Cultura

31 julio, 2016

La muerte no duele: un documental sobre Rodolfo Ortega Peña

Basado en el libro «La ley y las armas» de Pablo Waisberg y Felipe Celesia, el documental «La muerte no duele» de Tomás De Leone rescata de un olvido injusto la intensidad con la que vivió Rodolfo Ortega Peña, un idealista que no le temía al poder y que recurrió a la política como herramienta de transformación.

Basado en el libro La ley y las armas de Pablo Waisberg y Felipe Celesia, el documental La muerte no duele de Tomás De Leone rescata de un olvido injusto la intensidad con la que vivió Rodolfo Ortega Peña, un idealista que no le temía al poder y que recurrió a la política como herramienta de transformación.

Ortega Peña fue ese “hijo de la burguesía porteña -de familia católica y antiperonista, que festejó el derrocamiento del ‘tirano’-, educado para asesorar multinacionales, pero que se convirtió en abogado de organizaciones sindicales y defensor de presos políticos, historiador revisionista, militante del peronismo vinculado con organizaciones armadas, peronistas y no peronistas”.

Juró como diputado bajo la consigna «la sangre derramada no será negociada», y desde su bancada unipersonal, denunció al gobierno porque consideraba que violaba abiertamente el programa electoral.

“La muerte no duele» era la sentencia que repetía el «Pelado» cada vez que le pedían que se cuidara. Creía que la exposición pública y la lucha política junto a sus compañeros eran ese chaleco antibalas que siempre rehusó usar. Pero la noche del 31 de julio, “trece balas laceraron mortalmente el cuerpo de ese provocador de lengua filosa”. Tenía 38 años.

Obreros, universitarios y militantes de las más variadas fuerzas políticas se reunieron para despedirlo en la Federación Gráfica Bonaerense de Raimundo Ongaro. Había jefes de las organizaciones armadas, dirigentes del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) y de los Tupamaros. En medio de  un descomunal operativo, el 2 de agosto de 1974, Eduardo Luis Duhalde -su entrañable amigo- leyó durante el sepelio: “Buscó colocar su profesión al servicio de la clase obrera y lo hizo de la manera que en su momento creyó correcta. (…) No tenía una vocación suicida o destructiva. Por el contrario, era profundamente vital. Amó tanto la vida que no vaciló en morir para que otros pudieran vivir más dignamente. Porque morir por el pueblo es vivir, en esta hora de apretar los puños y de tristezas, reafirmamos aquel juramento: La sangre derramada por Ortega no será negociada. Y decimos simplemente, como a él le hubiera gustado: Ha muerto un revolucionario, ¡viva la revolución!».

Notas conversó con el director del documental, Tomás De Leone, sobre Ortega Peña, un hombre que, como pocos, participó tan intensamente en la construcción de lo público en los 60 y 70.

– ¿Qué fue lo que te llevó a indagar en una figura como la de Ortega Peña, un “tapado” de la historia?

– A mí me gusta la historia argentina, en mi casa se hablaba mucho, mi viejo era peronista. Desde muy chico tuve esa información, y sin embargo, nunca había oído hablar de Ortega Peña. Cuando supe que había habido un diputado nacional que había jurado diciendo “la sangre derramada no será negociada” me pareció algo singular que desconocía. Y si no lo conozco yo que tengo cierto conocimiento previo debe ser desconocido para otra gente, pensé. Esa fue la principal motivación.

No se puede discutir que es una personalidad poco conocida, aunque escribió más de diez libros de revisionismo histórico, fue diputado nacional, tristemente célebre por ser el primer asesinado que se adjudicó la Triple A, a pocos días de la muerte de Perón, en un gobierno democrático.

Ortega Peña es además el primero que sienta precedente en jurisprudencia acerca de cómo se juzga un acto criminal sin el cuerpo de la víctima como es el caso de Felipe Vallese. O sea, un tipo que tiene un montón de elementos para pensar, que debería ser mucho más conocido y no lo es. No es discutible si es un tapado o menos conocido que otros. Lo interesante es plantearse a qué responde eso.

