Batalla de Ideas

11 mayo, 2016

Por qué defender la universidad pública

Por Mariel Martínez. Un siglo de luchas atraviesa las universidades argentinas. Tensiones históricas entre la educación para las élites y el ingreso del pueblo, masivamente y sin condicionamientos. Los argumentos en defensa de la educación y universidad públicas a horas de una jornada de movilización nacional.

Por Mariel Martínez. En 1959, un médico argentino, formado en las aulas de públicas y gratuitas de la Universidad Nacional de Buenos Aires, recibió el título de Doctor Honoris Causa de la Facultad de Pedagogía de Cuba. Al recibirlo repartió una reflexión imperativa ente los asistentes al acto: “Que la universidad se pinte de negro, que se pinte de mulato, no sólo entre los alumnos, sino también entre los profesores; que se pinte de obrero y de campesino, que se pinte de pueblo”. Quien pronunció este discurso fue quizás una de las personalidades más emblemáticas de la vida política del siglo pasado. Se llamó Ernesto Guevara de la Serna.

Resuena el imperativo en estos días a la luz de varios acontecimientos: una huelga docente que ya lleva más de dos semanas en donde los trabajadores de la educación pelean por un salario digno. Unas universidades nacionales que anuncian que el presupuesto que se les ha asignado para este año obligaría a cerrar las puertas de cada casa de estudios por cuestiones tan básicas como el no poder pagar la luz. Un poder ejecutivo que incluso antes de asumir declaraba que en los últimos años se habían abierto demasiadas universidades. Y recientemente, un fallo que declara inconstitucional el ingreso irrestricto a la universidad púbica. Una pintura, en fin, que parece alejarse de la del pueblo y acercarse a la del “mérito” que viene siendo en estos días otra forma de decir la del privilegio de unos pocos, de unos históricos elegidos.

No  olvidar la propia historia

Hasta ahora parece lo de siempre: la lucha eterna entre la vuelta a un pasado de privilegios estáticos o la proyección hacia una sociedad que genere posibilidades de ser más iguales.

Hace ya casi un siglo, en 1918, los reformistas universitarios cordobeses parieron a fuerza de puño y grito muchos de los principios ligados a la universidad, que hoy están fuera de discusión: la autonomía, el cogobierno, la libertad de cátedra. Por supuesto que fue un proceso resistido por las fuerzas de la conservación y el orden. Aun así, constituyó un movimiento no sólo triunfante sino generador de avances en toda América Latina. Incluso muchos de los jóvenes reformistas fueron luego figuras destacadas de la vida política y cultural del continente: presidentes, científicos, reconocidos escritores e intelectuales.

En nuestro país, casi medio siglo después, la dictadura de Juan Carlos Onganía se ensañaba con cinco facultades de la Universidad de Buenos Aires. La noche que dio en llamarse “de los Bastones Largos” fue en 1966 una represión focalizada y cruda a los sectores que favorecían la posibilidad de pensar que se podía algo distinto. Que las cosas no eran sino que estaban. Que el conocimiento podía también construir organización y resistencia.

Ni la ensañada represión, ni el exilio y el acallamiento de docentes y estudiantes resultó definitiva. Tres años después, la fuerza de los estudiantes organizados juntos a los obreros fabriles, paría la gesta heroica del Cordobazo que hería de muerte a la dictadura militar.

Es así: la historia de las universidades también es la historia de un pueblo en permanente lucha y resistencia. La dictadura de 1930 las intervino. La del 55 estableció listas negras. La del 76 la aranceló, suspendió carreras, reorientó la matrícula y estableció los exámenes de ingreso.

Pero somos un pueblo empecinado. Y aún y a pesar de los sucesivos golpes, las universidades continuaron siendo espacios de debate y de generación de ideas. Y la apertura democrática nos encontró discutiendo nuestros planes de estudio y la ley de Educación menemista no pudo violar del todo nuestra autonomía y el discurso que puso de moda el pensar que la historia había terminado no logró hacernos olvidar la propia. Una historia larga. Una tremenda historia. Una historia que no hicimos solos.

Los méritos colectivos

El juez Pablo Cayssialis, que falló en estos días a favor de considerar inconstitucional el ingreso irrestricto – entendámonos, el ingreso popular y masivo- a la universidad, finalizó sus estudios en 1989. Se recibió de abogado. En una universidad nacional, gratuita, pública e irrestricta: la Universidad Nacional de La Plata. Para ingresar a ella nadie le pregunto cuánto sabía ni a dónde había terminado sus estudios secundarios. Nadie le pidió aranceles. Nadie le revisó los saberes ni los bolsillos.

Hoy este juez falla haciéndose eco de la voz de una parte de la sociedad que quiere vivir de los beneficios de la universidad sin de manera alguna asumir sus costos.

Pero, sucede, que aquellos que queremos seguir construyendo conocimiento masivo y de excelencia con otros, aquellos que nietos e hijos de obreros pudimos -no sólo por mérito propio, sino por el mérito colectivo del esfuerzo de generaciones – transitar por primera vez los pasillos de una facultad, aquellos que venimos desde lo más bajo de los de abajo y encontramos en nuestros docentes, en nuestros compañeros y compañeras la posibilidad de conocer cómo pensar un mundo más justo, sí estamos dispuestos a pagar precios y costos.

Estamos más que prestos a pagar el costo de saber, porque entendimos que ese precio es el debate sincero, la reflexión constante, la solidaridad activa y la lucha consciente. No le esquivamos el bulto a ninguna discusión, así la discusión haya sido resuelta hace casi un siglo: fueron ya los reformistas de 1918 los que nos lograron una universidad pública e irrestricta.

Se habló mucho en este tiempo del concepto de “meritocracia”, partiendo del falso supuesto de que todos nacemos iguales en posibilidades concretas de vida. En estos días la novedad de la educación primaria en la provincia de Buenos Aires es que en las escuelas los niños más pequeños podrán ser nuevamente aplazados “para así incentivar que se esfuercen y reforzar el valor del mérito propio”, como si el mérito  estuviera siempre ligado al  resultado individual y nunca al proceso colectivo.

No es esta la educación que queremos. Este no es nuestro mundo. No es de ninguna manera esta la Universidad por la venimos batallando hace más de un siglo.

Pero sí es nuestra esta discusión. Al camino estrecho del esfuerzo individual le oponemos el amplio camino de la construcción conjunta. Al vaciamiento restrictivo de las aulas lo enfrentamos haciendo públicas nuestras clases. A la pintura gris de una universidad de trajes le agregamos los colores infinitos de una universidad vestida de popular.

Este jueves 12 de mayo se marcha en defensa de la educación y de la universidad pública. Una vez más. Y todas las que hagan falta.

@Mariel_mzc

Si llegaste hasta acá es porque te interesa la información rigurosa, porque valorás tener otra mirada más allá del bombardeo cotidiano de la gran mayoría de los medios. NOTAS Periodismo Popular cuenta con vos para renovarse cada día. Defendé la otra mirada.

Aportá a Batalla de Ideas