. La presencia de entrenadores militares norteamericanos entre las tropas del este de Ucrania es pública, pero en ninguna de las escaramuzas recientes en la región del Donbass se supo de su participación.

Donald y Vladimir, ¿una historia de amor?

El 20 de enero de 2017, Donald Trump asumirá como presidente de los Estados Unidos. En campaña y aún luego de ganar las elecciones, el multimillonario elogió al primer mandatario ruso.

La designación de Rex Tillerson, CEO de ExxonMobil con amplios lazos, incluso de amistad, con Vladimir Putin (que incluso lo condecoró con la Medalla de la Amistad en 2013), como secretario de Estado, hace aparecer como probable un calentamiento de las relaciones e incluso el levantamiento de las sanciones de 2014, algo que implica un interés directo para Tillerson.

Más allá de la aparente cercanía ideológica entre Trump y Putin, lo cierto es que los conflictos de intereses entre Rusia y Estados Unidos son inevitables. Dos potencias globales como estas naciones chocarán más temprano que tarde.

Por caso, un escenario en el que el nuevo presidente estadounidense plantee un apoyo abierto al gobierno de Bashar Al-Assad en Siria, o acepte la anexión de Crimea, es improbable. No tanto por su propia decisión si no porque sus colegas republicanos en el Congreso no lo aceptarían.

Más allá de las esperanzas que alberga el gobierno ruso respecto a la presidencia de Trump, las relaciones entre ambos países no van a dar un giro de 180 grados. La pregunta, entonces, es si la historia de amor entre Vladimir y Donald terminará con un corazón roto.

Nicolás Zyssholtz – @likasisol

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