Batalla de Ideas

1 septiembre, 2016

Marchas y contramarchas, ¿la vuelta del “diálogo y el consenso”?

Por Martín Ogando. La capacidad del gobierno para construir consenso social en un contexto donde el desempleo y la inflación tocan la puerta. Imponderable para el macrismo, la calle puede mover la aguja. Mientras, desde Casa Rosada intentan un acuerdo social con la renovada CGT, empresarios y parte de la oposición política.

Por Martín Ogando. Este viernes la Marcha Federal estará llegando a la Ciudad de Buenos Aires. Una nueva protesta de envergadura seguramente desborde la Plaza de Mayo, poniendo en el centro de los reclamos la reapertura de las paritarias, el rechazo al tarifazo, y un conjunto de reivindicaciones sectoriales y regionales que reúnen a un cúmulo de agredidos por la política económica.

Datos

En las últimas dos semanas una sucesión de cifras le puso contornos más precisos a lo que muchos presentían. Estamos atravesando una recesión que impacta gravosamente en el empleo y en los índices de pobreza. La desocupación se ubica ya en los dos dígitos en los principales centro urbanos, y traspasa esa barrera a nivel nacional entre las mujeres y muy holgadamente entre los jóvenes.

Según datos oficiales en seis meses se perdieron más de 115 mil empleos registrados, lo que hace presumir una retracción ocupacional aún mayor en el trabajo en negro y las changas, sujetas a vaivenes y precariedades mayores. Sólo en la construcción, el sector más afectado, se perdieron 61.300 puestos de trabajo desde mayo de 2015. La actividad industrial, en tanto, tuvo en julio su caída más estrepitosa desde el 2002 con un derrumbe interanual del 7,9%.

Un dato novedoso amenaza con emerger: la desaceleración de la inflación, que este mes estaría por debajo del 1%. El gobierno presentará esto como una muy buena noticia y como una muestra de capacidad para contener el flagelo, al tiempo que agitará la cifra para evitar una nueva ronda de discusión salarial. Sin embargo, a nadie escapa que la inflación cae por la retracción del consumo, en línea con la tradicional receta ortodoxa de “enfriar la economía”.

Problemas y soluciones. ¿Giro táctico del gobierno?

En este contexto social la calle es una amenaza que el macrismo aún no ha conjurado. La necesidad de contener los reclamos que articulan de manera ordenada gremios y movimientos sociales, se solapa con las más fantasmática e incontrolable de un diciembre caliente en las barriadas más populosas del Conurbano o el Gran Rosario. El barullo preventivo sobre supuestas intenciones desestabilizadoras del kirchnerismo se inscribe en este registro.

Sin embargo, el guantazo más doloroso para Macri no vino de la calle sino del palacio. La resolución de la Corte que entrampó el tarifazo afectó a los “halcones” que auspiciaban la aplicación decidida y unilateral de las principales medidas de gobierno. En simultáneo, creció la certeza del ala política en la necesidad y utilidad de transitar el camino de la ampliación de consensos y el reclutamiento de apoyos. Tienen la convicción de contar con una oposición “responsable” y con motivos políticos y de caja para garantizar la gobernabilidad.

El cónclave Massa – Pichetto anunciando su disposición para aprobar el presupuesto a cambio de módicas concesiones parece confirmar esta caracterización. Lo mismo una dirigencia sindical que siempre ha dado fundadas muestras de pragmatismo y espíritu negociador. Oposición política, empresarios y la propia CGT, nada menos que este viernes, serán convocados a construir una agenda de “diálogo” y “consenso”. El nuevo cuadro tarifario, el plan federal energético, la lucha contra el narcotráfico y temas vinculados a la producción y la educación, figuran en la agenda que el gobierno pretende consensuar.

Es difícil prever cuánta vida tendrá este intento. Frigerio y Monzó son optimistas. Entienden que cuando se construyeron acuerdos se logró avanzar, como en el caso del pago a los fondos buitres, donde lograron aislar al kirchnerismo y sectores de izquierda. Sin embargo, la historia argentina ha sido ingrata con las concertaciones, grandes acuerdos, pactos sociales y demás. Por lo general se han convocado para no lograr demasiados éxitos y, luego de la foto de rigor, desarmarse sin pena ni gloria en el espiral de presiones y conflictos que diversos actores corporativos tienen capacidad de gestar.

El encuentro con la CGT tendrá importancia propia. El triunvirato ya constituido da muestras de gran disposición a dialogar. La intensidad retórica descendió bruscamente luego del 22 de agosto y la amenaza de paro aparece diluida. Más aún, la posibilidad de reabrir paritarias sería resignada como tema central de la cumbre con Triaca. Los cañones sindicales estarán en la preocupación por despidos y suspensiones, y en el tema ganancias, en tanto que desde la comitiva oficial la prioridad es la ley de empleo joven y la reforma de la ley de riesgos de trabajo.

Como sea, conociendo la dinámica dual del sindicalismo tradicional en nuestro país, el acercamiento es siempre precario, sujeto al toma y daca, pero también al termómetro de humores sociales más vastos.

Consensos y hegemonías

En estas idas y vueltas se irá jugando una partida de más largo aliento, vinculada a la capacidad del gobierno para alcanzar un consenso más o menos duradero. El gran desafío es conseguirlo en el marco de un ajuste que amenaza acelerar el descontento social. En este campo se pueden traer a colación advertencias ya pronunciadas sobre las dificultades para una tarea inédita en la Argentina: lograr factibilidad y consenso para un programa de ajuste regresivo, sin la mediación de una crisis económico-social que funcione como disciplinador preventivo de los sectores afectados.

Es por eso que las tan divergentes lecturas sobre la herencia recibida, que pugnan por instalarse, trascienden el mero pase de facturas entre rivales políticos y se colocan en el terreno de las clásicas justificaciones ideológicas para asumir medidas antipopulares. Por eso también, cada indicador negativo es portador de una potencia ambivalente. Posible acelerador del desgaste oficialista, al mismo tiempo que potencial justificador de medidas draconianas. Estamos mal pero vamos bien, versión Marcos Peña 2016.

Los cambios en la siempre etérea y interpretable opinión pública vienen siendo paulatinos, graduales, pero con un sentido claro. La inflación crece y se consolida en el tope de las preocupaciones ciudadanas con el 24,6%, según un trabajo de la Universidad de San Martín. La pobreza reaparece como un problema de agenda, subiendo en un mes del 10 al 13,9%, al tiempo que la corrupción se “pincha” del 21 al 17,6%. Mala noticia para Macri, que levantó la anticorrupción como estandarte y a la “década robada” como justificación de todos los males y sinceramientos. Así y todo, casi el 60% de los entrevistados confía en que este gobierno será capaz de revertir la situación económica.

Del mismo informe destacan otros dos datos de cuyo cruce pueden emerger lecturas interesantes. Un 70,9% ve como problemático el vínculo del ministro Aranguren con la empresa Shell. Paradójico para un gobierno de empresarios que, lejos de ocultar su origen, lo ensalza como predestinación al éxito. Claro, el 86,5% piensa que los políticos son corruptos, y tal vez resida allí una de las claves del éxito del discurso PRO.

Pero cuidado que el éxito suele tener pies de barro: un empresario que gobierna se transforma, al fin y al cabo, en un político. La construcción de hegemonía depende, por definición, de la capacidad material e ideológica que se tenga de presentar los intereses particulares de grupo como si fueran los intereses del conjunto. En la capacidad hegemónica a mediano plazo del “gobierno de los empresarios” reside una de las grandes incógnitas de la situación política.

@MartinOgando

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