– ¿Y por qué te parece que es un personaje olvidado en la historia?

– Las respuestas que me daban los entrevistados en el documental iban en la dirección de que Rodolfo siempre asumió una posición incómoda. Vamos a decirlo, incómoda frente al poder real, muy ligada a lo que él intelectualmente consideraba que estaba bien o no. Y cumpliendo el derrotero de haber estado abiertamente en contra de Perón cuando volvió. Eso lo convierte en una figura incómoda también de revalidar ahora.

¿Quiénes son aquellos que van a tomar la bandera de Ortega Peña políticamente? ¿Quiénes son capaces de revalidar su figura? Hoy por hoy hablar de Ortega Peña es hablar de una persona perseguida, según los testimonios que hice para la película y los del libro, por los servicios de inteligencia del gobierno de Perón. Hablar de Ortega Peña es hablar también de eso.

– Al mismo tiempo muchos lo hacen propio…

– Lo que sí consta es que él defendió presos políticos de todas las organizaciones armadas de los años setenta, FAR, FAP, ERP, Montoneros. Él adscribía a la causa de las personas. La hija cuenta que muchas veces los paseos que hacían era ir a la cárcel. Esa era su praxis. Es indudable que era un humanista, basta revisar qué hacía de sus días, dónde ponía el cuerpo.

– Su humanidad, la intensidad con la que vivió, es algo que se destaca en el documental.

– Había un objetivo claro en el documental que era apelar a una parte de texturas, de climas y de sensibilidad en relación a Ortega Peña. Intenté pensarlo por fuera del mármol, digamos. No me interesaba hacer un recuento cronológico. Para eso es mejor un ensayo como el que hicieron los chicos. Yo tenía la posibilidad con el cine, cuando se consigue cierto contenido poético, de aspirar a otras cosas. Además esa fue mi relación con Ortega Peña. Su modo de vivir, esencialmente, fue lo que me atrajo, que trasciende la época.

La ética del tipo se puede trasladar a cualquier tiempo. Cuando se habla de que las ideas no mueren, bueno, yo creo también que las ideas son carne. Y él era pura carne, por ser gordo y voluptuoso, bestia jugando al fútbol, comiendo y fumando todo el tiempo. Pura materia. Nadie habla de que él se perdiera algo pulsional y placentero. Feinmann, en el libro Peronismo, dice, ‘qué hubiese dado yo por ir a darle un abrazo a Ortega Peña’. Evidentemente generaba esa afectividad.

– Pensarlo por fuera del mármol implica también mostrar las fisuras, ¿no?

– En general, se tiende a desnaturalizar quiénes son los sujetos de la historia. Y los sujetos de la Historia, en mayúsculas, son tipos con falencias, a los que se les reclama una lucidez constante. Una demanda que no tenemos para con nosotros mismos. En ese sentido era importante para mí mostrar que el tipo tenía fisuras, que se fue armando, incluso con mucho más de lo que podemos ofrecer nosotros. Las personas no son solo sus mejores actos: ni el punto más alto de sus actos ni el más berreta. Entonces, Ortega Peña no es solo sus momentos de lucidez. Es eso y también lo otro.

– ¿La muerte no duele?

– Al principio pensaba «¿cómo un tipo puede decir que la muerte no duele cuando tiene dos hijos?». Yo le decía a Maia, mi mujer, que produjo el documental, que más que considerar lo de “la muerte no duele” como un hecho romántico, lo que Rodolfo está diciendo es: «Muchachos, ¿de qué otra manera quieren que viva?»

Fabiana Montenegro

“La muerte no duele” podrá verse el próximo 25 de agosto, a las 18 hs., en el Espacio Memoria y Derechos Humanos (Ex ESMA)

 

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