Batalla de Ideas

30 septiembre, 2016

Ajustar el cinturón o ganar elecciones: el dilema de Cambiemos

Por Martín Ogando. La economía y la política son hermanas siamesas, pero a veces se agarran a golpes. Casta política y empresariado: unos quieren maximizar ganancias, otros necesitan ganar elecciones. Reproducción del capital y producción de consenso son dos caras de una misma moneda, pero sus lógicas son bien distintas.

Por Martín Ogando. La economía y la política son hermanas siamesas, pero a veces se agarran a golpes. Casta política y empresariado sostienen un vínculo promiscuo pero contradictorio. Unos quieren maximizar ganancias, otros necesitan ganar elecciones. Reproducción del capital y producción de consenso son dos caras de una misma moneda, pero sus lógicas son bien distintas.

Esto, que puede resultar una verdad de perogrullo, asume características notables con la actual administración. Mauricio Macri es portador de una fuerte determinación de clase que se expresa en origen, discurso y en la propia composición de su gabinete. Después de todo, no tuvo empacho en anunciar que venía a terminar con el populismo. Esta vocación no se quedó en amenazas.

Mega devaluación y reducción de retenciones, miles de empleados públicos despedidos, desmantelamiento de programas, quita de subsidios y tarifazo, facilidades para la especulación financiera y la fuga de capitales, realineamiento internacional con EEUU, e intento de cepo al salario, que se llevó no menos del 10% de su poder adquisitivo. Una economía en franca recesión, el desempleo rondando los dos dígitos, 13 millones en la pobreza, son datos que no surgen de la noche a la mañana. Se cocinaron a fuego lento en los últimos años de administración kirchnerista, pero fueron brutalmente profundizados por la orientación del actual gobierno.

Pero Mauricio Macri es también el presidente que se consagró por una diferencia de apenas el 1,5% de los votos, que carece de mayoría propia en el Congreso y que aún debe demostrar su capacidad de mantenerse a flote en aguas tempestuosas. Se trata de un liderazgo que necesita revalidar sus títulos semana a semana y confirmar que su triunfo tiene bases más sólidas que el humor antikirchnerista de una mayoría exigua y circunstancial. Para eso necesita ganar las elecciones de 2017. Y las elecciones no se ganan ni con despidos, ni con políticas contractivas del consumo, ni con promesas de inversiones por venir.

Presupuesto

Una de las vidrieras del dilema macrista es el mismísimo proyecto de presupuesto. En él se ven las marcas de un gobierno que pretende otorgar más lugar al mercado, desregular, desmontar controles y protecciones, pero sobre todo disciplinar a la clase trabajadora. Por eso se pretenden atar los futuros aumentos salariales a una inverosímil pauta del 17% de inflación.

Sin embargo, sobre estas marcas se sobreimprimen con fuerza las tradicionales huellas de un presupuesto de año electoral. Por eso el déficit fiscal, tantas veces criticado, se sostiene en niveles altos. Por eso el 2017 culminará con un dólar retrasado, al menos a juicio de los exportadores. Por eso la obra pública se coloca como baluarte de la reactivación. ¿Estatismo? No, el pragmatismo básico para ganar una elección de medio término y, a partir de allí, reunir la fuerza necesaria para encarar reformas y ajustes de mayor profundidad.

La llave fundamental con la que cuenta el gobierno es una extraordinaria capacidad de endeudamiento. Esa parte de la herencia recibida fue aceptada y utilizada gustosamente, y lo será aún más el año que viene. Treinta y ocho mil millones de dólares buscarán ser el lubricante para una economía necesitada de divisas y con un déficit comercial que amenaza prolongarse, a contramano de lo ocurrido en gran parte de la pasada década. El mecanismo es harto conocido: pan para hoy y hambre para mañana, cuando toque pagar los intereses.

