Cultura

6 julio, 2016

River, la nueva serie de la que todos hablan

Pasó con bajo perfil por la televisión inglesa pero su llegada a Netflix la puso a circular de boca en boca. Algunos críticos la ubican como la mejor serie del 2015. El guion más inteligente que vimos en mucho tiempo justifica su fama. Veo gente muerta.

Un auto. Dos detectives. Él es sueco, enorme, bastante elegante. Ella es inglesa pero se ríe con desparpajo y canta. La ciudad es Londres. La canción, I love to love (But My Baby Loves To Dance) de Tina Charles. Todo es convencional. Uno piensa: la típica pareja desigual que resuelve crímenes y vence sobre los canallas. Tal vez estén enamorados. Él se llama John River (interpretado por un Stellan Skarsgård extraordinario) y ella es Stevie (una adorable Nicola Walker). Y toda esta escena inicial sería de alguna manera hermosa, y hasta liviana, si ella no estuviera muerta.

La serie fue estrenada por la BBC en octubre del 2015 pero Netflix la compró y hace un mes está disponible en su plataforma. Y si uno está atento en las redes sociales ya se empiezan a ver las fotos de River y Stevie circulando. Cada vez más rápido. Cada vez más elogiados.

Las preguntas que parecen funcionar como centro de la serie no son convencionales. Hay un hombre -un detective en funciones- que sufre alucinaciones. En ellas conversa con los muertos. Canta con los muertos. Baila con los muertos. Y se pelea a trompadas con los muertos. No son fantasmas, pero son reales. Son el resto emotivo que esas personas dejaron en el detective. Por eso River puede ir una noche lluviosa en su auto, con la música a todo volumen, escuchando la voz de su compañera que fue asesinada unos días antes.

Hay un crimen y hay un detective. Con ese punto de partida podría haber sido una serie policial más pero, según dijo el propio Skarsgård a The Guardian, entonces él no hubiera aceptado el papel. De hecho ya se había cansado de rechazar protagónicos en policiales suecos: de la saga Millenium de Stieg Larsson al Kurt Wallander de Henning Mankell.

Según el actor, la escritora Abi Morgan fue la clave para que la serie se deformara y se convirtiera en la rarísima belleza que es. “Ella puede traer personas muertas -explicó Skarsgård- traer a quien quiera para crear un poco de desorden y cambiar el ritmo narrativo de la televisión. La escritura de Abi no es la escritura normal de la TV. Es complicada: hay procedimientos del género policial, pero eso nunca debe tomar el control de la historia. De lo contrario, el aire saldría del globo. Entonces sería una serie de TV normal. Y entonces yo no estaría en ella”.

River es, entonces, un psicótico. Un hombre de mediana edad (Skarsgård tiene 65 años en la vida real) que discute con sus visiones y evita a los psiquiatras. River es, también, el mejor detective de la policía metropolitana londinense. Y en este punto la serie se conecta con la enorme serie que nos dejó el 2014: True Detective.

No solo porque las dos series están construidas sobre grandes actuaciones (Matthew McConaughey y Woody Harrelson en la norteamericana). O porque ambas pueden verse también como extensas películas (de seis horas en el caso de River, de ocho en True Detective). No solo las hermana el género policial, la música que genera un clima inolvidable o la mirada social sobre el crimen. Sino, sobre todo, porque el detective central de la historia está en el borde de la razón. A un paso de la locura. Y desde esa marginalidad ve lo que nadie más ve. La tesis sería, entonces: la lucidez está en los márgenes.

John River -y sus presencias paranoicas- deben resolver el crimen de Stevie. Y, al mismo tiempo, deben resolver la enorme soledad en la que se han quedado después de la muerte de Stevie. Todos los personajes -vivos y muertos- tienen algo que decirle y nunca es fácil escucharlos. Todos están dañados, dolidos, atemorizados. Y River tiene la sensibilidad para escuchar y comprender.

Otra vez, estamos a centímetros del lugar común. Porque River podría servirse de su enfermedad y convertirla en un don. Podría ser ayudado por las visiones para resolver el crimen. Pero él está loco, no es un X-Men. Ellos, sus muertos, saben exactamente lo que él sabe (¡porque son él!) y lo que encuentra en las visiones es otra cosa: odio, compasión, miedo, compañía. No hay respuestas.

Y además está Londres. Su clase obrera post Margaret Thatcher, sus inmigrantes siempre sospechados, su conflicto social latiendo bajo el asfalto. El relato evita bajar línea. De hecho, juega con los prejuicios del espectador. Lo pone a pensar. No se convierte en un relato moral porque cada personaje tiene una historia y no sólo una función que cumplir dentro de la trama. El sospechoso es algo más que un sospechoso. El asesino es tanto, tanto más que un simple asesino. Y todas las actuaciones -que van desde el dueño de la casa de comida árabe hasta la jefa de River- son milagrosas.

Por todo esto, de ahora en más y cada vez que suene I love to love (But My Baby Loves To Dance) muchos de nosotros vamos a escuchar la voz de Stevie que le dice a su compañero en el auto: Sing, lunatic. Sing. Y vamos a sentir que la canción -al igual que los personajes de la serie- nació para ser liviana pero fue dañada por el mundo y ahora es como una bandera contra la soledad y la locura. Cantemos también nosotros, total: ¿Quién sabe cómo lidiar con sus muertos?

Juan Mattio – @juanmattio

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