América del Norte

10 octubre, 2016

Clinton vs. Trump, capítulo 2: festival de la chicana

El segundo debate presidencial se dio entre insultos y referencias a los recientes escándalos de los candidatos. El republicano, que llegaba en el peor momento de su campaña, logró sobrevivir y Hillary no fue capaz de darle un golpe de knock out.

Apenas trece días pasaron desde el primer debate presidencial en Estados Unidos. Parecieron años. Cuando Hillary Clinton y Donald Trump volvieron a encontrarse este domingo, en la Universidad Washington en Saint Louis, Missouri, todo había cambiado. Lo que para el 26 de septiembre era una elección pareja, ya no lo es. En aquel momento, el magnate neoyorquino había logrado presentarse como una alternativa real y se había puesto cabeza a cabeza en las encuestas; hoy, la cancha ya está inclinada a favor de la ex secretaria de Estado.

Por si fuera poco, los días previos al debate transcurrieron de la peor manera posible para el candidato republicano.Tras la revelación el pasado jueves en el Washington Post de un audio en el cual se lo escuchaba decir que a un hombre como él las mujeres le dejan “hacerles lo que quiera” y sugerir que podía agarrarlas de los genitales, decenas de prominentes miembros de su partido le retiraron el apoyo. Entre ellos se cuentan nombres tan notorios como sus predecesores inmediatos en la candidatura republicana, John McCain y Mitt Romney, y la ex secretaria de Estado Condoleezza Rice. Ésta última, incluso, sugirió en su página de Facebook que Trump debería abandonar la carrera presidencial y dejar que otra persona ocupe su lugar.

Para Hillary, tampoco fueron días relajados, aunque su equipo se mostró más efectivo a la hora del control de daños. El portal WikiLeaks publicó recientemente una serie de correos electrónicos procedentes del servidor privado usado por Clinton cuando era secretaria de Estado, una metodología que llevó incluso a una investigación judicial, sin consecuencias hasta el momento. La posibilidad de un contraataque de Trump haciendo referencia a los escándalos sexuales protagonizados por su esposo, el ex presidente Bill Clinton, también requirió atención por parte del cuartel demócrata.

Trapitos al sol

El formato propuesto se denominó town hall, como se conoce en Estados Unidos a los eventos en los que funcionarios electos responden directamente a preguntas formuladas por los ciudadanos. La naturaleza de esta idea llevó rápidamente a un ida y vuelta con niveles alto de tensión, en el cual los dos candidatos estuvieron siempre al borde del insulto liso y llano.

Uno de los moderadores, el presentador de la CNN Anderson Cooper, no perdió tiempo a la hora de ocuparse del “elefante en la habitación”. Su primera pregunta se refirió al video filtrado por el Washington Post en los últimos días. Donald Trump no se mostró cómodo con la respuesta. Tras asegurar que se trataba de una “charla de vestuario”, decidió correrse del eje y afirmar: “Tenemos que ocuparnos de cosas mucho más importantes. Hay que ocuparse del Estado Islámico”. Si bien ensayó una disculpa, se lo vio más preocupado por evitar el tema que por pedir un perdón sincero.

Hillary, por su parte, afirmó que esto demuestra “quién es Donald Trump”, y aprovechó la oleada de republicanos oponiéndose a su propio candidato para afirmar que “no es apto para ser presidente”. Trump no tuvo mucho éxito intentando contraatacar trayendo a colación la historia de Kathy Shelton, una mujer que acusó a Bill Clinton de violación en 1978, cuando ella tenía 12 años.

Fallida esta estrategia, y habilitado por otra pregunta de Cooper que hizo referencia al escándalo del servidor privado de correo de Clinton, el magnate neoyorquino afirmó que, de ser electo presidente, instruiría al Procurador General para elegir un fiscal especial encargado de investigarla.

“Es horriblemente bueno que alguien como Trump no esté a cargo de las leyes del país”, respondió Hillary. “Porque estarías en la cárcel”, cerró “The Donald”. Aunque a los acostumbrados a la política argentina puede no llamarles la atención semejante afirmación, que un candidato presidencial amenace a otra con meterla presa es un hecho sin precedentes para Estados Unidos, y sin duda traerá cola en los próximos días.

Volver al futuro

En determinado momento del debate, algún televidente distraído pudo pensar que se trataba de una repetición del cruce entre Ronald Reagan y Jimmy Carter. ¿Por qué? Porque Rusia se llevó una buena porción de la discusión, en una especie de revival de la Guerra Fría.

Ante una pregunta sobre la filtración de WikiLeaks de sus correos electrónicos, Hillary acusó al gobierno de Vladimir Putin de estar detrás del “hackeo”, y afirmó que la nación euroasiática estaba intentando influenciar al público estadounidense para votar por Trump. El candidato republicano respondió que “no sabe nada sobre Rusia” pero que “sería genial llevarse bien con ellos para poder derrotar al Estado Islámico”.

Justamente a la hora de hablar de la situación en Siria e Irak, y específicamente de los bombardeos sobre Aleppo, Putin volvió a aparecer en el escenario. Clinton acusó al gobierno de Assad y sus aliados rusos e iraníes de cometer crímenes de guerra en aquella ciudad. Algo similar había afirmado Mike Pence, compañero de fórmula de Trump, en el debate vicepresidencial del pasado martes.

El candidato republicano no tuvo reparos en afirmar que no estaba de acuerdo con Pence, y asegurar que “Rusia e Irán son los que están matando al Estado Islámico” y que la política propuesta por Clinton de apoyar a los “rebeldes moderados” no tiene sentido, ya que en Libia “los rebeldes demostraron ser peores que Gaddafi”.

Una jugada arriesgada para Trump, teniendo en cuenta que si algo ha dejado plantado la Guerra Fría en el inconsciente colectivo estadounidense es un rechazo natural a todo aquello que tenga olor a Rusia.

La aguja no se mueve

Tras los escándalos que precedieron al debate, había expectativas del lado demócrata de ver una autodestrucción de Trump, y del lado republicano de una presentación lo suficientemente mala de Clinton para volver a meter a su candidato en la discusión. Ninguna de las dos cosas ocurrieron.

Donald Trump se mostró lo suficientemente sólido como para terminar con las voces que pedían que se bajara de la candidatura menos de un mes antes de la elección, otro hecho que no tendría precedentes en la historia moderna estadounidense. Pero no tan sólido como para pensar que pueda recuperar la posición que tenía en las encuestas hace un mes.

Hillary Clinton, en tanto, pudo aprovechar bien el mal momento de su adversario, aunque no lo suficiente como para darle un golpe de knock out. Como viene ocurriendo en las últimas semanas, asumió una posición conservadora a sabiendas de que, si no comete errores, va a ganar las elecciones.

El 8 de noviembre, la carrera se definirá en las urnas. Antes, el 19 de octubre, los dos candidatos se cruzarán por última vez en la Universidad de Nevada, en Las Vegas. ¿Qué puede pasar hasta entonces? Difícil saberlo, pero la campaña más impredecible de la historia seguramente tenga otra sorpresa guardada.

Nicolás Zyssholtz – @likasisol

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