América del Norte

27 septiembre, 2016

Clinton-Trump, primer round: un debate picante que no movió la aguja

El primer choque cara a cara entre la candidata demócrata y el republicano estuvo plagado de cruces verbales, pero no mostró mayores sorpresas. Ambos respetaron sus papeles y salieron enteros, aunque Hillary dejó una mejor imagen.

El 1 de febrero de 2015, en el Estadio de la Universidad de Phoenix, los New England Patriots se recuperaron de una desventaja de 10 puntos para derrotar por 28-24 a los Seattle Seahawks y alzarse con el título del XLIX Super Bowl, el evento que define al campeón del fútbol americano. Más de 114 millones de personas vieron el partido por televisión en los Estados Unidos. Un número similar observó anoche el primer debate presidencial entre Hillary Clinton y Donald Trump. Aunque no exento de emotividad, el choque en la Universidad Hofstra no dejó demasiadas novedades y, sin dudas, no planteó el escenario para una remontada histórica como aquella de los Patriots.

Tanto la ex secretaria de Estado como el magnate neoyorquino se mantuvieron firmes en sus roles. Hillary, diplomática, no perdió la calma ante los ataques verbales de Trump, que la interrumpió 51 veces y aseguró, entre otras cosas, que no pagar impuestos federales lo convertía en “inteligente” -no en evasor. Nada nuevo bajo el sol.

Hacia adentro

La pregunta inicial del moderador, Lester Holt, acerca de la generación de empleo en el país, le permitió a Donald Trump lucirse, en una nueva demostración de su compleja relación con la realidad: “Nuestros trabajos se están escapando del país. Se van a México y muchos otros países”. Tres segundos desde el inicio de su intervención hasta la primera mención al vecino del sur. El candidato republicano evidentemente no ve una contradicción entre los cientos de miles de inmigrantes que cruzan la frontera hacia el norte y los puestos de trabajo que supuestamente lo hacen hacia el otro lado. Piensa combatir los dos.

Aunque el fact-checking instantáneo destrozó todas sus afirmaciones, Trump pudo abrir el debate con la columna vertebral de su discurso. Hillary, en tanto, no se salió de los esquemas, mantuvo la vista en el teleprompter y apenas atinó a insinuar lugares comunes respecto a “invertir en la clase media” y “tener tratos comerciales justos y equitativos”. A pesar de todo, punto para Donald.

Tras una semana compleja, con seis días de protestas y toque de queda en Charlotte, tras el asesinato de un afroamericano a manos de la policía, las tensiones raciales de la sociedad estadounidense iban a formar parte del debate. Clinton siguió sin salirse de libreto: “Tenemos que trabajar entre la población y la policía, que tiene buenos agentes. Hay que sacar las armas de las manos de quienes no deben tenerlas”.

Trump, por su parte, demostró nuevamente que no está interesado en el voto de todo un sector de la población: “Hoy recibí el apoyo de la Orden Fraternal de Policía. Las comunidades negra e hispana están viviendo en el infierno porque las calles de las ciudades son muy peligrosas. Necesitamos ley y orden”.

Hacia afuera

La política internacional no fue tema central de este primer debate. Sin embargo, cuando estuvo sobre la mesa, fue la oportunidad ideal para que Clinton se mostrara, firme en su rol de candidata del establishment político, como más presidenciable.

Luego de afirmar que Israel, Arabia Saudita y Japón deberían “pagarle” a Estados Unidos por su protección militar, Trump planteó dudas acerca de si el país debería responder a una agresión de Rusia contra una nación miembro de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN). Se reafirmó en su supuesta oposición a la guerra en Irak “desde el principio”, algo que fue desmentido en multitud de oportunidades, y atacó a Hillary por hacer públicos sus planes para derrota al Estado Islámico. “Por lo menos yo tengo un plan”, le devolvió la candidata demócrata, que sin complicarse demasiado salió más que airosa de este tópico de discusión.

Mano a mano

Los dos candidatos eran conscientes de las cuestiones “personales” que podían ser utilizadas por su rival en el debate. En el caso de Clinton era el escándalo por el uso de un servidor privador de mail para tratar cuestiones de Estado con su equipo; en el de Trump, su público y alegre carácter de evasor fiscal.

Nuevamente, victoria para Hillary en esta área, en lo que quizás fue su momento más alto de la noche. “Cometí un error al utilizar un correo electrónico privado. Si lo hiciera de nuevo lo haría distinto pero no voy a poner excusas”, se adelantó a su rival, antes de preguntarse: “¿Por qué no presenta su declaración de impuestos, como todos los demás? Tal vez no es tan adinerado como dice. Investigaciones periodísticas nos dijeron que le debe 650 millones de dólares a Wall Street y a bancos privados (…) Quizás no quiere que los estadounidenses sepan que no ha pagado nada en impuestos federales”.

“Eso me hace inteligente”, devolvió Trump, consumado apologista de la evasión fiscal. Tratando de esquivar la bala, afirmó: “Se necesita una persona que sepa manejar dinero. Hemos gastado 6 mil millones de dólares en Medio Oriente. Tenemos problemas muy serios, estamos en deuda y necesitamos nuevas rutas, hospitales y escuelas”.

– Quizás falta dinero porque usted no pagó impuesto federales durante años -chicaneó Hillary.

– Habría sido desperdiciado.

Los números

Fue un debate muy picante en términos verbales, pero sin mayores sorpresas. Los dos respetaron sus papeles: Hillary, candidata de la política, capacitada para ser presidenta; Trump, outsider, políticamente incorrecto. Es difícil pensar que tras la perfomance de ambos alguien en la multitud de indecisos que aún quedan se haya inclinado para uno o otro lado.

Sin embargo, la mayoría de los estudios posteriores al debate muestran a Clinton como ganadora, justo en el momento en que las encuestas mostraban el margen más ajustado de toda la campaña, y empezaban a poner en duda la capacidad de la candidata demócrata para reunir los 270 delegados necesarios para ser electa.

Nada de lo que ocurra ahora, un mes y medio antes de la elección, será definitivo. En 2012, Mitt Romney salió muy bien parado del primer debate con Barack Obama, y convirtió lo que hasta entonces parecía un triunfo cómodo del presidente en una elección disputada. El efecto, igualmente, fue temporal, Obama se recuperó en las encuestas, mejoró en los debates posteriores y se llevó la elección por casi cuatro puntos de diferencia.

Trump y Clinton brindaron un maravilloso espectáculo televisivo. En términos políticos, dejaron más bien poco. Fue el primer round de esta pelea a tres. La próxima cita será el 9 de octubre en la Universidad de Washington en Saint Louis, Missouri. Hasta entonces, la campaña menos convencional de la historia reciente en Estados Unidos seguro deparará alguna sorpresa.

Nicolás Zyssholtz – @likasisol

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