Cultura

8 mayo, 2016

La violencia como espectáculo: Federico Bal y Bárbara Vélez

Un escándalo mediático rodeó toda esta semana a Bárbara Vélez y Federico Bal, tras la denuncia efectuada por la actriz en donde acusa a su ex pareja de maltratos físicos. Los hechos de violencia ocurridos el sábado 30 de abril inundaron los programas de chimentos y los medios gráficos.

Un escándalo mediático rodeó toda esta semana a Bárbara Vélez y Federico Bal, tras la denuncia efectuada por la actriz en donde acusa a su ex pareja  de maltratos físicos. Los hechos de violencia ocurridos el sábado 30 de abril inundaron los programas de chimentos y los medios gráficos.

Como si nos faltaran distracciones, la semana pasada nuestra cultura del espectáculo autóctona nos brindó una nueva: la pelea entre Federico Bal y Bárbara Vez, hijos ambos de la misma farándula a la que pertenecen.

Circuló mucho en las redes sociales en estos días una palabra para definir esta pugna de meses: circo. Y pareciera que sí, que tremendo escándalo responde a las lógicas de aquellos circos romanos en donde se podían ver disputas a muerte, luchas encarnizadas, donde el sufrimiento del otro era localizado en un espacio y un tiempo que sirvieran para que el pueblo en tribuna se divirtiera e incluso decidiera sobre quién debía morir y quién vivir. Para que la muchedumbre juzgara. Para que la multitud, impedida de modificar sus propias vidas, viviera la ficción de decidir sobre la de los contendientes.

Así, la pelea entre Vélez y Bal, se transformó en escenario y vidriera. Porque a esta riña no le faltó nada; famosos hijos de famosos, violencias hijas de otras violencias, cuerpos esbeltos descendientes de vedettes que han sabido mover el esqueleto por el sueño de Tinelli, escándalo mediático, culpabilización de la víctima, justificación del victimario y otros tantos etcéteras harto conocidos, condimentados a la TV nacional.

De cómo no se nace de un repollo

La madre de Federico Bal, Carmen Barbieri, es una reconocida vedette y humorista. Nació en el 55, el año de los bombardeos a Plaza de Mayo. Nieta e hija de artistas y laburantes: su abuelo fue guitarrista de Gardel y murió en el mítico accidente de avión. Su padre fue director de teatro y murió en su Puerto Rico natal, y Carmen no pudo llorarlo en lo inmediato porque tenía que trabajar acá: bailar en dos teatros, hacer reír en televisión e insinuar los pezones en un show nocturno.

En 1977 hacía cine. La película que la recuerda en esa época es La aventura explosiva. En ella dos organizaciones deciden llevar adelante un secuestro, pero  los famosos superagentes Tiburón, Delfín y Mojarrita logran impedirlo. Cine nacional producido en dictadura.

Los ‘80 y los ‘90 la encontraron exhibiéndose  junto a los capocómicos del humor de revista -varones-, masivo, exitoso y machista.  Entrado este siglo, de la mano de Tinelli y a la par de figuras como Gerardo Sofovich, fue parte fundamental de Bailando por un sueño, ícono del culto al cuerpo, de la objetualización de culos y de la cultura patriarcal.

Su hijo es Federico Bal. Nació en los ‘90. Fue adolescente entrado el siglo. Y hoy, es acusado de violentar a su novia.

Su novia es Bárbara Vélez. Hija de otra vedette, Nazarena Vélez. Nazarena nació en el ‘74, por lo cual pasó su infancia en dictadura. Su carrera empezó de la mano de Sofovich -el mismo que junto a Barbieri juzgaba a los bailarines del sueño de Tinelli- a fines de los 90 y principios del 2000.

El primer novio mediático de Nazarena Vélez, Hernán Caire, fue acusado luego de la separación por haberla maltratado físicamente e incluso por reiteradas violaciones domésticas. Su segunda pareja, Daniel Agostini, fue acusada de situaciones similares. Para no redundar y resumiendo, también la tercera.

La hija de Nazarena, Bárbara Velez, nació en los ‘90. Y  también empezó su carrera como actriz y vedette con Gerardo Sofovich (sí sí, el mismo). La primera obra en la que Bárbara participó se llamaba Flor de pito. Tenía 16 años.

No es cuestión de hacer genealogías ni de aburrir con la historia. Pero si, para entender el presente, es necesario dar una ojeada mínima al pasado más reciente, entonces muchos entuertos adquieren explicaciones. Si pudiésemos entender también a los abusos y violencias de hoy como una cadena ininterrumpida de exposiciones, explotaciones y maltratos, Federico Bal y Bárbara Vélez se explican. Se entienden. Tristemente, se esperan.

De cómo no ser

Lo que se dice de los hechos acontecidos en la noche del 30 de abril viene siendo parte del libreto conocido. Discusión fuerte, relación enfermiza, gritos, insultos, moretones, puñetazos a la pared. Muchacho desbordado, muchacha asustada.

Lo que la prensa dice también está dentro del libreto de lo esperable: él es un enfermo y ella una exagerada. Y además cómo va a hacer luego una producción de fotos exhibiendo las marcas de la violencia. Que muestre el culo pero no las heridas, que para eso la parimos linda, famosa y mujer.

Y no falta la sal necesaria para que este culebrón sea más atrapante: Nazarena enviando una carta -pública, cómo no- a su hija, Carmen twiteando sin cesar en defensa del suyo. Polino, Clarín e Infobae. Denuncias, engaños y redes sociales.

El tema del momento al alcance de la mano, para que todos debatamos si Barbi miente o si Federico tuvo sus razones. Para que le bajemos el pulgar a uno u a otro. Para que observemos desde la tribuna la arena de combate.

Pero lo que pasa es que, despejando tanto espectáculo y tanta banalización, el problema sigue siendo el mismo. Hombres y mujeres hijos de una misma historia política y cultural en donde vale mostrar las tetas pero no las heridas. En donde el macho produce y la mujer invita. En donde, ante la duda, los Federicos están un poco locos y las Bárbaras agrandan. Si en verdad lo que quieren es más fama. Más prensa. Si bien zorras son. Y si no, mirá la madre.

Tranquilizará a varios la explicación simple. Pero resulta que a varios otros y varias otras, no. Porque sabemos que atrás de este tema del momento, hay más temas de la historia. Porque las mujeres de este país, a casi un año del “Ni una menos”, seguimos abultando la lista de muertes que empezaron con un golpe, un apretón fuerte, una serie de insultos. Porque no somos culpables de lo que construimos colectivamente, ni de haber crecido mirando el cine pedorro de la dictadura, ni de haber sido espectadoras del teatro de revista, ni de que el misógino de Gerardo Sofovich nos haya contratado vedettes. No somos enteramente responsables de cumplir el papel que se nos ha asignado. No somos las artífices de la religión que le reza a nuestro culo y que le prende velas a nuestras tetas.

Sí quizás sea nuestro el desafío de corrernos de la arena de combate. De asirnos seriamente de nuestra cruces para desarmarlas y construir otros destinos, desaprendiendo cada uno de los mandatos con los que este mundo nos formó.

Porque si lo pensamos de a varias, podemos. Podemos no ser la reproducción mecánica de la cultura de nuestros padres y madres. Podemos denunciar y mostrar sin vergüenza nuestras pasiones y también nuestras heridas. Podemos inventar una historia en donde ser mujer y ser bella no conlleven como condición necesaria el abuso y la sumisión. Si queremos podemos. Podemos ser otra historia. Podemos no ser.

Mariel Martínez – @mariel_mzc

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