Internas

Estas tensiones se expresan también en las diversas internas y necesidades contrapuestas que comienzan a aparecer la alianza oficialista. Los guardianes de la ortodoxia, -que no escasean y tienen peso importante en distintas áreas de gobierno-, tienen como abanderado a Federico Sturzenegger, que lleva con rienda corta el control sobre las tasas y el circulante en papel. Sus muchos cortocircuitos con Prat-Gay y otros ministros son, en parte, expresión de estas necesidades contradictorias con las que tiene que lidiar el gobierno. Por supuesto que aquellos que se sienten mayor vértigo son quienes tienen que revalidar liderazgos locales o provinciales en las elecciones de 2017. En el fondo y a su manera desean que Macri versión 2017 se acerque un poco al modelo Cristina 2011.

Párrafo aparte merece la situación de María Eugenia Vidal. La flamante presidenta del partido en la provincia de Buenos Aires es la figura política más relevante con la que cuenta el PRO, luego del propio Macri. Más aún, todas las encuestas marcan que no carga con una caída en su imagen tan pronunciada como la de su jefe, a pesar de estar al frente de un distrito donde la temida crisis social parece golpear la puerta.

Protagonista del batacazo de la elección y dueña de ambiciones sin techo se encuentra sin embargo en el ojo del huracán. Tiene que conducir un distrito siempre dependiente de las finanzas nacionales, con gremios movilizados y un Conurbano que ha sufrido como pocas regiones los efectos más dolorosos de las últimas medidas económicas. Si bien no pondrá en juego su labor ejecutiva, una derrota en las legislativas puede trocar batacazo por decepción, y alimentar una vez más el mito de la maldición bonaerense, cuyo última victima fue el mismísimo Daniel Scioli.

La gestión económica no es la única preocupación de la gobernadora bonaerense. La lucha contra la inseguridad, uno de los principales caballitos de batalla del macrismo, puede convertirse en un arma de doble filo. Su utilización política no reviste novedad, ya que se trata de un tema con gran peso en la opinión publica. Por otra parte, la llamada guerra contra el narcotráfico y el delito excede el mero oportunismo electoral, y suele ser utilizada para el reforzamiento del control social y cercenamiento de derechos democráticos.

En la provincia de Buenos Aires el tema es delicado. La disyuntiva de Vidal puede terminar siendo optar entre poner en agenda un problema que no se resolverá, dada la compleja imbricación entre crimen organizado, mafias policiales y poder político, o intentar alguna reforma más profunda, lo que la llevaría a confrontar con dichos poderes, con resultados por demás inciertos.

Errores, sindicatos y empresarios

Mientras tanto el gobierno necesita calibrar errores propios y concitar apoyos o paciencias ajenas. El resbalón con el tarifazo del gas supuso un alto costo, aunque ahora parezca encaminado. No sólo deterioró la valoración positiva del gobierno, sino que sembró dudas sobre su capacidad para lidiar con un ajuste que reúna un mínimo de consenso.

En un contexto donde la conflictividad social amenaza escalar la CGT acaba de otorgarle una tregua que vale oro. En medio de reclamos por la reapertura de paritarias de varios gremios, y a pesar de las reiteradas amenazas, el pragmatismo negociador se impuso y el paro no se concretará, al menos por lo próximos diez días. La exención de ganancias para el medio aguinaldo y una suma fija a fin de año pueden ser razones suficientes para que 2016 termine transcurriendo sin huelga general. En ese caso las CTA tendrán que definir curso propio, aunque por supuesto de mucho menor impacto. Punto a favor del gobierno, que si bien no le saldrá gratis, tal vez sí más barato de lo esperado.

El gran capital local y extranjero siente indudable afinidad ideológica con Mauricio Macri y su gobierno, pero sin embargo duda. Duda de la capacidad de un experimento político nuevo para domar las tortuosas idas y vueltas de la sociedad argentina. Espera señales de mayor previsibilidad y estabilidad política, antes de sacar la billetera del bolsillo. Y una de esas señales será la capacidad (o no) del oficialismo para conquistar una mayoría oficialista en el parlamento. Recién allí, estará más claro el panorama y podrían convertir ideología en vil metal.

@MartinOgando

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