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28 noviembre, 2016

Black Sabbath: he visto a las estrellas desaparecer en el sol

Este sábado 26 Black Sabbath, la más grande banda del subgénero «más salvaje, proletario y fraternal del rock» se despidió para siempre de Argentina con un recital en el estadio de Vélez en el marco de su gira mundial «The end tour». Una noche de emociones masivas y un listado de temas a pedido de los fanáticos.

Todo fue lo que tenía que ser. La mañana lluviosa que mutó en un atardecer grisáceo, los encuentros tempranos con amigotes, las interminables discusiones entre birras sobre discos, canciones, músicos con una coincidencia casi unánime: la que tocaría en un rato más por última vez en nuestra tierra es, además de la primera, la más grande banda que haya dado el subgénero más salvaje, proletario y fraternal del rock, el heavy metal.

Para calentar motores hubo dos bandas. Primero, a eso de las 19, el crédito nacional: Viticus, la máquina de rocanrol del canciller Vitico, veterano de mil batallas y aún dando pelea, el que en los 60 se peleó a piñas en un bar con los The Who por un asunto de drogas, el hombre de la tónica pedal, el más fiel ladero que tuvo Pappo. Una hora después fue el turno de los californianos Rival Sons, una banda zeppelineana comandada por el -gran- cantante Jay Buchanan.

Apenas pasadas de la 21, las luces se apagaron y en la pantalla una bestia apocalíptica desataba su furia sobre una ciudad en llamas. Después el sonido del arrastrar de cadenas, de lluvia y los tres acordes tenebrosos de «Black Sabbath» -la canción- dieron comienzo al show.

La banda, ajustadísima en el bajo desaforado de Geezer Buitler, la sangre joven del baterista Tommy Cufletos -reemplazante del irremplazable Bill Ward- y la distorsión atronadora de los riffs en la SG del -como dijera Ozzy al presentarlo- mejor y único: Tony Iommi. Encima de ellos un Ozzy Osbourne que, incluso regulando un poco para que sus casi 68 años le permitan llegar entero al final de la gira, sigue dando cátedra. Una voz filosa en la que aún habita un peligro latente, una amenaza, algo a punto de estallar.

Con poca interacción con el público -los nombres de los temas, la presentación de la banda, una breve, inesperada y emotiva mención a Fidel más los consabidos llamados a que la audiencia enloquezca y los «We love ya»- Sabbath desgranó una lista de temas hecha para conformidad de todos, compuesta casi completamente con temas de los primeros cuatro discos de la banda.

Después de «Rat Salad», en la pantalla aparecieron tomas de un show en el Hammersmith Odeon de Londres, de la gira de 1978 de Never Say Die. Un sonriente Iommi de grandes mostachos, un Ozzy completamente vestido de blanco y con flecos en las mangas, un Gezzer con las manos como arañas sobre un Rickenbaker 4001, hasta que, al llegar a un Bill Ward casi cuarenta años más joven aporreando los parches, la imagen se fundió en la de Cufletos -lookeado como una Ward 2.0- que dio comienzo a un solo que sirvió para darle aire a los tres miembros fundadores y explicar tácitamente el porqué del reemplazo de la cuarta pieza de la oscura maquinaria sabbathera.

¿Después? El demoledor «Iron Man», «Dirty Woman» (la canción más moderna que hicieron, de 1976) y el huracán «Children Of The Grave», con los músicos envueltos en llamas en la pantalla.

Y el bis más esperado: «Paranoid».

De los brazos en alto y el saludo al público mucho no puedo contar: los ojos llenos de lágrimas no dejaron ver demasiado. Se fueron los más grandes de todos. Y pudimos decirles adiós. ¿Qué más puede decirse?

The end.

Kike Ferrari – @KikeFerrari1

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