Batalla de Ideas

5 mayo, 2016

La flexibilización laboral, el reverso de las inversiones extranjeras

Por Federico Dalponte. El debate sobre los despidos y la generación de nuevos puestos evidenció lo que se preveía. Lejos de promover la intervención estatal en el mercado laboral, el gobierno se aferró, como en la economía, a la estrategia de la desregulación.

Por Federico Dalponte. El debate sobre los despidos y la generación de nuevos puestos evidenció lo que se preveía. Lejos de promover la intervención estatal en el mercado laboral, el gobierno se aferró, como en la economía, a la estrategia de la desregulación.

La senadora Pamela Verasay es mendocina y radical. Y el día que tomó el micrófono para criticar el proyecto «antidespidos» se mostró confiada de que el gobierno no flexibilizará las relaciones laborales en el futuro. Lo dijo, lo sostuvo y lo reiteró. Confianza ciega. Aunque lejos de sus esperanzas, la postura del oficialismo durante las últimas semanas no hizo más que evidenciar el tamiz ideológico imperante.

En el mundo del trabajo, como en muchos universos, la ideología tiene un rol fundamental: los gobiernos más de izquierda dictan normas protectorias para el trabajador; los de derecha desregulan; los de izquierda cuidan cada puesto de trabajo; los de derecha cada posible inversión; los de izquierda hablan de «trabajadores»; los de derecha de «recursos humanos».

“Tenemos materias primas increíbles y recursos humanos únicos”, dijo Mauricio Macri frente a un auditorio de empresarios, recordando el día que Carlos Menem, allá por 1996, lanzó su propia propuesta flexibilizadora ante la Unión Industrial Argentina.

Pasaron veinte años. Nada es igual, ni siquiera las caras avejentadas de los mismos empresarios. Allí, hacia el final del acto, Macri aprovechó para pedirles que “hagan el mayor de los esfuerzos por cuidar a cada uno de sus empleados”.

Sí, «cuidar a los empleados». Una idea vieja. Tan vieja como la esclavitud o el vasallaje. De hecho, hay que remontarse varios siglos atrás para encontrarse con alguien que, en pleno uso de sus facultades mentales, crea que la protección del trabajador es un asunto de cada empleador y no una tarea de la ley.

Ése, precisamente, es el núcleo de la flexibilización laboral. Cada norma flexibilizadora es un escalón menos de protección. Cada ley que se dicta para facilitar las contrataciones o para reducir las indemnizaciones, atenta contra la estabilidad. Cada norma flexibilizadora busca dejar al trabajador al libre arbitrio del empresario. Y ello es de lo más peligroso.

Los inversores salvadores

Es preciso dudar de la santidad de las inversiones extranjeras. Es más, como precaución, habría que suponer su malicia.

En 2013, un informe de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) analizó los procesos de inversión extranjera en América Latina, destacando que no necesariamente todo flujo inversor genera empleo. Las privatizaciones, adquisiciones o fusiones, por ejemplo, suelen atravesar primero procesos de «reestructuración» y despidos.

Pero otro modo de inversión que sí podría generar trabajo es el de la segmentación internacional. “Los países avanzados están especializados en las etapas que requieren de tecnología, innovación y diseño, y deslocalizan un conjunto de actividades rutinarias intensivas en empleo hacia economías que ofrecen costos laborales más bajos”, remarca la CEPAL.

Aunque para ello, necesariamente, los inversores necesitan un Estado complaciente, un gobierno ávido de atraer dólares sin importar el costo, un presidente que delegue en cada empresa la protección del trabajador.

Un caso ridículamente emblemático es el de Apple. La compañía estadounidense invirtió en Asia y ahora tiene allí a sus propios proveedores. En su página web se jacta hoy de imponerles a esas empresas, en resguardo de sus trabajadores, una jornada máxima de 60 horas semanales.

Sin embargo, ello es un 50% más que el límite impuesto por la ley de California, donde tiene su sede la compañía transnacional. El dato así dado es clave: si Apple decidiera centralizar allí su propia producción, se vería forzada a incrementar sus costos y reducir sus ganancias.

Pero eso jamás. Para ello hay países deseosos de recibir inversiones extranjeras. En muchos casos, sin poner reparos; por el contrario, facilitando la desregulación de las relaciones, promoviendo facilidades, tentando a las multinacionales.

En 2010, otro informe de la CEPAL recordó a los desmemoriados las políticas laborales para la apertura económica durante la década de 1990: “La instauración de modalidades «promovidas» (períodos de prueba prolongados, pasantías sin beneficios de seguridad social), la reducción o eliminación de indemnizaciones por despido, la reducción de los impuestos al trabajo y la generalización de contratos a término, entre otros”.

El documento, de tinte lapidario, concluye que durante esa época “los trabajadores cargaron desproporcionadamente con las consecuencias negativas de esta flexibilización”.

La desregulación en marcha

La estrategia legislativa de Cambiemos habla por sí sola. Al proyecto para suspender temporalmente los despidos, el gobierno respondió con la propuesta para facilitar la contratación de jóvenes.

Todo bajo la premisa reiterada hasta el hartazgo de que lo importante no es proteger al que hoy trabaja, sino abaratar la contratación futura. Un mensaje directo al potencial inversor extranjero: hágalo en este país, donde es fácil y barato contratar y despedir.

Y ello bien podría ser una suposición si no fuese porque el propio presidente lo dijo ya con todas las letras: «Le estamos diciendo al mundo que esta Argentina que se presenta es distinta porque aprendimos de nuestros errores y no los vamos a volver a repetir (…). Ya probamos en el 2002 con leyes que prohibían, eso no trajo más trabajo, destruyó el trabajo.»

Leyes que prohíben. Sí, por supuesto. De eso se trata –o debería– toda norma laboral. Sin leyes que prohíben, el trabajador queda siempre a merced del inmenso y desproporcionado poder del empresario. Las leyes que prohíben son, justamente, por las que el movimiento obrero luchó toda su vida: leyes que prohíban las jornadas extenuantes, leyes que prohíban los salarios menores al mínimo, leyes que prohíban los despidos sin causa.

En definitiva, la flexibilización no suele tener carteles luminosos, pero se va anunciando así, paulatinamente, discursivamente, y se expresa en leyes y en vetos.

@fdalponte

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